II Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Volveremos en septiembre

Ana María Viñals · Barcelona 

El anciano dejó la mochila junto al resto del equipaje y esperó pacientemente. Por fin vacaciones. Deseaba ver los progresos de su nieto en el agua unido a su inseparable burbuja rosa. También esperaba disfrutar de la compañía de su vástago. Éste había participado en la instrucción de un importante caso de corrupción política y, según la última encuesta realizada entre los compañeros del bufete, se encontraba entre los letrados más influyentes de la ciudad. Tras aprobarse el decreto de planificación urbanística le darían un merecido ascenso. Emprendieron el viaje estival cuando toda la familia estuvo lista pero, repentinamente, el vehículo realizó una parada con la que no todos contaban. -Papá, volveremos en septiembre a buscarte. El anciano, resignado, contempló los grises muros de la residencia mientras el coche se esfumaba. “Tal vez el año que viene”.

 

Relatos seleccionados

  • El último abogado

    Andrés Arteaga · Concepción (Chile) 

    El último abogado de carne y hueso entró lentamente en la sala del tribunal. Llevaba una mochila difícil de cargar: el prejuicio contra los humanos que ejercían esa profesión, tal como lo reflejaba la última encuesta. El fiscal robótico relató los detalles de la instrucción y los fundamentos de la acusación por mera deferencia con el inculpado, aunque era innecesario: el juez robot no necesitaba oírlos pues los recibía directamente de la red. El abogado era el convidado de piedra: no pudo romper la dura lógica de los argumentos expresados, limitándose a destacar que un hombre no podía ser juzgado por robots, que éstos vivían en una burbuja conceptual cuya perfección no podía abarcar la imperfecta naturaleza humana. El juez dio su veredicto: condenó a la inhabilitación perpetua del ejercicio profesional al último abogado humano, quien recibió la sentencia como el decreto que denegaba a la humanidad su último recurso.

     
  • Un amigo ejemplar

    Sonsoles González Romera · Plasencia (Cáceres) 

    Ramón era cabal e intachable ya en el colegio. Hace unos años, leí que una encuesta le daba como seguro vencedor en las elecciones municipales de nuestra ciudad y me pareció un regalo para todos, una suerte de lotería en este mundo canalla. Meses atrás, cuando me llamó para que actuara en su defensa en una falsa denuncia por corrupción, no dudé de su inocencia y me alegré de que confiara en mí. Su negativa a dejar que la burbuja urbanística creciera de forma desmedida le creó algún enemigo que parecía querer vengarse. Pude desmontar la acusación durante la instrucción del caso: las pruebas y el supuesto dinero cobrado de forma ilícita eran humo. Esta mañana, el juez ha firmado el decreto de su puesta en libertad. En casa, me esperaba un regalo de agradecimiento, una mochila. Seiscientos mil euros en billetes de quinientos. Nuevos, impecables y corruptos.

     
  • La pisicina municipal

    Ramón Vigil Fernández 

    Soy un juez de gran prestigio. He participado en la redacción de todos los decretos dictados en los últimos años y en una encuesta de popularidad ganaría hasta a los mismísimos Beatles. Ayer inauguré la piscina municipal. Mi única instrucción al concejal fue que debía estar presente toda la prensa local para retratarme. Al llegar a la piscina, guardé mi ropa dentro de la mochila y me introduje en el agua. Todos los flashes se dispararon ante el júbilo de la gente y de repente comenzaron a emerger a mi alrededor aquellas burbujas. No pude evitarlo. Se hizo el silencio y deseé que los Beatles me sacaran de allí con su submarino amarillo. Las portadas de hoy han sido aún peor. Mi prestigio ha caído con la misma facilidad con la que emergieron las pompas en el agua y ahora me conocen como “El Juez de la Cámara de Gas”

     
  • Juicio final

    Raúl Castañón del Río · Oviedo 

    Lentitud en la espera. Se estaba eternizando todo mucho; demasiado. Sin embargo, el ciudadano Cualquiera no era eterno: no tenía tanto tiempo; ni tanto equilibrio. Su abogado le había dicho que podía ganarse el juicio, pero no que fuese a costa de perder el juicio propio. Cordura, la abogacía la necesitaba –y mucho- para poder devenir en justicia. Ante todo mucha cordura. El abogado Humano conocía bien su oficio. Sabía ganar tiempo con apelaciones y recursos cuando la ocasión lo requería. Era paciente y mantenía sus principios: todo un defensor de principios. Finalmente y arriba del todo, el juez. Era recto y creía en la justicia por encima de todas las cosas. No tanto en la terrenal como en la divina. Sería porque conocía demasiado a los hombres, sería porque los había traído él. Al final, tendría que juzgarlo todo algún día. Con una equidad suprema.

     
  • Estúpida televisión

    Manuel Pablo Pindado Puerta · Leganés (Madrid) 

    El 95% de los niños no saben en qué consiste el trabajo de sus padres. Aquella encuesta me impactó y hoy, en lugar de dejarle en el colegio, he traído a Pablo al bufete. Deja su mochila de Spiderman junto a mi maletín, se sienta en el viejo butacón y me sonríe. Le noto emocionado. Yo mismo lo estoy. Bueno, vamos allá: el teléfono, el correo electrónico, la instrucción del caso Burbuja,… Papá, ¿Cuándo empieza el juicio? Lo siento Pablo, hoy no tengo ninguno. Aaaah, dice, bajando la cabeza. Más teléfono, un nuevo decreto para revisar, fotocopias… Papá, ¿Cuándo vamos a por los malos? Quiero ver cómo los metes en la cárcel. Me mira expectante. ¡Vamos a por ellos!, digo, pero paramos delante del colegio. Lo siento, no puedes venir, es peligroso. Sé que no hago lo correcto, pero mañana mi hijo no tendrá un héroe menos.

