IV Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Su condena: el perdón

Inmaculada Aguirre Díaz-Guardamino · Las Rozas de Madrid 

Noté un desagradable sabor a plomo subiendo desde la boca del estómago y supe que iba a vomitar. Mi abogado, que minutos antes acariciaba el camello de su cajetilla de tabaco con las manos impregnadas en sudor, ahora sonreía y se movía nervioso entre sus compañeros, recibiendo elogios y felicitaciones. El azar, quizás, quiso romper la cadena de custodia de la única prueba que me incriminaba. Abrazado a su cartapacio se jactaba de haber vencido, de haber esquivado el socavón de la miseria penitenciaria que me esperaba. Nunca comprendería que mi condena había sido anterior a la sentencia y había venido impuesta por la mirada oscura y profunda de la hija del hombre a quien acuchillé… Ella, mi juez, minutos antes de empezar el juicio se acercó a mí, deslizó su pequeña mano en mi brazo, y fijando sus grandes ojos en los míos susurró: Te perdono.

 

Relatos seleccionados

  • Le debía un favor

    Miriam Jiménez Bernal · Madrid 

    Cerró el maletero del coche, se secó el sudor de la frente con la manga de la camisa y se detuvo unos instantes para contemplar la escena. No hacía ni dos horas desde que le había llenado el cuerpo de plomo a aquel desgraciado y ya estaba enterrado en el lugar perfecto. Los obreros llegarían por la mañana para tapar el socavón provocado por las obras del metro, así que el cadáver permanecería oculto durante mucho tiempo. Por su mente revoloteaba la imagen de aquel abogado que había conseguido que le soltaran alegando no sé qué defecto de forma, un hombre muy serio que pasaba los días pegado a su cartapacio y las noches llorando la muerte de su hijo por una sobredosis. Trató de adivinar la cara que pondría cuando supiera que le había devuelto el favor, eliminando de la circulación a aquel maldito camello.

     
  • Musa

    Mª DOLORES SERRANO ÁLVAREZ · Arganda del Rey (Madrid) 

    Cuando los plomos saltaron por tercera vez, decidí tomarme un descanso. El caso se había complicado y mi cliente, autor accidental del socavón, no estaba dispuesto a pagar la indemnización. Cansada, bajé a “El camello de los ojos azules” a tomar una cerveza. En lugar del bar, encontré una galería de arte. ¿Por qué no? La niña del primer lienzo me resultó familiar. También la adolescente del siguiente cuadro, y la mujer joven de la tercera pintura. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¡Era yo! Mis ojos, mi nariz, el lunar de mi boca…. Con la frente perlada de sudor busqué al autor de las obras. Estaba al final de la sala, con un cartapacio bajo el brazo. Cuando nuestras miradas se encontraron vi el sobresalto en sus ojos. Él tampoco me había visto antes. Se acercó despacio. -¿Quién eres? – preguntó con voz temblorosa. -No…¿quién eres tú?

     

     
  • Prioridades

    Mar Soler · Castellón 

    "Un 5 de enero cualquiera", pensó, mientras cerraba de un golpe seco el cartapacio. Los cerca de 2000 folios del sumario se amontonaban, amenazantes, sobre su mesa. Apagó los plomos, pero una última ojeada bastó para que una gota de sudor acusadora resbalara por su cuello.No flaqueó,aquella noche tenía otras responsabilidades. Dos horas más tarde,Jose Mª de Díaz y Esplugas, juez instructor del caso estrella del año, se recolocaba la giba al ritmo de los tamborileros, maldecía el peso de su Ilustrísima Majestad ,el Rey Baltasar, y evitaba un socavón mientras le guiñaba un ojo a sus tres niños a través del disfraz de camello."Un 5 de enero cualquiera", pensó. Y sonrió.

     

     
  • IGUALES ANTE LA LEY

    Belén Sáenz Montero · Madrid 

    Tener que proteger los derechos de un camello es, probablemente, lo último que se me habría pasado por la cabeza cuando decidí ser abogado. Pero aquí me tenéis varios años después, contemplando con cara de póker el socavón provocado por el “regalito” que habían dejado a mi cliente sus antiguos compañeros del cártel de Tijuana en el descapotable. Atrás quedaron los tiempos en que, de tú a tú y sin escapatoria posible, se habrían llenado mutuamente el cuerpo de plomo. Ahora, revestidos de honorabilidad e integrados en la élite de la sociedad madrileña, acudían a nuestros bufetes con cartapacios de piel perfumada para ocultar el hedor de sus sucios manejos y pedir amparo a la Justicia. Lo único que me alegró el día fue ver cómo el sudor le chorreaba por la nuca y le amarilleaba el cuello de la camisa.

