VI Concurso de Microrrelatos sobre abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

POR LA BOCA MUERE EL PEZ

MONICA CRISTOBAL ALVAREZ · Madrid 

Vuelves de un día agotador, tras un juicio complicado por la mañana, charla del decano a medio día, varios clientes por la tarde, y cuando se cierran las puertas del ascensor que te llevarán al hogar, al descanso, al silencio, lo último que deseas es que aquel cachivache se pare entre dos pisos y no funcione ni siquiera, el botón de la alarma. Me acordé entonces, de cómo me había venido arriba en la última Junta de Propietarios:” soy abogada y les animo a no pagar la deuda del mantenimiento, y si amenazan con poner un candado, lo romperemos señores, la ley está de nuestro lado…” ¡Cómo me miraba el empalagoso presidente!, cómo tomaba nota y cumplía a pies juntillas mis recomendaciones… En qué momento, pensaba ahora encerrada allí, sin alarma, sin cobertura, amaneciendo, en qué momento, aprenderé a colgar la toga, cada vez que salga de mi despacho.

 

Relatos seleccionados

  • La dignidad del fantasma

    Alejandro Espiago Orús · Zaragoza 

    La primera vez que alguien acudía al palacio de Justicia ya le advertían sobre el fantasma. Nadie sabía qué hacía allí, pero tan extraña como su presencia era la naturalidad con la que funcionarios, abogados y clientes acabaron asumiendo aquel fenómeno inexplicable. Aquella alma que penaba por desconocidas deudas terrenales se transformó en una costumbre. Lejos de inspirar temor, su lento vagar por salas y pasillos atraía las simpatías de todos. Se celebraban sus interrupciones, que animaban las vistas más soporíferas, aunque hay que decir que llegó a resultar empalagoso oír hablar del espectro como si de una divertida mascota se tratara. Todo cambió el día en el que se descubrió un baúl entre los cachivaches del almacén del edificio. Cuando finalmente cedió el candado, apareció el esqueleto de un antiguo juez decano cuyo agrio carácter aún se recordaba. Entonces volvió el miedo y el fantasma recuperó su prestigio.

     
  • BONDAD

    Manuel Anxo Darriba Blanco · Lugo 

    El decano del Colegio es un tipo demasiado empalagoso. Me presento: colegiado 322. Amo la abogacía e incluso a veces amo a mi decano. El hombre me debe 200 euros por haberle ayudado a trasladar un cachivache. Que sea tan zalamero conmigo indica, probablemente, que no piensa pagarme. Da igual. Diría que en aquella ocasión atendí al principio de auxilio; que no afecta, hasta donde sé, a los casos de mudanza. Pero la mirada del decano era tan implorante, sobre todo cuando cerraba el candado de la puerta, que me sentí obligado a colaborar. Al fin y al cabo, somos vecinos. Y él se estaba mudando con mi ex mujer. Antes que buen abogado, espero ser buena persona. Les deseo que sean muy felices. Aunque no llegue a cobrar esa deuda.

     
  • PUEDO

    Carlos Asorey Brey · Madrid 

    Puedo conseguirlo. Estoy preparado. Tengo ganas, fuerza, conocimiento. Estudié cinco años de Derecho y he ejercido en el Turno de Oficio. Es poca experiencia, pero suficiente. Nunca he defendido un caso de desahucio. Tampoco me asusta: además del derecho, me asiste la razón. La maldita crisis. Hipoteca, boda, los estudios de los hijos… La pagan los ciudadanos honrados, para beneficiar a los que la han creado. Lo he intentado todo. He hablado mil veces con el empalagoso director del banco, he ofrecido la dación en pago… Y nada. La deuda sigue creciendo. A veces me entran ganas de agarrar una pistola, pero ni sé cómo se usa ese cachivache. Mis únicas armas son un candado y el consejo del Decano del Colegio: ley y justicia. No sé qué pasará. Sólo sé que mañana, cuando vengan a desahuciarme, no voy a permitir que esos miserables entren en mi casa.