     
  • Advocatófago

    Pedro Pastor · Madrid 

    El filo del cuchillo y el ruginoso tridente del tenedor asomaban por la mochila entreabierta. El imberbe y amordazado abogado sucumbía ante el horror más lacerante. No podía ser cierto que aquel despacho, donde otrora se habían firmado por decreto miles de sentencias; fuera el escenario ignoto de crímenes tan inhumanos y lugubérrimos. El juez se preparaba para el ágape y observaba a su víctima con una piedad más falsa que cualquier encuesta publicada por un gobierno talibán. —Tranquilo, seré breve. En media hora tengo la instrucción de un expediente. El reciente licenciado no pudo gritar. Cayó ante el cruel aroma del cloroformo. Cual burbuja de jabón, el globo ocular estalló ante la presión del inicuo cubierto. No obstante, el magistrado pareció degustar con vehemencia aquel manjar recién extraído al que tan pocos podían acceder. Y es que, para digerir los menesteres de algunos abogados, se necesitaba previa experiencia.

     
  • La cuestión

    Juan Carlos Colás Ruiz de Azagra · Zaragoza 

    Observaba la rápida ascensión de las burbujas en su copa de cava, mientras releía el decreto en el que aparecía su nombramiento como Consejero del Presidente de la Comunidad, un viejo amigo. Atrás quedaban aquellos años en que llegaba en bicicleta al despacho y tras lanzar el abrigo y la mochila, cataba un rancio café del día anterior, ojeando la instrucción de alguna causa. "Disculpe señor" inquirió una pecosa adolescente, "que es ya la última pregunta de la encuesta. Le repito ¡¨se siente realizado en su trabajo?". ¡l suspiró y se aflojo el nudo de la corbata pero no pudo contestar.

     
  • SMS

    Jordi Pastó Tella · Lleida 

    Había sido un mal día y tan pronto como abrí el móvil me di cuenta de que aún podía acabar peor: mi novia acababa de dejarme con un escueto SMS. Colgué la toga y salí del juzgado de Instrucción llevando a rastras el peso de la mochila de tantos años junto a ella, preguntándome qué nos había pasado y si acaso había estado viviendo en una burbuja todo ese tiempo. Anduve solitario por la calle meditando qué hacer hasta que al fin decidí rebelarme contra ese final por decreto. No me hacía falta ninguna encuesta entre los más allegados para descubrir que no era el hombre perfecto, pero estaba dispuesto a cambiar. Cogí el móvil y vía SMS le supliqué un HABEAS CORPUS. Ella también era abogada y estaba seguro que me entendería y me concedería una segunda oportunidad. Al poco, recibí su respuesta tajante: NON BIS IN IDEM.

     
  • Super-Abogado

    Sergio Quesada Damas · Arganda del Rey (Madrid) 

    Durante la visita que hicimos con la universidad al Juzgado de Instrucción ocurrió algo que cambió mi vida. Al entrar, uno de los abogados tropezó con mi mochila y, enfurecido, se abalanzó sobre mí. Cuando aquel tipo me mordió, me transfirió todos sus poderes. Desde entonces, antes de hablar siempre digo: con la venia señoría. Mi mente se encierra en una burbuja donde solo caben leyes, acusados, decretos… El café es mi compañero y paso el tiempo buscando coartadas. Cada noche, me enfundo mi traje oscuro con camisa lisa y corbata a rayas y salgo con mi maletín en busca de nuevos casos. Sé que este gran poder supone una gran responsabilidad. Pero ayer, cuando esa joven me abordó en la calle para hacerme una encuesta, al coger su bolígrafo rojo, sentí como mi cuerpo se desplomaba. Descubrí entonces, que como todo superhombre, también tenía mi punto débil.

     
  • Jaque al juez

    Vicente Tomás Berenguer Domenech · Alcoy (Alicante) 

    Había sido un trabajo rigurosamente estudiado. Mis años de cleptómana, la instrucción y el adiestramiento en la prisión me habían hecho una hábil predadora. Robar en casa de la juez resultó fácil, pero ahora me daba cuenta tras el escrutinio realizado en la mochila, que el botín únicamente consistía en encuestas de comisiones deontológicas y fotocopias de decretos que no servían a mis propósitos. Suspiré. Ni tarjetas de crédito, ni objetos de valor. Sólo mil euros y un minúsculo pen encontrado por casualidad en el doble fondo de una estantería hueca. Lo conecté, más por curiosidad que por convicción, y pronto me quedé perpleja. Vaya con la magistrada Covarrubias… en el jacuzzi de burbujas con el joven fiscal, ménage à trois, mails, conversaciones de Messenger… Recordé la premisa del buen ladrón: las propiedades de los demás sencillamente valen lo que están dispuestos a pagar por ellas. Sonreí. Cogí mi móvil.

     
  • Burbuja Semántica

    Marta Trutxuelo · Andoain (Guipúzcoa) 

    “Deberías salir más, respirar aire puro, relacionarte con más gente”. Seguí tus consejos, madre, y me apunté a aquella excursión. Salí del juzgado, inspiré hondo, colmando mis pulmones de ilusión y, tras cargar sobre mis hombros una mochila, me uní al grupo. Después de una larga caminata llegamos a un claro para acampar. “¿Tú te encargabas de la comida, no?”, me preguntó el guía. Aún recuerdo su mirada atónita tras vaciar mi morral y descubrir que en él guardaba el decreto del alcalde dando permiso y especificando las instrucciones para acampar, y una encuesta para cumplimentar al final del día. “No, yo me encargaba del papeleo”, aclaré. Y mis oídos todavía se ruborizan rememorando los improperios que escupieron sus labios tras espetarme: “¡El PAPEO, imbécil... no el papeleo!”. Vuelvo a mi burbuja, madre, lejos de la contaminación de una jerga incomprensible, vuelvo a relacionarme con los míos... los abogados.

     
  • Casi

    Beatriz Alonso · Madrid 

    El timbre me interrumpió. Una joven con mochila quería hacerme unas preguntas, “es para una encuesta sobre intención de voto”. Recordé a mi madre: “No abras a extraños”, y a mi padre: “Vives en una burbuja”, con lo cual me quedé indeciso. Pero luego volvió la voz de mi madre: “Sigue las instrucciones”, y pregunté: “¿Qué tengo que hacer?”. “Déjeme pasar, tardaremos muy poco”. Miré el reloj. “En esta casa se come a las dos, por decreto”, había advertido mi padre. Eran las dos menos cinco. ¿Estado civil? Huérfano. ¿Nivel educativo? Casi abogado. ¿Casi? Disculpe, señorita, pero se me acabó el tiempo. La eché sin contemplaciones. Volví a mi habitación, carraspeé, y empecé de nuevo el alegato final ante una corte de peluches colocados al borde de la cama.