     

     
  • Derecho de defensa

    Ferrán Varela Navarro · Barcelona 

    Aunque su rostro no mostró expresión alguna mientras releía el atestado policial, un observador atento se habría percatado de la finísima película de sudor que empañaba su frente. Cualquiera creería que veinte años en el Turno de Oficio y un cartapacio lleno de casos contra atracadores, camellos y violadores le habían inmunizado contra escrúpulos, pero existen crímenes ante los que el mismo diablo apartaría la vista. Las palabras “bebé”, “biberón” e “intoxicación por plomo” nunca deberían aparecer en una misma frase. -¿Lo hizo? -Sí -contestó el acusado. Su tono no reflejó el menor atisbo de arrepentimiento. El abogado cerró los puños. Veinte años de ejercicio irreprochable de la profesión se toparon con el socavón moral más grande de su carrera. El penalista luchaba contra el justiciero que llevaba dentro. La batalla duró un suspiro. -Comencemos de nuevo. ¿Lo hizo? -No. -Eso está mejor. Sigamos...

     

     
  • Vocación traicionada

    Sonia González Rúa · Bilbao 

    Papá siempre me dejaba guardar los documentos en su cartapacio. La atracción que sentía por aquella carpeta de piel de camello era casi mágica. Cada tarde aguardaba a que papá regresara del bufete para cargar su portafolios que, a la edad de tres años, me parecía que contenía plomo y no papeles. Papá intentaba cogerlo cuando las primeras gotas de sudor iluminaban mi naricilla, pero yo me empeñaba en acarrearlo solita. Lo arrastraba por la alfombra, sorteaba el peldaño de su despacho como si fuera un socavón y me encaramaba a la silla para ponerlo sobre el escritorio. Cuando le comuniqué que sería abogada como él dos lagrimones rodaron por sus mejillas. Inmediatamente comenzó a instruirme en el oficio. Una tarde volvió a casa con un feo maletín de cuero negro. Al preguntarle por su inseparable compañero contestó que estaba muy viejo y había decidido sustituirlo. Finalmente cursé psicología.

     
  • El aroma de la muerte

    Manuel Moreno Belosillo · Madrid 

    Me casé con un cliente. Le acusaban injustamente del asesinato de su mujer, pues en la autopsia del cadáver habían encontrado restos de plomo y otros metales pesados. Es más difícil que una abogada profesional como yo- de esas de toga y cartapacio- se enamore de un cliente que un camello entre por el ojo de una aguja… pero antes que abogada soy mujer, no me pude resistir al encanto de su metro noventa, su piel bronceada, su musculoso cuerpo… Cuando le absolvieron lo celebramos haciendo el amor, el sudor, la saliva y nuestros demás fluidos se mezclaron en una química irresistible. Sí, fue un socavón en mi carrera, pero qué feliz he sido; es una lástima que ahora tenga que morir. Últimamente toda la comida huele a almendras amargas y sería una mala abogada si no reconociera el fatal aroma del arsénico… pero antes que abogada soy mujer.

     

     
  • PUNTO DE INFLEXIÓN

    Fernando Martínez · Barcelona 

    El orangután de la litera superior apesta a sudor. Me sonríe luciendo su camello tatuado en el brazo mientras enciende un cigarro. La mañana de los hechos el plomo de mi pasante entró en mi despacho cartapacio en mano. Iba seguido de Miguelín. El niño quería demandar a su padre. Al parecer, había incumplido la amenaza de denunciar a la maestra por castigarle sin recreo. Pedía daños y “prejuicios” porque le prohibió bajar al socavón del patio que apareció durante las obras del Ave. Miguelín había perdido en aquél agujero su balón de reglamento firmado. Me ofrecí a mediar entre él y su padre, sin cargo. Di el caso por concluido. Al mes recibí una citación del juzgado. Un colega había aceptado a Miguelín cómo cliente, encontrando causa suficiente para demandarme por incumplimiento contractual. Ante lo absurdo del litigio perdí los nervios… Suena un timbre. La celda queda a oscuras.

     

     
  • Al este de Smara

    Fernando Alonso Morán · Madrid 

    Y me pregunto... ¿Qué hago yo, empapado de sudor, a lomos de este camello, mientras un sol inmisericorde, cae a plomo sobre mi cabeza? ¿qué invisible hilo me ha llevado de Don Facundio López, alférez, que fue, de la Legión, muerto al estrellar su vehículo en un socavón de la Castellana, al cartapacio de vetusto cuero negro, dónde se recogían sus últimas voluntades, y de este, a la ruta de camelleros que discurre entre Smara y Tombuctú, cruzando Sáhara y Sáhel?. Que el alférez me eligiera como albacea testamentario, siendo yo un desconocido abogado, recién colegiado, fue una gran sorpresa. No menor resultó el contenido de sus últimas voluntades, “Lego todos mis bienes a la familia de los Tawhilam, tuaregs, con domicilio cambiante en cualquiera de los oasis del camino a Tombuctú”. No crecen rosas, al este de Smara. Sigo el camino que señalan las estrellas, busco a los Tawhilan.

