Advocatófago

Pedro Pastor · Madrid 

El filo del cuchillo y el ruginoso tridente del tenedor asomaban por la mochila entreabierta. El imberbe y amordazado abogado sucumbía ante el horror más lacerante. No podía ser cierto que aquel despacho, donde otrora se habían firmado por decreto miles de sentencias; fuera el escenario ignoto de crímenes tan inhumanos y lugubérrimos. El juez se preparaba para el ágape y observaba a su víctima con una piedad más falsa que cualquier encuesta publicada por un gobierno talibán. —Tranquilo, seré breve. En media hora tengo la instrucción de un expediente. El reciente licenciado no pudo gritar. Cayó ante el cruel aroma del cloroformo. Cual burbuja de jabón, el globo ocular estalló ante la presión del inicuo cubierto. No obstante, el magistrado pareció degustar con vehemencia aquel manjar recién extraído al que tan pocos podían acceder. Y es que, para digerir los menesteres de algunos abogados, se necesitaba previa experiencia.

 

 

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