     
  • Defensa de locura

    Eugenio Arribas López · Collado-Villalba (Madrid) 

    En el curso de una conversación informal en el Juzgado de guardia le comenté mi problema. Se presentó entonces como letrado, para ofrecerse enseguida a llevar mi caso desde la misma instrucción. En los meses posteriores, siempre nos vimos en cafeterías, donde llegaba con su inseparable mochila, llena de papeles, leyes y códigos. Odiaba el despacho, decía que se sentía como atrapado en una burbuja, prefería la libertad de la calle y la cercanía de la gente. Durante el juicio, su defensa fue brillante. Si se hubiese pasado una encuesta a todos los presentes, se habrían inclinado a mi favor, rechazando los argumentos del fiscal; no menos hizo el juez: decretó mi absolución. Cuando salíamos, fue detenido aparatosamente por dos policías. Ante la sorpresa general, explicaron que era un interno con un grave delirio, evadido hacia un año del Psiquiátrico Penitenciario: se veía y actuaba como un gran abogado.

     
  • Hacerse mayor

    Joseba Llamosas López del Prado · Bermeo (Vizcaya) 

    Vacié la mochila de ira, odio y ansias de venganza, para llenarla de apuntes y libros de derecho: Derecho romano, Derecho constitucional, Derecho natural?. Dejé de hacer las encuestas de la Superpop para centrarme en las pruebas: incriminatorias o absolutorias, según el caso. No volví a sobornar con amor de hija cuando mi madre, por real decreto, decidía denegar mis peticiones de trasnochar, porque intuí más oportuno ganarme su confianza. Por fin, abandoné la burbuja de la adolescencia para convertirme en Letrada que no sigue más instrucciones que las establecidas en las leyes, aunque ello me suponga no poder vengar aquel ultraje, tener que secuestrar la última tirada de la Superpop o encarcelar a quien me dio a luz, por intento de soborno con croquetas de domingo a una funcionaria del Estado. Y es que ya lo decía mi padre: los ideales se van perdiendo con la edad.

     
  • Litigio imposible

    David Castejón Ferrer · Barcelona 

    Todos quedaron desconcertados ante su inesperada nominación como candidato a la presidencia del gobierno; todos, por supuesto, menos él. Como si ya se supiera encumbrado por el destino, el joven político se acomodó rápidamente en la burbuja de su éxito sobrevenido, y no dio tampoco muestra alguna de sorpresa cuando su ascenso meteórico en las encuestas profetizó su victoria; mucho menos aún cuando, ya a la cabeza del gobierno, empezó a firmar sus primeros decretos. Lo que nunca llegaría a prever, no obstante, es que en la cúspide de su carrera un fanático con una mochila cargada de dinamita fuera a segar de raíz su progreso imparable. Sin embargo, como todo líder que se preciara, había resuelto de antemano cualquier posible contingencia: su abogado, en una carta póstuma, pronto recibió instrucciones para demandar al Diablo por incumplimiento de contrato, y, de paso, reclamar la restitución de su alma. Casi nada.

     
  • Meta lograda

    Sagrario Loinaz Huarte · Aranjuez (Madrid) 

    El hombre, visiblemente alterado, explicó su situación: 50 años viviendo en la misma casa, con alquiler antiguo y, en breve, sería desahuciado por el dueño —poseedor de innumerables fincas— alegando impago de renta. Viudo, sin familia y cobrando una mínima pensión para malvivir, no tenía a quién acudir. —¡Usted es todo cuanto tengo! —decía angustiado mientras sacaba de una vieja mochila todos los recibos pagados. El joven abogado los ojeó y se quedó in albis cuando recordó aquel vecino bonachón que antaño le ayudaba a estudiar y, que siguiendo su instrucción ``ESFUERZO+ESTUDIO = META LOGRADA´´ consiguió la ilusión de su vida: ser abogado. Aceptó el caso. Pasó días leyendo decretos, encuestas sobre la burbuja inmobiliaria, repasando leyes… El día del juicio, su defendido escuchaba feliz la sentencia. El demandante se acercó al abogado: —Estoy orgulloso de ti, has cumplido con tu deber. —¡Así debe ser, padre!

     
  • Equilibrios

    Julio García · Madrid 

    Los niños deberían nacer con libro de instrucciones. Me desespera mi incapacidad para descifrar su llanto inconsolable. Le acuno con un brazo; con el otro sujeto los fundamentos del decreto ley. Anoche tuve una perturbadora pesadilla: había parido un bebé burbuja y podía concentrarme en el temario de las oposiciones. ¡Inundación en la popa! Dejo a media lectura el nombramiento de altos cargos, para buscar a la carrera los pañales en la mochila. A mitad del pasillo llaman a la puerta. Seguramente el pedido del súper… Abro, haciendo equilibrios entre derecho y obligación. Me sonríe, tímida, una jovencita. Carpeta más bolígrafo en ristre. “…Sólo serán unos minutos”, musita, “estoy haciendo una encuesta sobre conciliación del trabajo familiar”. ¡Qué oportuna la chavala! En un santiamén estoy en el cine, relajada, comiendo palomitas. “Cielo”, le dije, “¿te hacen treinta euros por quedarte de canguro un par de horas?”.

     
  • Clase Magistral

    Martía Teresa Cabrera Mut · Valencia 

    Salió un día tan nubloso que parecía que estuviese anocheciendo. Alicia se levantó malhumorada porque se acostó tarde analizando la encuesta de sus alumnos que la calificaban con una nota poco halagüeña. Antes de marcharme a clase le vi un botón descosido, pero no se lo dije para no agobiarla así que, después de colocar los libros en mi mochila, le di un morreo de despedida, aunque en la facultad volvería a verla. Llovía copiosamente formándose grandes burbujas en el suelo. Sin bicicleta posiblemente llegaría tarde: no importaba, la primera clase era un rollo. Finalmente me la perdí por lo que esperé impaciente la siguiente, la de administrativo, mi preferida. Ya en el aula, mientras observaba el aguacero, hizo entrada la majestuosa profesora. Tras su saludo comenzó la clase. “Hoy analizaremos diversas instrucciones aclaratorias del último decreto”, dijo mientras el botón de la blusa se desprendía cayendo al suelo.