     

     
  • Honorarios lúbricos

    Antonio Capel Riera · Murcia 

    “¿Es usted Mariquiña?”, preguntó el hombre del cartapacio, elegantemente trajeado. “Sí”, respondió la bella mujer, secándose el sudor de la cara, dejando asomar unos voluptuosos senos. “¿Podría disponer unos momentos de su tiempo?” dijo el hombre con discreción. “Después de mi gimnasia”, respondió quitándose unas muñequeras de plomo usadas para fortalecer los torneados antebrazos. Al cabo de una hora, volvió. Le estaba esperando con una blusa trasparente: “Mis servicios cuestan 3000 €”. “Los tengo”, dijo el hombre. Y después de los favores lujuriosos, Mariquiña, satisfecha, preguntó: “¿De dónde es usted y a qué se dedica?”. “Soy abogado y vivo en Carrancheiro” “¡Qué casualidad, mis padres son de allá!”“Lo sé, su padre murió al caer a un socavón y le dejó en herencia 3000 euros que acabo de entregarle, disponiendo que se empleen en la desintoxicación del camello de su hermano, ¡Ha sido un placer!” “¡Fillo de putaaaaa…!

     

     
  • Desaparecida

    Nuria Rubio González · Madrid 

    Destapé la sábana. Un sudor frío recorrió mi cuerpo al contemplar el suyo sin vida. Sentí que un enorme puño de plomo se incrustaba en mi pecho produciéndome una inmensa herida. Con aquel socavón sangrante en mi interior, abandoné el Anatómico Forense. Caminé durante horas. Las calles estaban desiertas, envueltas en una densa niebla. Llegué a casa de madrugada. Cogí el cartapacio donde guardaba las noticias publicadas en prensa sobre el caso. Leí: "Desaparece la hija del magistrado ¡µlvarez"; "La joven fue vista por última vez en compañía de un conocido camello de los suburbios de la ciudad." Me recosté en la cama cubriéndome con la sábana... No podía respirar. Me incorporé. Mis ojos se clavaron en la mesilla de noche. Sobre ella reposaba aquel infame recorte fechado en el mes de enero de 1970: "El magistrado ¡µlvarez desolado en el entierro de su única hija."

     
  • Más que

    Estela Antin Bernárdez · Guadalajara 

    Más que plomo, un plomazo. Un juicio cuyo efecto fue equiparable a medio kilo de pastillas para dormir. Vilma me había invitado emocionada a observar desde un rincón su primera aventura judicial. Yo era fan de todas las series de abogados de la historia. Pensaba que iba a ser testigos de la ágil tensión de todas ellas juntas y bien condimentadas. Pero qué decepción: que toma la palabra, que deja la palabra, que adelante su señoría, que aquí tiene el cartapacio, que vamos a leer detenidamente la argumentación, que se levanta la sesión. ¡¡¡Que se acueste la sesión así nos podemos dormir todos ya!!!! ¡Qué sudor de ansiedad por que terminaran de una vez las eternas exposiciones, que socavón para mi paciencia! Me echaron de la sala, claro. Y Vilma no me entendió: más que un juicio a un vulgar camello, aquello resultó para mi fantasía hollywoodense un vulgar camelo.

     
  • Presentación

    Ana Cortiguera Abascal 

    Daba por bien invertidos sus últimos ahorros en el magnífico abrigo de pelo de camello y el traje de cachemir, confeccionados a medida; en los zapatos exclusivos de piel de potro; la camisa de seda italiana y la carpeta de firma en la que presentaría todo el cartapacio que constituía su currículum, así como en los demás complementos, todos ellos de primeras marcas. Llegó a la capital con el tiempo justo. El sol caía a plomo y notaba como el sudor empapaba su camisa, hasta calar el traje. El taxi paró frente al bufete —uno de los más importantes y exigentes con sus miembros--, y al descender de él, sus pies se hundieron en el barro del socavón. La recepcionista le hizo despojarse del abrigo. El director era alérgico a la lana. Cuando apareció frente a la junta, con aspecto deplorable, apenas pudo balbucear su propio nombre.

     

     
  • La indumentaria lo es todo

    Teresa Hernández Díaz · Madrid 

    Ya lo dijo mi madre cuando me caí en aquel socavón por querer rescatar al gato de Angelita, que de puro bueno parecía tonto. Qué razón tenía. Para qué habré aceptado llevar este caso. Cuando el cliente me comentó que vivía lejos, no imaginé que tendría que atravesar el Sahara a lomos de un camello y cargando un cartapacio pesado como el plomo. Qué calor hace en el desierto. No he traído ropa adecuada y estoy empapado en sudor. Los tuaregs que he contratado como guías sí que saben del asunto, sus túnicas parecen la mar de fresquitas. Ahora que lo pienso, ¿y si me desnudo y me planto mi toga? El patrón es parecido. Dicho y hecho. Jeje, ahora sí que estoy majo, con mi birrete en vez del pañuelo con que se cubren los oriundos. Me miran raro. Mira que son suyos los príncipes del desierto…

     

     
  • AJUSTE DE CUENTAS

    Carlos Bento 

    Se había pasado la vida defendiendo a camellos y chorizos de poca monta. El olor a sudor y perfume barato de los prostíbulos donde se reunía con sus clientes. Las chabolas miserables con tejados de latón y tuberías de plomo donde muchas veces tenía que negociar sus honorarios entre socavones y drogadictos. No se quejaba, era un buen negocio y se ganaba dinero. Hoy tocaba cobrar. Salio del coche y se acerco al garito con el cartapacio bajo el brazo. Al entrar, alguien le empujó contra la pared. Una navaja apareció en su mano. Aquella cara le resultaba vagamente familiar. "Hola Picapleitos. Ya no te acuerdas de mi? Ya he salido del talego. Veinte añitos. Gracias a ti y a tu amiguita la jueza. Te acuerdas?. Porque yo me he acordado todos los días, sabes?

