Justicia Preventiva

Agustín Martínez Valderrama · Gavá (Barcelona) 

Sucedió hace veinte años y un día. Entraron en mi casa, me detuvieron y me encerraron en el calabozo. Una semana después se celebró el juicio. El fiscal encargado de la instrucción, el más temido entre los reclusos según una encuesta, me acusó de tentativa de robo y homicidio. Mientras detallaba los hechos, esgrimía la mochila donde supuestamente hubiera escondido el botín. Luego, habló mi abogado. Aseguró que no existían pruebas concluyentes contra mí. La acusación se sustentaba, únicamente, en el nuevo decreto de justicia preventiva. Tras su intervención, el jurado se retiró a deliberar. El veredicto fue unánime. Antes de dictar la pena, el juez me preguntó si quería alegar algo. Firme, reiteré mi inocencia. Jamás, en mis siete años de vida, había cometido ningún delito. Su señoría volvió a escudriñar la burbuja del tiempo y esbozó una sonrisa. «Es cierto muchacho, no lo hiciste. Al menos, todavía».

 

 

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