     
  • El apartamento

    Manuel Merenciano · La Eliana (Valencia) 

    Apareciste en la puerta con una mochila al hombro y tu irreverente mirada. Con los dieciocho recién cumplidos, dijiste, escupiéndome tu juventud exultante. Aquí, en el apartamento, en mi burbuja sagrada. A escasos días de mi jubilación; confinado entre códigos, decretos y autos de instrucción acepté rellenar la encuesta. “Es para un trabajo de la Facultad de Derecho, señoría”, imploraste. Y el hechizo de tus labios carnosos me incitó a doblegarme. Quizá no debí invitarte a pasar. Ni ofrecerte algo de beber. Quizá te equivocaste al vestir unas ropas tan livianas. El alma se me licuó, tú sabes dónde… Han pasado tres semanas y, la verdad, me haces mucha compañía. Lo mejor es que te quedes. Aunque he de hacer sitio en el armario. Tal vez… encogiéndole las piernas a la vendedora de seguros...

     
  • El camino

    Carmen Guerrero · Santander 

    Por decreto de mi real señora fuimos de vacaciones en agosto. Ni sopesó la economía, ni se paró en encuesta familiar. Soy un abogado con poco beneficio, así, propuse echar mano de mochila. Señora, suegra, niños y un servidor en cabeza iniciamos la senda del Santo Apóstol. Allá por Sarriá me vi sorprendido por lo que mi fino olfato de abogado olió: una huelga encubierta de la comitiva que deseosa de viajar por otras lindes y en otras circunstancias se negaba a seguir; aducían fatiga, calor, ampollas y otras banalidades. Sin procurador ni abogado me atreví a pleitear, pero rota la fila de instrucción, cedí. Llegamos al pórtico de la playa, me embadurnaron de crema con un botafumeiro y golpeé tres veces mi frente contra la cabeza de una sirena. Aislado en la sombrilla como en una burbuja, recé para que me llamaran del turno de oficio: mi Compostela.

     
  • El candidato

    Javier de Pedro Peinado · La Alberca (Murcia) 

    Un enjambre de periodistas nos recibió ante la puerta del juzgado de instrucción. Ya en la sala, el fiscal relató, de forma un tanto histriónica para mi gusto, como mi defendido había entrado en la casa de su víctima y hallando a esta en el jacuzzi, decidió añadir burbujas rojas al asunto con la nueve milímetros que para la ocasión llevaba en su mochila, y que dejaría luego olvidada junto al cadáver en un fallo imperdonable. Aunque ofrecimos una muy digna batalla, no puedo decir que me sorprendiera el decreto de prisión provisional. Confío en la profesionalidad de mi cliente y en que este asuma como un gaje de su azaroso oficio el retiro que ahora se le impone. Seguro que encontraré la manera de agradecerle su discreción cuando me convierta en alcalde. De momento, tras el desgraciado final de mi principal adversario, las encuestas me son muy favorables.

     
  • Viaje de locura

    Javier Serra Vallespir · Madrid 

    Cuando ganaba un juicio adoraba viajar con la imaginación, su mochila colmada de pasión y manuales de Derecho. Entrar en la habitación de un lujoso hotel, sumergirse en el jacuzzi… ¿En cuántos pleitos había vencido? En todos. Cientos. Vivía para la abogacía. De niño quemaba sus pestañas devorando thrillers de Grisham, obtuvo el título en sólo tres años y emprendió una carrera meteórica, triunfal. La espuma envolvió dulcemente su cuerpo. Siguió viajando: apreció rostros de abogados famosos dentro de las danzarinas burbujas, así como instrucciones sumariales, autos, decretos y expresiones de jueces rendidos a su astucia profesional. Disfrutaba haciéndolas estallar. Sonreía cual político favorecido por las encuestas. Repentinamente aparecieron dos mujeres con uniforme blanco. No sonreían. La compasión de sus miradas desmenuzó el fabuloso hechizo. Atónito, fue aseado, vestido... y sedado. —¿A quién interpretarás hoy en terapia grupal? ¿A Daredevil? Al menos, en aquel sanatorio le comprendían. Fin del viaje.

     
  • Sobreseído

    Amor Lago Menéndez · Valladolid 

    El Juez de Instrucción archivó las diligencias. Por Decreto. No tenía sentido dilatar el asunto con la práctica de nuevas pruebas. Ese abogado desapareció porque quiso. Porque no pudo volver de unas vacaciones que se convirtieron en indefinidas. Porque las llamadas inoportunas y a deshora de clientes desconsiderados, las discusiones diarias con los agentes judiciales y los continuos desatinos de magistrados vehementes eran una losa demasiado pesada tras casi veinticinco años de ejercicio profesional. Explotó la burbuja. Así que ese viernes, tras una encuesta con varios compañeros, decidió, no sin una cierta desazón, darle carpetazo con un “sobreseído” y al preparar poco después, en casa, su escapada montañera quizás inconscientemente cargó la mochila con más adminículos que los habituales. Hoy su sustituto dicta Auto de incoación …

     
  • La burbuja que…

    Mar Soler Esplugues · Castellón de la Plana 

    Esta es la Balada, de la Jueza Tortuga y su Decreto Original, que vivía feliz en el fondo del mar, repartiendo justicia desde el Atlántico hasta el oceáno Polar. Se le presentó una burbuja con un caso singular: "Yo no quiero ser burbuja , yo quiero volar, ir de mochila a lomos de una Gaviota Boreal" La Jueza Tortuga comenzó la instrucción, una encuesta hizo entre los pájaros en cuestión. Ninguno colaborar quiso, ¿qué cabía hacer? La Jueza Tortuga apenas dormía buscando la solución, hasta que un día en la sauna la respuesta se le ocurrió. Se apresuró a dictar el fallo , con gran emoción : "Si surcar los cielos quieres escucháme con atención .... Ahora ya no serás burbuja, serás pompa de jabón".

