Muñeca rota

Jose Maria Bento San Roman · Madrid 

Era un abogado perfecto. Un marido abnegado. Un ciudadano modélico. Todo en su vida era armonía y felicidad. Su despacho, una referencia del derecho penal. Su esposa, discreta y recatada. Sus hijos, rubios y educados, parecían soldaditos de plomo. Sin embargo, todo cambio el día que apareció Verónica, en su despacho, luciendo caderas con aquel cartapacio bajo el brazo. Días más tarde, las caderas de ambos se movían rítmicamente, empapadas de sudor, en la habitación de un hotel. En unas semanas, Verónica le arrastró hacia un abismo de pasiones. Pero al poco tiempo, Verónica exigió su parte. Quería que se divorciara y se casara con ella. Ser socia del despacho. Pedía demasiado. Llamó a Nicolaikov, su cliente búlgaro, camello y portero de discoteca. «Tengo un problema». A Verónica la encontraron en un socavón al día siguiente, los ojos vidriosos, el cuello partido. Como una muñeca rota.

 

 

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