     
  • ABUELO Y MAESTRO

    Eva María CARDONA GUASCH · Ibiza 

    Tengo fama de abogado audaz. Defiendo sin tregua ni concesiones los intereses de mis clientes. Soy decano de los letrados de mi ciudad. Al menos, tengo edad para serlo. Por primera vez siento inquietud. Mi nieta continuará los pasos que su padre no quiso seguir. Ella ha estudiado aquí y en el extranjero, en español y en inglés; con libros y computadoras; una carrera y dos másters. Dudo. Temo no estar a la altura de abuelo ni de maestro. ¿Qué le podré aportar? Para empezar, he de hacerle sitio en el despacho. Se impone limpieza de papeles y cachivaches que vanamente he guardado bajo candado. Desempolvo objetos que clientes de otro tiempo me brindaron en pago de alguna deuda. Algunos me resultan trastos tan empalagosos como inútiles. Suspiro, sonrío. Caigo en la cuenta de lo primero que debo enseñar a mi nieta: a cobrar.

     
  • POCA GENTE ENTIENDE

    Alicia Pardal Mesa 

    Hoy reencontré mi roja beca universitaria. Ese cachivache me evocó los recuerdos más profundos de aquella tarde ante el decano de la Universidad, quien nos dio el más conmovedor y empalagoso discurso sobre el futuro, a veces difícil, que nos esperaba al comienzo del ejercicio profesional. Somos confidentes, psicólogos, asesores, negociadores¡€™Hacer justicia es nuestra causa pero no está en nuestra mano, algo que, quizás, poca gente entiende. Ni dictaminamos, ni resolvemos, aun así, no lograr la justicia personal o las soluciones que cada cliente anhela conlleva el reproche y el enjuiciamiento profesional. Nuestra tarea es ayudar, para ello tenemos las bases del conocimiento jurídico, pero necesitamos abrir el candado de nuestra imaginación y dejarla volar en cada defensa. Establecer las bases de la justicia es deuda del sistema y no del abogado, pagar contra éste las posibles carencias del proceso sería como matar al mensajero por traer malas noticias.

     
  • La balanza

    Iñigo de Lojendio Pérez-Yarza · Madrid 

    Eran, sin duda, aquellos recuerdos los que sumían al anciano decano de la Facultad de Derecho en un estado de empalagosa melancolía. Añoraba los lejanos días de sus primeros juicios, los nervios de aquella inseguridad juvenil. Su meditada y firme decisión de dejar de ejercer, los quebraderos de cabeza de las investigaciones, su merecida cátedra en Filosofía del Derecho, y aquellas elecciones que le llevaron a presidir la facultad que tanto amaba. Se levantó el anciano de su silla, clavó su mirada en el candado que protegía el pequeño armario de los extraños, decidido, lo abrió. Escrutó la vieja balanza de bronce como si estuviera en deuda con ella. Estaba en completo equilibrio, emanaba paz. Sabio cachivache, murmuró. Satisfecho y realizado, cedió su puesto a un ilusionado aspirante legándole la balanza de la justicia.

     
  • EL RELOJ

    Gabriel Francisco de Salazar Viñas · Albacete 

    Justino entró en su despacho. Sacó del bolsillo la llave del candado que custodiaba el cajón de su mesa. Extrajo el reloj de bolsillo que se había encontrado cuando aprobó las oposiciones a juez. Le daba cuerda sin mirarlo el día anterior al juicio y nada más dictar sentencia comprobaba: si marcaba más de las doce, culpable y si marcaba menos, inocente. No se lo explicaba, pero era así. Nunca había fallado. Hoy le tocaba el turno a Benigno, el empalagoso decano de la Facultad, acusado del impago de una deuda: “Culpable”. Satisfecho extrajo su reloj, lo miró y para su sorpresa comprobó que marcaba las 11,30h. Salió de la sala dejando ese cachivache en la papelera y con una expresión de tristeza presentó ese mismo día su dimisión irrevocable. A las 20,00h Paquita, la limpiadora, exclamó: —Vaya, ¿quién habrá tirado este reloj? ¡Ni siquiera le adelantaron ayer la hora!