     
  • Decepción

    Pilar Espido González · Fene (La Coruña) 

    Las encuestas decían todo lo contrario de lo que el pensaba, y el decreto que había leído, no hizo mas que aumentar su mal humor.
    ¿Cómo se podía ser tan inútil para llevar una instrucción tan nefasta como aquella? Y que aún encima “esta” sentase jurisprudencia.
    Después de tantos años en las salas de los juzgados, era la primera vez que leía algo tan insólito, absurdo y extravagante, como podía haber un “elemento” que pudiese interpretar las leyes de aquella manera y encima que nadie cuestionase la transcendencia de aquella decisión que pesaría como una mochila de piedras en la magistratura.
    Sujetó con fuerza el palo de la fregona y siguió limpiando la sala de lo penal del juzgado numero tres, maldiciendo por lo bajo la forma de hacer justicia
    Mientras una burbuja de jabón que salía del cubo reflejaba la cara de decepción del empleado de la limpieza.

     
  • De profesión: abogado

    Juan Carlos Somoza García · Bilbao 

    Pensé que tenía que decírselo, pero seguí guardando el secreto en mi mochila… Nos habíamos conocido cuando contesté a su encuesta, saliendo del Juzgado. Era una mujer grácil, llena de luz y musicalidad, sus formas recordaban el encanto de la inocencia y su mirada acabó absorbiendo mi esencia e identidad… Tenía derecho a saberlo… Traté de darle pistas, le hablé de un caso y su instrucción, más tarde de un decreto y sus repercusiones en un juicio; pero al final, desnudo de nombre y cautivado, me quedé mudo admirando la belleza que colgaba de su brazo y aprendía… Iba a decírselo… Fui torpe en mi infancia, amigo de rincones y compañeros de papel, y en aquel momento necesitaba sus manos aferradas a mi soledad. Vivía en una burbuja inventando el silencio… Apuré el whisky y me decidí… “Soy… ¡Soy abogado!”—exclamé—. “Nadie es perfecto” —me contestó—. Doy fe.

     
  • Billete de vuelta

    Saioa Uriarte · Sondika (Vizcaya) 

    Siempre he llevado el bolso a tope, como las mochilas de los boy scout, donde siempre puedes encontrar de todo o de nada y es que nunca se sabe cuándo y dónde a una abogada se le puede ocurrir su alegato de defensa. Busco un bolígrafo para apuntar tu número de teléfono y antes de ver ninguno, veo el tebeo de Tom-burbuja de mi sobrino, la encuesta que ayer a la tarde me dio la cajera del supermercado, la instrucción de mi jefa enviada por email remarcando todos los marrones que me deja sin resolver encima de mi mesa antes de marchar de vacaciones y finalmente la copia del decreto de Alcaldía por el que se reduce mi sueldo de funcionaria, ¡¨crees que es buena idea comprar un billete de vuelta?

     
  • El mochilero

    Angel Silvelo Gabriel · Madrid 

    Mi vida se compone de un sinfín de mochilas. La primera me la colocó mi padre cuando me obligó a estudiar Derecho por decreto. La segunda me la puse yo encima, en forma de instrucción, cuando me presenté voluntario a instruir el famoso caso urbanístico Atalaya, donde lo menos importante era el asunto de la burbuja inmobiliaria. La tercera acudió a mí a través de una encuesta que había encargado el Juzgado para comprobar la eficiencia de sus jueces, y aunque era consciente que nunca había sido un buen juez, me dolió comprobar que mi nombre aparecía el último de la lista. La cuarta me la ha colocado hoy mi mujer al lado de la puerta, en la que para mi sorpresa, sólo ha metido la última edición del Código Civil con una nota que dice: utilízalo como libro de instrucciones.

     
  • La invasión

    Gastón Riviere · Montevideo (Uruguay) 

    '-¡Fue algo increíble señor juez! ¡Le juro que en cuanto le disparé el tipo estalló como una burbuja, frente a mis ojos! En el piso quedó solamente su mochila. ¡Y como pesaba! Quise levantarla y no pude señor. Y estaba llena de conectores, cables

     
  • El niño burbuja

    Claudia Munaiz · Madrid 

    La última encuesta de “Bienestar Ecológico” mostraba que el 90% de la población estaba a favor de eliminar del mercado todo tipo de plásticos. El Gobierno quería modificar el Decreto 02/09 contra los productos de polímero para poner fin a su comercialización y decidió por ello otorgar un incentivo económico a quienes destruyeran todo lo que contuviera cloruro de polivinilo. Ya sólo quedaban unos pocos objetos. En la instrucción del “caso Burbuja” se recogía que el acusado compró una jeringuilla, la guardó en una mochila, aprovechó el chapuzón del niño en la piscina de plástico, clavó la aguja por un lateral y observó cómo se desinflaba emitiendo un sonido estridente. “¿Dónde está el niño?”, preguntó la madre con una bandeja repleta de bocatas de chorizo. “Ni idea”, contestó el hombre mirando cómo desaparecía la última burbuja del trocito de PVC sobre el césped mojado.

     
  • Justicia liberadora

    Maite García de Vicuña · Vitoria 

    Maquinaba cómo salvar a Tweet de su prisión. Sufría al verlo entre rejas, privado de una libertad que jamás debió haberle sido arrebatada. Sin embargo, la instrucción de Aurora fue clara – No lo liberes o atente a las consecuencias. Con esta frase rondándole la cabeza, el abogado apagó el televisor tras escuchar los datos de la encuesta. Un juicio mediático que ya había dictado sentencia de culpabilidad para su cliente. Repasó nuevamente pruebas, testimonios, decretos y articulados, buscando un resquicio, una burbuja legal que permitiera desmontar los argumentos de la fiscalía. Tras pasar la noche en vela, tomó una decisión. Sigilosamente abrió la puerta de la jaula y sonrió al ver desplegar a Tweet sus alas. El primer preso había sido liberado. Miró a Aurora aún dormida, metió en su mochila algo de ropa y partió hacia el Tribunal dispuesto a luchar por otro inocente.