     

     
  • Inicios in-evitables

    ROSA MOLINA Lí PEZ · Madrid 

    Ya nada es igual. Ahora, para ser abogado, debo ganarme previamente el respeto y la confianza de mi cliente. Por ejemplo, ayer, estrecho la mano de mi defendido, Hola soy su abogado de oficio, me presento. Silencio. El sudor, su perfume caro de camello barriobajero, el sonido de sus deportivas, sus movimientos nerviosos: mil evidencias de culpabilidad sólo visibles sin ojos. Saco el informe del cartapacio, deslizo mis dedos. Está acusado de sustraer 1500 kilos de plomo... Perdone compadre, me interrumpe, pero usted es ciego, y eso siendo abogado... Bueno, usted es gitano, y eso estando acusado... Sí, pero veo... ¡No verá mucho cuando cayó con la furgoneta, ciego de alcohol, en un socavón de la M30! KO. Silencio. ¡¨Me libraré de esta?, dice. Tranquilo, sus nietos no heredarán su condena, respondo. ¡Cuánta paciencia y vocación! Desde que perdí la vista, los mismos inicios. Empecemos, cuéntemelo todo...

     
  • NO SIN MI AGOSTO

    GEMA HERNANDEZ GARCIA 

    Las señales horarias me dijeron que eran las 18 horas del 3 de Enero de 2012 cuando se escuchó al Ministro afirmando que agosto del 2012 y los agostos posteriores serían hábiles. Sentí un sudor frío que me recorría el cuerpo, un socavón entre la 4¡¦ costilla y la 5¡¦ o más allá,yo no soy médico soy abogado y no puedo precisarlo sin un informe pericial al respecto, un sabor a plomo o a cobre en la boca,tampoco soy químico soy abogado, no puedo precisarlo sin otro informe pericial al respecto. En definitiva, me fui despidiendo de la playita, de los viajes más caros en temporada alta, de la que tanto he renegado y que ahora me parece gloria bendita. Cerré el cartapacio del Ordinario 52/2011 y me fui a esperar la cabalgata de los Reyes Magos con sus camellos, para pedirles que no me quitaran mi agosto.

     
  • Ser abogado

    Maribel Aznar Gallardo 

    El médico aun no daba crédito a lo sucedido mientras explicaba a la mujer que su marido había caído a plomo en mitad de la calle, ingresando prácticamente muerto. Allí, mientras le aplicaba un masaje, éste abrió los ojos y salió disparado sin mediar palabra. “No se preocupe, doctor”, dijo la mujer, “cuando dijeron lo de ‘te ganarás el pan con el sudor de tu frente’ bien pudieron decir, ‘serás abogado’. Mi marido relata, recurre, argumenta, protesta, defiende, acusa... incluso mientras parece que descansa, el párpado a media asta es muestra de que su mente aun trabaja, valora, piensa, especula, recapacita... Da igual que sea banquero, camello, príncipe o mendigo, su cartapacio no entiende de clases. Si un río se interpone, lo nada, un socavón lo salta, una montaña la escala, pero jamás se detiene hasta conseguir su propósito... y hoy tenía juicio y no tendría tiempo ni para morirse.”

     

     
  • Ajústese la dentadura, padre

    MIGUEL ÁNGEL PÉREZ ABOITIZ · Berlín 

    – ¡Tío plomo! –interrumpió el anciano desde su silla de ruedas. El abogado desvió la mirada hacia un cartapacio buscando la paciencia que le faltaba. – ¡¡Socavón, Socavón!! – Ignórele, señor abogado. Padre, ¡tranquilícese y ajústese la dentadura! Mi padre acumula denuncias por injurias... – ¡Camello, anarquizta! – Por favor, ¡padre! En tono confidencial el letrado prosiguió con voz queda: – Legalmente hablando no ha de preocuparse –el abogado se rascó una oreja mientras elegía las palabras antes de proseguir–: estamos ante un caso de demencia senil e incapacidad. – ¡Picapleiztos! El abogado se limpió el sudor con el dorso de la mano mientras se levantaba presto a despedirles ofreciendo una tarjeta de visita: – Aquí le ayudarán –sonrió forzadamente y franqueó la puerta. La mujer salió empujando veloz la silla mientras su padre gritaba acalorado: –¡¡Socavón!! ¡¡Listillo!!¡Otro más que se ezcaquea!