     
  • El paso del tiempo

    Miguel Villegas Berdejo · Sevilla 

    Era lunes y demasiado temprano. La adusta sede del colegio de abogados que presidió como decano durante tantos años estaba desierta por lo que aprovechó para deambular en solitario por sus pasillos y estancias rememorando, melancólico, lo que en ellos había vivido. Al entrar a su despacho le impregnó el empalagoso vaho que desprendían las flores que se marchitaban en el cachivache de Lladró con el que en la cena de despedida del viernes le habían homenajeado sus compañeros de Junta en reconocimiento de la insondable deuda acumulada por su generosa dedicación a la Corporación y sus integrantes. Liberó de su cierre al pequeño candado que aseguraba las contraventanas de madera, abrió de par en par el ventanal y dejó que el aire fresco de la mañana depurase la estancia del hediondo aroma y se llevará con él la nostalgia por el paso de su tiempo.

     
  • MI SECRETARIA

    MARIA JOSE CARPIO LOZANO · Paracuellos de Jarama (Madrid) 

    Siempre ha sido una mujer bastante eficaz en su trabajo. Su testarudez, nunca ha sido óbice para el desempeño de las diversas tareas de esta casa en la que ha servido a tres generaciones de abogados. Guarda con escrupuloso celo cada secreto confiado por mis clientes en la sala de espera. Mujer vivaz e ilustrada, a más de un decano habría dejado con la boca abierta. La observo recogiendo los cachivaches que personalizaron su estancia, a través del reflejo de la puerta del recibidor. Los guarda en una pequeña cajita que cierra con un diminuto candado. Después, dirige su enjuta figura al fondo del pasillo, pasando por última vez su dedo por los empolvados estantes, ajustando milimétricamente las colecciones de jurisprudencia que jalonan el pasillo, dejando al pasar un empalagoso perfume. Tras treinta años de servicio en esta casa, ya ha saldado su deuda con la sociedad.

     
  • Regalito envenenado

    Felipe Alcalá-Santaella Lloréns · Paterna (Valencia) 

    Era un engorro. Me sentía torpe con él, me molestaba profundamente. No podía dejar de estar pendiente. Me llamaban los clientes a todas horas, y peor aún, me escribían a todas horas. No entendía los botones, ni las apps, ni las funcionalidades. Era el último modelo y “me iba a cambiar la vida”. Me lo había regalado mi ex, nada más y nada menos que el Decano de los Juzgados. Un tipo empalagoso y falso, que se sentía en deuda conmigo de algún modo porque dejarme tirada le cambió la vida. Y una lo admite todo por las apariencias de abogada tranquila y moderna. Pero hay límites. En una guardia interminable no pude más. Cogí el cachivache de los demonios, lo metí en una cajita de metal, con candado, y me fui a l’Albufera a ver amanecer. Un pitillo y la cajita al agua, para siempre.

     
  • DON RODRIGO

    Antía Yáñez Rodríguez · A Coruña 

    Don Rodrigo introduce la llave en el candado del cajón que le queda por vaciar. Las moderneces nunca han sido su fuerte, y ese cachivache oxidado lleva con él casi 40 años. Recuerda las largas noches en vela en ese lugar, solo, mientras preparaba más juicios y pleitos de los que era capaz de abarcar. El bufete tiene con él una deuda que jamás podrá pagar. Ha sido el profesor, guía y, sobre todo, padre de todos los que llegaron después de él. No en vano le llaman “Don Rodrigo el Decano”, aunque la educación jamás fue para él una opción. La jubilación ha llegado y, aunque temía ese día, ahora solamente quiere que pase lo más rápido posible. Una despedida cordial, entre amigos, nada empalagoso. Si no, terminará llorando.