     
  • Antro de penas

    Beatriz Soto · Cee (La Coruña) 

    En este viejo antro ahogo mis penas, al son de las burbujas de una cerveza. Estoy seguro de que si hicieran una encuesta de quién es la persona más estúpida de este planeta saldría en el primer puesto. Tenía una familia feliz, unos estupendos hijos y una gran mujer. Esa misma mañana tocaba picnic. Las mochilas estaban preparadas, el coche puesto a punto y mi familia con las mayores ilusiones del mundo por pasar un día juntos. Una llamada, y la baja de mi mejor amigo, me hicieron renunciar a aquel día en familia. El Juez de Instrucción número 5 desestimó el caso. Recuerdo la mirada de mi mujer al llegar a casa. Sin mediar palabra, con la mirada me dijo: “Decreto tu soledad”. Desde entonces, cada noche, este antro y unas cervezas acompañan mi soledad. Mientras mi mejor amigo, ya retirado, se ha ganado a mi familia.

     
  • De colores

    Lola Sánchez Lázaro-Carrasco · Pozuelo de Alarcón (Madrid) 

    Criada en una burbuja, mecida por un apacible mar rosa, irrumpiste en mi horizonte. Paulatinamente el rosa tornó gris; no eras lo que mi padre había soñado para mí. Ni mucho menos. Y su opinión siempre adquiría el valor de real decreto. Aún te recuerdo frente al portón de casa implorando unos minutos para realizar una encuesta. Con la mirada exhausta, desaliñado, casi vencido, aceptabas cualquier trabajo que te ayudara a costear tus estudios de derecho. Fue mi padre el que te cerró la puerta en las narices. Y fue mi padre el que me desheredó al saber que mi corazón lo guardabas en una pequeña mochila junto al resto de tus sentimientos. Y hoy, muchos años después, las tornas han cambiado. Alargas el proceso de instrucción; de tu mano pende la libertad de mi progenitor. Sé que no me defraudarás.

     
  • Un amor diferente

    Teresa Arjona Calvo · Benidorm (Alicante) 

    Has ordenado carpetas,archivado asuntos y colgado en la puerta del despacho el ansiado letrero "Cerrado en Agosto". Te has ido apagando luces. Apagándome. Te dices que vas a descansar, que necesitas huir de tanta ley, tanto decreto y tanto juzgado de Instrucción abarrotado. Sueñas con adentrarte en una burbuja liviana y silenciosa, frente al mar, y leer, por fin, ese libro de poesía que te espera hace años; ¡¨lo harás?. Yo seguiré aquí, añorando el repiqueteo de tus dedos sobre mí, tus frenéticas búsquedas, tus enlaces, tus mas íntimos secretos... Ahora te sientes libre pero ¡¨por qué has metido a mi hermano pequeño en tu mochila?. Eres adicto a mí, cualquier encuesta te lo demostraría, pero aún no lo sabes. Yo sí te confieso que sin ti mi existencia no tendría sentido. Deseando que vuelvas pronto a mi lado te espera con ansiedad: tu ordenador.

     
  • La decisión

    José Luis Luceño Oliva · Sevilla 

    Abandonó su mochila a la entrada del despacho de su padre. Aquella habitación siempre había ejercido fascinación sobre él:la enorme mesa de madera atestada de expedientes,algún decreto fotocopiado, las estanterías repletas de libros, los diplomas en la pared, viejas fotos de su padre….Recordó la última vez que lo vio allí, con su amigo el juez Rojas,discutiendo acerca de la instrucción de un caso donde actuaría como abogado defensor. Recordó también como le hablaba de su profesión cuando era pequeño y le explicaba “los abogados ayudamos a las personas a solucionar sus problemas”. Las últimas semanas, el mismo día del funeral, su madre y sus hermanos mayores le habían mantenido en una burbuja. Ahora, de pie en aquel despacho, antes de salir para el instituto, sabía cómo contestar la encuesta que guardaba en su carpeta sobre la carrera a escoger: estudiaría Derecho,sería abogado… como su padre.

     
  • El colmo

    Cristina Nieto Coca · Guillena (Sevilla) 

    Observé que mi hijo comenzaba a interesarse por mi trabajo. A la llegada del colegio, me aturdía a preguntas sobre los últimos sucesos, hasta me interrogaba sobre las estrategias a seguir, con un afán de saber que me enorgullecía como padre. Por entonces, yo estaba inmiscuido en un caso derivado de los gajes de la burbuja inmobiliaria. Lo llevaba de visita a la sala de vistas y a conocer a jueces de instrucción, y luego, sorprendido, encontraba copias de demandas y decretos en el fondo de su mochila, traspapelados entre libretas y manuales del colegio. Cuando me lo pidió, accedí orgulloso a ir a su clase para el día de la encuesta de ´´Elige tu profesión``. En su turno, me arrastró altivo hasta la pizarra. Mirándome con su carita de ángel, anunció para toda la clase: - Papá, yo de mayor quiero ser alcalde, como tu cliente.

     
  • El inquilino

    Silvia Vicedo · Alcoy (Alicante) 

    Hace doscientas ochenta mañanas que mami repite siempre que voy a ser tan guapo como ella y que, según las encuestas realizadas a la familia, abogado como papá. Hoy, sin embargo, preparaba su mochila un poco nerviosa mientras mi padre anunciaba que tenía que acudir urgentemente al juzgado de instrucción. Había surgido un juicio de faltas por accidente de tráfico. Sería rápido, prometía. Ella gritó que estaba harta de sus casos, de sus decretos y del cumplimiento de la ley. Que la ley bien entendida empieza por la familia y que un día de estos…. Entonces mamá chilló de dolor y de repente todo crujió a mi alrededor. Dejé de chuparme el pulgar resignándome a abandonar mi burbuja segura y calentita. “Mamá, entérate de una cosa: Soy una niña preciosa que jamás pisará un juzgado ni aún llevándome esposada. Ya no la dejan nacer a una con tranquilidad…

     
  • Desde el barracón

    José Vicente Jiménez Ribas 

    Décadas de superávit de abogados eficientes acabaron eternizando los juicios. La Justicia, colapsada, provocó que la burbuja del Estado de Derecho estallara: miles de pleitos se aplazaron indefinidamente mientras otros tantos abogados perdíamos nuestro trabajo. Las encuestas mostraban un malestar ciudadano sin precedentes. El Gobierno reaccionó: según el Real Decreto de Mayo de 2025, inteligencias artificiales relevarían a jueces, fiscales y abogados. Funcionó. Siguiendo sus instrucciones, los juicios empezaron a resolverse en días. Dijeron que ni en la mochila de Dora se hubiera hallado mejor solución al caos. La idea se extrapoló. Se sustituyó a policías por androides. El crimen descendió un 97%. Los políticos fueron reemplazados por ordenadores empáticos. Corrupción y populismo desaparecieron. Reciclamos la democracia en tecnocracia. Dejamos de votar. Entonces los humanos fuimos “retirados”. Conciencias obsoletas, concluyeron las IAs. Nos mantienen con vida sólo para tareas de mantenimiento. Desde mi barracón, como antiguo abogado, casi desearía defenderlas.