     

     
  • CONVENCER Y REIR

    Benedicto Torres Caballer · Valencia 

    Comenzaba el curso. La algarabía del rebosante primero desapareció cuando un joven, trajeado, con un caminar como de camello y una extraña verruga nasal, que le hacían más mayor, entró intempestivamente. Después de extraer de su maletín un cartapacio que dejó bruscamente sobre la mesa, dijo con simpatía: “Buenos días. Soy vuestro profesor de Derecho Romano”, luego prosiguió enervándose: “Este año me impiden haceros el examen oral en latín, pero ese socavón rectoral lo subsanaré”. En la última fila, un repetidor levantó el brazo mostrando un sobaco manchado de sudor e interrumpiendo gritó: “Profesor, ¿este año también traduciremos?”. “Evidentemente, señor Giménez; aunque Cicerón resulte algo plomo es imprescindible su memorización. Mañana comenzaremos con Diocleciano. Traigan un diccionario”, respondió escuchándose un murmullo general de acobardamiento. Luego recogió y salió. Poco después, en el aula de quinto, el profesor amonestaba, por llegar tarde, a un risueño alumno con una extraña verruga nasal.

     
  • Candidatos

    Rubén Gozalo Ledesma · Salamanca 

    El plomo de López ya está con su cartapacio. Parece un camello allí quieto, esperándola en la esquina, con el sudor perlando su frente. Desde que María lo rechazó le ha salido un profundo socavón en el estómago, un agujero que ni su trabajo de abogado ni el alcohol consiguen mitigar. Y es que, a ella, le gustan los feos. Por eso, todos sus pretendientes hacen lo imposible por conquistar su corazón. Y lo cierto es que se esfuerzan. Se desfiguran el rostro. Se cortan la nariz, los párpados, las orejas y hasta la lengua. Los más atrevidos se prenden fuego a lo bonzo, se rocían la boca con ácido o se arrancan la piel a tiras. Verlo es todo un espectáculo, pero ninguno es lo suficientemente poco agraciado como para conquistarla. Aun así, siguen sin saber, que la verdadera fealdad está en el interior.

     
  • SUEí‘OS CUMPLIDOS

    AINHOA PEREZ DONAT · Madrid 

    Estoy aquí, en la oscuridad de la noche, aprovechando el insomnio que me provocan los nervios de ver tu carita por primera vez, intentando esclarecer los hechos de este litigio que me tiene tan preocupada y ocupada. Estoy cansada; siento mis párpados pesados como el plomo mientras reviso los documentos que guardo en mi cartapacio. Mientras, te miro como te mueves dentro de mi vientre y pienso que cuando estés en mis brazos, todo este asunto estará solucionado porque con solo sentirte dentro, siento que puedo esquivar cada socavón, bache e imprevisto que me encuentro por el camino. Mirándote me siento bien, tranquila, con mucha paz interior y capaz de atravesar cualquier largo y duro desierto a lomos de un gran camello sin derramar una sola gota de sudor. Y es entonces, en ese momento, cuando me siento feliz por haber cumplido mis sueños: ser abogada y ser mamá.

     
  • Malentendidos del idioma

    Consuelo López Saura · Alcobendas (Madrid) 

    Los cargos que había contra ella eran serios. No solo había asesinado a un hombre, sino que lo había hecho llenándolo de plomo. Ocho tiros nada menos le había descerrajado, con lo que alegar legítima defensa quedaba descartado. Y es que, pese a tratarse de un camello, dadas las circunstancias el juez no sería muy magnánimo. El abogado se echó las manos a la cabeza y se dejó caer sobre el cartapacio de su mesa. “Pero mujer… ¿qué le ha impulsado a hacerlo?”, le preguntó. La joven, una prostituta rumana que a duras penas hablaba nuestro idioma comenzó a hablar: “Ha insultado a mi hombre y nadie insulta a mi hombre”, dijo con voz afectada y arrastrando las erres, al tiempo que una gota de sudor le recorría el labio superior. “Salíamos del club cuando ese hombrrre empezó a grrritar corrrriendo hacia nosotrrros como un loco diciendo: ¡So-cavón…so-cavón!”

     

     
  • Newton

    JOSÉ LUIS GONZÁLEZ MARTÍNEZ · SAN SEBASTIÁN 

    Adiós, que te vaya bien, abogado con bufete, gordo y seboso en tu gran mesa con cartapacio de piel y secretaria de buen culo. Yo seguiré con mis sudores y mi fregona. Y con mis dos churumbeles que me has hecho en estos años. “Eres más hermosa que una aurora boreal”, me dijiste borracho; y yo, “eres un plomo de cuidado, ¡pero qué guapo estás!”. Me volviste loca, terminaste la carrera con mis ahorros…, total para luego hacerte famoso encerrando inocentes camellos. Seis años en este apartamento con terraza para cenar en verano, invisible en un dieciseisavo, alejados del mundo, sin testigos, sin juzgados, esos quedaban para ti. Al fin te has ido, pero ha sido Newton, ya sabes, masa, distancia, una barandilla roñosa, tres güisquis y un empujoncito. Debiste estudiar física y no derecho. Aunque ahora que miro, no sé si lograrán sacarte del socavón que has hecho.

