El camino

Carmen Guerrero · Santander 

Por decreto de mi real señora fuimos de vacaciones en agosto. Ni sopesó la economía, ni se paró en encuesta familiar. Soy un abogado con poco beneficio, así, propuse echar mano de mochila. Señora, suegra, niños y un servidor en cabeza iniciamos la senda del Santo Apóstol. Allá por Sarriá me vi sorprendido por lo que mi fino olfato de abogado olió: una huelga encubierta de la comitiva que deseosa de viajar por otras lindes y en otras circunstancias se negaba a seguir; aducían fatiga, calor, ampollas y otras banalidades. Sin procurador ni abogado me atreví a pleitear, pero rota la fila de instrucción, cedí. Llegamos al pórtico de la playa, me embadurnaron de crema con un botafumeiro y golpeé tres veces mi frente contra la cabeza de una sirena. Aislado en la sombrilla como en una burbuja, recé para que me llamaran del turno de oficio: mi Compostela.

 

 

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