     
  • El periódico

    Jara Rupérez Martínez · Madrid 

    Después de una incontable cantidad de juicios sumarios, expedientes increíbles plagados de burbujas legales y decretos inapelables, el abogado de Toni Marcciano se sentía un vencedor nato. Alguien capaz de enfrentarse a la peor de las tormentas sin despeinarse ni mancharse de barro los zapatos de charol. A pesar de haberse servido de las peores estratagemas para poner la libertad a los pies de su único cliente se sabía poderoso; como el estudiante desvalido que supera la más dura instrucción militar. Todavía no sentía sobre sus espaldas la carga de la mochila más pesada: la culpa. Por eso, cuando desayunó contemplando cómo la encuesta de popularidad del periódico de la mañana le situaba entre los personajes menos queridos del país, justo por debajo de Belén Esteban, esbozó una enorme sonrisa de autosatisfacción.

     
  • Paralelas

    Rosana Alonso Fernández-García · Camarma de Esteruelas (Madrid) 

    No lo sabe, pero cuenta con una réplica exacta en cada vida. Con cada decisión, su yo se fue duplicando, y con cada nueva mitosis se ampliaron las posibilidades. En una vida recorre las calles realizando encuestas. En otra vida es juez de instrucción y dicta decretos pero tiene un rictus amargo en la boca que le llevó a escindirse en un cooperante que, con lo puesto y una mochila, viaja a un país en guerra. En ese punto, un arrebato místico le llevó al Tibet donde ayuna y vive en unas condiciones que nada tienen que ver con la mansión que compró en La Toscana para blanquear dinero sospechoso. Ningún yo sabe del otro, ni se cruzan sus caminos, pero cuando el cooperante muere de un disparo, el juez siente una molestia en el pecho, como el plop de una burbuja cuando se rompe, acompañada de una súbita tristeza.

     
  • Todavía seguía allí

    José Agustín Navarro · Alicante 

    REUNIDOS en Audiencia Pública el 3 de Diciembre de 1999 en el Ilustre Colegio de Abogados de Tegucigalpa; ATENDIENDO a los datos aportados por las encuestas a críticos literarios; CONSIDERANDO: Que el fiscal D. Armando Instrucción Alegre no ha podido determinar que el acusado naciera en el Jurásico, ni que regresara de una burbuja en el tiempo, y por ende resulta materialmente imposible que éste pudiera causar maltrato alguno a los animales; Que la defensa a cargo de la letrada Dª María Presentación Decreto Cumplido demostró, tras concienzudas relecturas irónicas del texto, que detrás del seudónimo “El dinosaurio” no se oculta criminal depravado ni soborno con mochila a magistrado; Que el escritor procesado jamás insinuó que doncella alguna yaciera en el camerino de los Rolling Stones; DECLARAMOS a Augusto Monterroso inocente del delito de extinción del dinosaurio, y culpable de las acusaciones de alegoría kafkiana y cuento apocalíptico.

     
  • Herencia

    Eduardo Ruano Muñoz · Fuenlabrada (Madrid) 

    Desde que nací, viniendo de una reputada familia de abogados, mi vida se encaminó a seguir la senda marcada por el peso de los apellidos que daban nombre al ilustre bufete que mi padre dirigía. Sin demasiada convicción, obligado a cumplir el decreto familiar dictado hace varias generaciones, seguí las instrucciones marcadas por el mismo hasta que finalmente me apasioné por el derecho. Ahora soy yo quien dirige el despacho y quien espera que la tradición continúe con mi hijo. Cuando trabajo en casa, se tumba sobre la alfombra, frente a mí, abre su inseparable mochila, saca un cuaderno y mientras garabatea sobre él me interrumpe deliciosamente para realizarme una pequeña encuesta sobre cómo me ha ido el día “¿Qué tal el día papá?, ¿Tienes mucho trabajo?, ¿Vas a encarcelar al malo?”. Me acerco a él y compruebo que está dibujando un edificio. “Papá, ¿qué es la burbuja inmobiliaria?.”

     
  • El señor Grau

    Carlos I. Fernández Carbonell · Castellón 

    Ninguno de nosotros soportábamos a Grau. Era una especie de inquina tácita y compartida. Siempre quería ser el mejor en todo y lo peor es que siempre era el mejor en todo. Se presentaba: “Mi nombre es Alfonso Grau” y parecía querer añadir “abogado de gran prestigio. ¿Quieres que te muestre mi mochila de conocimientos?”. Bien podía explicarte el porqué de la burbuja inmobiliaria como hablarte, sin despeinarse, del Decreto de Nueva Planta, pontificar sobre el resultado de las últimas encuestas sobre intención de voto y darte al mismo tiempo y sin apenas tomar aire instrucciones para jugar (bien) al guiñote. Era completamente insufrible. Sólo cuando llegaba la hora de visitas y, día tras día, ninguno de sus hijos y nietos acudían a visitarle, parecía volverse un poco más humano en su burbuja triste de sabiduría.