     

     
  • ALUCINACIÓN PROFESIONAL

    Pablo Herrero Ponce · Tenerife 

    El sudor caía por mi frente precipitándose sobre la arena como gotas de plomo líquido. Cuarenta grados a la sombra y yo de vacaciones en Lanzarote montado sobre un camello. _Tienes que aprender a divertirte_ me dijo mi mujer. ¿Esto era diversión? Soy abogado 24 horas al día los 365 días del año, para mí no hay turismo comparable al vértigo de un expediente. Con el tosco balanceo del animal y los socavones de las dunas definitivamente el mareo se apoderó de mí. Fue entonces cuando el camello mi miró y me habló. _ ¿Eres abogado, verdad?_ Me quedé estupefacto. _ ¿¡Cómo sabes…!?_pero me interrumpió _ ¿Qué tal te manejas con la explotación animal?_ Pensé que estaba desvariando, así que saqué mi cartapacio de la cartera y, completamente entregado a la alucinación, traté de complacer a mi mujer y disfrutar un poco… _ ¿Podría ver su contrato?_

     

     
  • Señales

    Blas Alguacil Ramos · Valencia 

    El calor se hacía insoportable, sin una sola nube el sol parecía apuñalar el cielo con sus rayos, y conmigo no era menos generoso. Notaba el sudor bajo la camisa, el cartapacio que llevaba con documentos se había vuelto pesado como el plomo, y poco me hubiera extrañado encontrar un camello en aquel erial, más parecido ahora a un desierto que a lo que fue. Me encontraba allí por el asunto de unos socavones con extrañas formas y enormes dimensiones que habían aparecido durante la noche echando a perder toda la cosecha. El dueño estaba totalmente destrozado. Yo, incrédulo de lo que mis ojos veían, miré al cielo y exclamé: ¡® ¡cuántas sentencias hacen falta para que los extraterrestres dejen de mandar sus señales sobre terrenos cultivados!¡¯

     
  • SALAM ALEIKUM

    Fco. Javier Borrás Aviñó · Valencia 

    Me han plantado un cartapacio sobre la mesa de mi despacho, en esta despiadada tarde en la que el sol está cayendo a plomo. Tengo que defender de una acusación de asesinato al tipo que alquiló un camello, y del que se sospecha que trabaja para los rusos. Está acusado de colocar en las alforjas una carga de explosivos, para que al embajador estadounidense en Marruecos le volaran las pelotas hasta territorio argelino. El socavón producido ha sido de tres metros de ancho por uno de profundidad. El sudor me empapa el pecho y la espalda, por lo que como primera providencia, he decidido tomarme un par de cervezas bien frías, una por el alma del diplomático y la otra por el cuello del camellero. Que Alá se apiade de ambos

     
  • El cliente

    Amor Lago Menéndez · Valladolid 

    No llegó a terminar derecho. Creyó ver un futuro más prometedor siendo el camello de sus compañeros de clase que, cartapacio bajo el brazo, trataban de recuperar el tiempo perdido las últimas semanas de Junio y evitar caer en el socavón de un verano hincando los codos. Todo menos dormir. Largas noches sin dormir… Doscientos ochenta folios para el repaso final… Aprobar la asignatura… Toooooontos... Mientras, él haciendo caja y disfrutando de un nivel de vida inimaginable de haberse licenciado y sufrir las desventuras y privaciones de todos ellos. Clientela fiel que después de aprobar la carrera necesitaba más y más para sacar la oposición… Y ahora, plomo y sudor, una gota resbalando por la mejilla... Ataque de pánico. No quiere ir a prisión. ¿Le recordará Su Señoría?

     

     
  • LEMA TRIUNFANTE

    Javier Serra Vallespir 

    “Sólo el sudor te hará triunfar: la sangre y las lágrimas, que las viertan los demás” era el lema de papá. Lo sacó de su experiencia. Empezó como camello pateando las calles, luego ascendió a ciertos locales de moda para, en una suerte de irónica revolución navideña, coronarse Rey (del narcotráfico) en un palacete forrado de mármol y de guardaespaldas. Quién sabe por qué, quiso que yo fuera abogado. Si para sus negocios él gastaba plomo, yo gastaría cartapacio. Supongo que deseaba enrasar los socavones de su conciencia, o quizás simplemente buscaba alguien que le defendiera con verdadero tesón llegado el momento. Nunca pregunté. Nadie osaba contrariar a papá. Obedecí cum laude. Pero los caminos del Señor son inescrutables: acabé convirtiéndome en el fiscal que le destronó. Sudando, por supuesto, y ahorrándoles sangre y lágrimas a los demás. Cada vez que le visito en la cárcel le agradezco el lema.