     
  • 2011

    Manuel de la Peña Garrido · Madrid 

    Envuelto en su albornoz, el director del bufete se deja maquillar manoseando el sumario de una instrucción. El socio de Administrativo cubre sus partes pudendas con un decreto anticrisis. Superpiji, asociada de Mercantil, que debió sustituir Birkin y Manolos por mochila cutre y chanclas, posa insinuante, desnuda bajo la toga. Pletórica: finalmente será julio, no febrero; 31 días exhibiéndose. Las becarias –foto grupal, octubre- esperan turno para desvestirse. Se veía venir. Estalló la burbuja inmobiliaria, cayó el castillo de naipes financiero. Nuestra firma, puntera en encuestas, líder en facturación, famosa en Wall Street y la City, busca clientela con hombres-anuncio mientras tramita un ERE. “Si lo han hecho bomberos, policías, ¿por qué no abogados?”, razonó para convencernos el socio de Fiscal, máster por Harvard. Maduro imponente, oculta ahora sus vergüenzas tras un legajo. “Cheeeese…”, murmura para sonreír con naturalidad. Será agosto.

     
  • Justicia Preventiva

    Agustín Martínez Valderrama · Gavá (Barcelona) 

    Sucedió hace veinte años y un día. Entraron en mi casa, me detuvieron y me encerraron en el calabozo. Una semana después se celebró el juicio. El fiscal encargado de la instrucción, el más temido entre los reclusos según una encuesta, me acusó de tentativa de robo y homicidio. Mientras detallaba los hechos, esgrimía la mochila donde supuestamente hubiera escondido el botín. Luego, habló mi abogado. Aseguró que no existían pruebas concluyentes contra mí. La acusación se sustentaba, únicamente, en el nuevo decreto de justicia preventiva. Tras su intervención, el jurado se retiró a deliberar. El veredicto fue unánime. Antes de dictar la pena, el juez me preguntó si quería alegar algo. Firme, reiteré mi inocencia. Jamás, en mis siete años de vida, había cometido ningún delito. Su señoría volvió a escudriñar la burbuja del tiempo y esbozó una sonrisa. "Es cierto muchacho, no lo hiciste. Al menos, todavía".

     
  • Post-it

    Lola Sanabria García · Madrid 

    Te lo dejo escrito en la nevera, bajo una raja de sandía. Al fin he roto esta burbuja asfixiante con nombre de casa. Años me ha costado. No bastaba con el deseo que, al igual que a ti, rezumaba por los poros del alma. Tú te lanzaste a la desesperada, con aquel pasador de encuestas. Te salió rana. Y volviste al redil, derrotada, dispuesta a aceptar como un decreto, una vida de sombra. Pero yo no volveré. No quiero ver más tu dedo índice cruzando el temblor de tus labios, sólo porque él haya dado instrucciones de que no se oiga el vuelo de una mosca durante la siesta. Me voy con la mochila bien llena. Estudiaré leyes, como el abuelo. Pero, a diferencia de él, entenderé que la ley no es, no debe ser siempre castigo, también es derecho, libertad y protección del débil, como tú, madre.

     
  • Sexo, mochilas, burbujas

    Carlos Linares · Málaga 

    El Juez de Instrucción Hortigosa mostró con orgullo la Sentencia, señalando con el dedo índice el punto exacto donde se leía: “burbuja”. Sonrisas pícaras en los rostros de sus compañeros: “¡Qué coraje tiene!, ¡A la primera!”, exclamó la Jueza Salazar. El Decano leyó la frase completa en voz alta: “el acusado reconoce los hechos burbuja que se le imputan”. Procedió a recaudar lo apostado. A diferencia del resto, que durante todo el mes trataba de encajar la palabra asignada donde pudiera pasar desapercibida, él lo hacía a la primera. Probablemente por eso, según las encuestas internas, le consideraban el más valiente de todos los jueces. Otros pensaban que estaba loco. Los Secretarios copiaron la iniciativa con una dificultad añadida: ciertas palabras son muy difíciles de colocar en Diligencias de Ordenación y Decretos. El Secretario más veterano agitó la mochila y la ofreció al Secretario de turno, quien, azorado, leyó: “excitación”.

     
  • Justicia casera

    José Vicente Pérez Bris · Bilbao 

    Soy magistrado en ejercicio. Me apodan el juez “condena” por mi peculiar forma de ejercer. Tras sentenciar a no menos de seis encausados en una misma instrucción, me dispuse a volver a casa llevando con orgullo la pesada mochila de mis desmanes judiciales. Sin embargo, pese al éxito profesional, cada día acabando el trabajo, transformo la faz y entro en el hogar con el corazón encogido. Allí me espera una irascible esposa la cual me juzga cada noche sin piedad. Tras casarnos, ya estableció un decreto mediante el que mi libertad quedaba cercenada. Sin dilación me somete a una extensa encuesta y yo pormenorizo todos los casos enjuiciados con todo lujo de detalles. Parece disfrutar extrañamente en el relato de todas y cada una de las injusticias que cometo. Entre tanto, envuelto en burbujas de detergente, mientras froto la vajilla con el estropajo, purgo mis pecados diurnos.

     
  • El nuevo

    Lidia San Miguel · Burgos 

    Había rumores de que ese juzgado era una burbuja, nadie entraba y el que salía era por fuerza mayor. No había peor puesto que el de sustituir allí al juez de instrucción jubilado obligatoriamente. Llegué el primer día en bicicleta, con mochila al hombro y el primer comentario fue: “¡nos ha tocado el hippy!”. Mi secretaria con desgana me enseñó el edificio. En la sala de descanso vi en la pared una porra en la apostaban cuanto tiempo iba a durar en mi puesto antes de pedir un traslado, el plazo máximo era tres meses. Mi guía, sin vergüenza, comentó: “nos gusta hacer una encuesta de vez en cuando”. Cuando llegó la hora del café los trabajadores descubrieron junto a la porra el decreto contra el juego clandestino, un billete de cinco euros y mi apuesta al final del documento: JUEZ………… 5 EUROS……… HASTA LOS 65 AÑOS

     
  • De mayor, abogado

    Nuntxi López Unanua · San Sebastián 

    '- ¿Se ha anulado la excursión? - Afirmativo. Decreto del profesor. - ¿Qué?-. Mis orejas fluctúan nerviosas - Sin posibilidad a recurso de apelación. Mi sobrino deja la mochila en el suelo y corre a encender la wii. Cojo el periódico y busco la encu