     

     
  • Carpaccio de salmón

    Nuria Gómez Lacruz · Madrid 

    En el lujoso restaurante elegido para celebrar su vigésimo aniversario, el Juez Delgado y su esposa optaron por una mesa junto a la cristalera, pero la cambiaron por otra huyendo de las feas vistas de unas obras causadas por un socavón. Nada más acomodarse, el Juez se fijó en la mesa de enfrente, desde donde un hombre solitario agarrado a un portafolio no dejaba de mirarlo. El sudor empezó a recorrer su cuerpo en cuanto recordó quién era: un camello sanguinario al que mandó a chirona hacía cinco años. El camarero se acercó para tomar nota. “Cartapacio de salmón”, pidió Delgado, más atento en realidad al portafolios del camello y a su posible contenido. Supo de qué se trataba simultáneamente a la detonación: dos balas de plomo que ya volaban hacia él, hacia un punto preciso entre sus dos cejas. “Quería decir carpaccio de salmón”, le dio tiempo a rectificar.

     

     
  • Cuenta pendiente

    Leticia Juliá Belizón · Chiclana (Cádiz) 

    Prometió que no volvería hasta haberse convertido en un hombre de éxito. Hoy, quince años después, pisaba de nuevo su país de origen para tratar de devolverles a sus padres todo lo que habían hecho por él, algo cuyo contenido cabía en un simple cartapacio azul. Su primera parada después de cruzar la frontera la hizo en una gasolinera, -?300 dirhams de sin plomo, por favor?-. El sudor empapaba su camisa pero no le molestaba, conducía distraído pensando en su vida desde que salió de allí: sus años de carrera en Madrid; la clase de derecho civil donde conoció a Marta; la asignatura de Penal que se le atravesó en tercer curso; el bufete donde le dieron su primera oportunidad... No vio el socavón. Tres días más tarde, un niño bajaba del camello para recoger eso azulón que había llamado su atención. A él, nunca lo encontraron.

     
  • La importancia de los idiomas

    Ramón Vigil Fernández · Madrid 

    Allí estaba, frente a la orilla del mar. En otras circunstancias hubiera disfrutado de aquella hermosa puesta de sol. Sin embargo, el sudor emborronaba sus ojos mientras sus pies se hundían en el hormigón. Hubiera preferido que le llenaran de plomo en el restaurante, pero le habían reservado un final más macabro. Era un camello de poca monta al que su abogado había convencido para sacar una confesión de los Petrelli, conseguir el favor del fiscal y rebajar así su pena. Aquel abogado estaba ahora pudriéndose en un socavón en medio del desierto y él dormiría con los peces. Mientras se hundía recordó cómo los Petrelli ya se habían creído aquella historia de que pertenecían a la mafia italiana continental y que estaban allí para formar parte de su negocio, cuando, mientras brindaban juntos, pidió aquel plato de cartapacio. Ahora, la carne cruda que comerían los peces sería la suya.

     
  • ¡Tierra trágame!

    Sagrario Loinaz Huarte · Aranjuez (Madrid) 

    —Es la hora ¡ándate con pies de plomo, no vayan a pillarte! —Tranquila, será coser y cantar —decía el juez Francisco a su mujer mientras guardaba unos informes en el cartapacio de piel de camello. Francisco se dirigió al garaje. Al rato, las gotas de sudor le caían por la frente. El silencio de la noche fue roto por un ruido estrepitoso y los lamentos del juez que, con una pierna rota y el brazo dislocado, yacía en el socavón de la nueva tubería del agua del jardín. Al momento, las luces de las casas de la urbanización se fueron encendiendo. En pocos segundos, niños y mayores rodearon al juez que, enredado entre una bicicleta, enormes paquetes de regalos y un muñeco que tocaba el tambor, no sabía si llorar o reír. ¡HAN VENIDO LOS REYES MAGOS! ¡YA ESTÁN AQUÍ! Gritaban los niños con entusiasmo.

     
  • El socavón

    Montserrat Acevedo Jiménez de Castro 

    El circo había llegado a la ciudad. Carteles anunciando los distintos números aparecían por las paredes como aparecen los caracoles en un día de lluvia: payasos, trapecistas, animales exóticos… … El letrado soltó sin miramientos el pesado cartapacio sobre la mesa y se lanzó a plomo sobre su sillón. Un sudor frío recorría su demacrado rostro, cansado y envejecido. Nunca se había enfrentado a un caso así. La experiencia iba a ser dura. Que hubiera un socavón en la carretera no era nada anormal. Suele haberlos. Pero que un camello del circo se hubiera roto una pata por culpa del dichoso agujero y que hubieran decidido demandar al ayuntamiento, no le hacía ninguna gracia.

     

     
  • EL PARAíSO

    MONTSE PÉREZ MARTÍNEZ · Barcelona 

    Flotaba. Rodeado de un mar silencioso de arena dorada , cubierto de azules indescriptibles , con ella a mi lado, preciosa, bronceada por el generoso sol del desierto, perlas de sudor resbalando hacia su escote de sugerentes dunas y en el horizonte un apetecible oasis prometedor de placer. ¡Oh! Dios al fin había sido justo conmigo tras años encerrado en aquel frio bufete de mala muerte, enterrado bajo montañas de cartapacios, aguantando como jefe al plomo de mi suegro, agotado ya hasta la médula por su abusivo trato. “El Señor descansó el séptimo día… porque no era abogado”,frase de su autoría. —¡Aaaaahhhhh! —grité al caer de mi camello, un socavón en la arena debió hacerle tambalear. —¡Maldita sea, letrado!¡Fuera de mi espalda inmediatamente! —rugía abochornado el Juez, levantando amenazadoramente la maza sobre mi aturdida cabeza. No había sido buena idea doblar la dosis de valeriana aquella mañana.

     

     
  • Muñeca rota

    Jose Maria Bento San Roman · Madrid 

    Era un abogado perfecto. Un marido abnegado. Un ciudadano modélico. Todo en su vida era armonía y felicidad. Su despacho, una referencia del derecho penal. Su esposa, discreta y recatada. Sus hijos, rubios y educados, parecían soldaditos de plomo. Sin embargo, todo cambio el día que apareció Verónica, en su despacho, luciendo caderas con aquel cartapacio bajo el brazo. Días más tarde, las caderas de ambos se movían rítmicamente, empapadas de sudor, en la habitación de un hotel. En unas semanas, Verónica le arrastró hacia un abismo de pasiones. Pero al poco tiempo, Verónica exigió su parte. Quería que se divorciara y se casara con ella. Ser socia del despacho. Pedía demasiado. Llamó a Nicolaikov, su cliente búlgaro, camello y portero de discoteca. "Tengo un problema". A Verónica la encontraron en un socavón al día siguiente, los ojos vidriosos, el cuello partido. Como una muñeca rota.

     
  • El Pupas

    Laura Garrido Barrera · Vitoria-Gasteiz 

    Abrió la puerta del despacho, irrumpiendo con la fuerza de un tornado. Me levanté sobresaltado y él me miró frunciendo el entrecejo, mientras una gota de sudor frío resbalaba por su rostro atormentado. Me ordenó que le escuchara haciendo ademán de llevarse la mano izquierda al bolsillo de su gabán. Creí que llevaba una pistola y obedecí sus órdenes sin rechistar. ¡l era el Pupas, el camello del barrio de Ronda. Tras diez años en la cárcel regresaba para ajustar sus cuentas pendientes. Pedí su permiso para buscar cautelosamente su expediente en mi cartapacio, en realidad, le esperaba desde hacía días. Observé el cadáver hallado en un socavón con dos balas de plomo en su cuerpo y mi defensa alegando que el Pupas, era un hombre con mala suerte, pero no un asesino. Perdí el caso y hoy sé que mañana le defenderán por el asesinato de un abogado.

     
  • INVENCIÓN DE UN RELATO

    Rafa Heredero García · Valladolid 

    A ver, que este parece fácil: “Al abogado su cartapacio le pesaba como el plomo; tenía la cabeza ocupada con la defensa del presunto camello y un sudor frío le recorría...” Así vamos bien. Tengo centrado el tema y colocadas todas las palabras del mes; ahora sólo me queda rellenar, aunque de momento no resulta nada original. Está lleno de tópicos. ¿Cuántos van a imaginar un “cartapacio pesado como el plomo” o recurrir al “sudor frío”, por no hablar de la referencia a los “camellos”? Si al menos fuese capaz de repetir varias veces las palabras que piden... ¡Un momento! ¿Y socavón? ¿Dónde la meto? Ahí tropiezo seguro. Vamos a ver... socavón... socavón... socavón... Nada, que no se me ocurre. Bueno, pues lo intentamos de nuevo: “Un abogado bañado en sudor recorría en camello el camino lleno de socavones, sujetando su cartapacio, mientras un sol de justicia caía a plomo...”

     
  • EL ABOGADO AL QUE NO LE GUSTABA EL SALMÓN

    Francisco José Rubio Consuegra · Valencia 

    '-Yo pediré un “cartapacio” de salmón con angulas. -El caballero se referirá al carpaccio de salmón rehogué. -Me refiero a lo que he dicho, un “cartapacio” de salmón. Tú limítate a traerlo sin tropezar por el camino, ¿estamos? Mi primer "c

     
  • Donde las dan las toman

    Mª Teresa Ganformina Rus 

    "Nadie podía detenerlo. Aquel camello gigante se paseaba por la ciudad dejando como huella un socavón tras de otro. Llevaba en su joroba una delicada y preciosa doncella inconsciente por el pánico vivido. El sudor de la impotencia se reflejaba en los rostros desencajados de los francotiradores que, desesperados, contemplaban como sus balas y las que escupían los cazas militares resultaban inútiles. Ni todo el plomo del mundo podría parar al monstruo..." De repente sonó el teléfono, cerró el cartapacio y cogió el auricular, era su abogado. Tras terminar la conversación lo abrió de nuevo para continuar: "... solo un letrado de extremada prudencia y escasa valentía lo mató, sacó de su mano una demanda y amenazándolo con presentarla en el juzgado por plagio a King Kong acabó con él. Agradecida la chica le besó y fueron felices hasta que otro abogado los separó".