     
  • La última defensa

    Carlos Suárez-Mira Rodríguez · A Coruña 

    Palacio de justicia. 7:45 horas del lunes. En el ascensor yacía inerte el cuerpo de un jurista bueno y de un buen jurista. Era el decano del colegio de abogados. La última persona que le vio con vida fue un oficial del Juzgado a las 15.15 horas del viernes, cuando se metió en aquel cachivache que apenas nadie utilizaba debido a los sustos que daba de vez en cuando. A la espera de ser rescatado, el viejo abogado utilizó la pequeña estancia a modo de despacho y preparó la defensa de un pequeño ratero que había roto el candado de la flamante moto de un empalagoso ejecutivo para darse una vuelta. Concluido el trabajo, la espera fue en vano. Nadie pudo oír sus gritos pidiendo ayuda. Un triste destino y una deuda impagable con quien había dedicado su vida a ayudar a los demás.

     
  • Una deuda con el decano y su mujer

    Lucía Oteros Lama · Cabra (Córdoba) 

    Todo el mundo tiene una imagen equivocada del decano de la Facultad de Derecho de la capital. A primera vista, puede parecer alguien demasiado serio como para esbozar una sonrisa en su rostro. Quizás parezca frío y calculador, un auténtico robot que almacena bajo candado en su mente todas las leyes habidas y por haber. Pero yo os puedo contar algo muy diferente: Es capaz de hacerte llorar de la risa con alguno de sus típicos chistes malos. Es muy inteligente e ingenioso, capaz de arreglar cualquier cachivache que se rompa. Una vez incluso me preparó un empalagoso pastel de cumpleaños, a pesar de no haber cocinado nunca antes. Además, siempre tiene los consejos idóneos para cada problema. Puedo contaros algo más: tengo una deuda con este buen hombre y con la mujer que lo acompaña desde hace décadas. Les debo la vida, pues son mis queridísimos padres.

     
  • MENÚ DEL DÍA

    ESTEBAN TORRES SAGRA · Úbeda (Jaén) 

    Ingredientes: Unos sesenta kilos de carne joven, sin macerar todavía, con alguna deuda de conocimiento y la voluntad firme de pagarla. Una pizca de descaro. Tres cucharadas con colmo del cachivache donde germinan los sueños y un vasito de ese licor empalagoso que llamamos vocación. Preparación: Abrir el candado de la utopía y añadir tres rebanadas abundantes antes del primer hervor. En olla aparte cuézase la toga de un decano y resérvese para el final. Sazonar al gusto con unas rodajas de pasión y una generosa cantidad de oratoria condensada. Si se puede conseguir sería bueno el maridaje con alguna beca pública para aligerar la digestión. Póngase cuatro años a cocer lentamente en una buena Facultad de Derecho hasta que esté a punto de grado. Escanciar el caldo de toga por encima como bautismo profesional y ya puede tomarse con moderación al primer síntoma de injusticia.

     
  • Deuda saldada

    Alejandra Rusell Giráldez · Tui (Pontevedra) 

    El decano de mi facultad era un botarate consumado, un tipo empalagoso que hablaba arrastrando las primeras sílabas. Nadie le tenía el más mínimo respeto, siendo el menda, cabecilla de alguna rebelión. Cabe destacar, el encierro en el archivo, bajo candado, durante más horas de las aceptables. Tras su liberación, mirándome a los ojos_ de un azul gélido que cortaba el aliento_ me juró hasta en arameo que se vengaría. Las malas lenguas aseguraban que tal acritud de carácter se debía al fracaso que sentía por no haber aprobado las oposiciones a juez. Se paseaba por la facultad en un cachivache verde descolorido. Estos pensamientos me asaltan, una década después, mientras observo pasmado, a las puertas de un” casoplón”, cómo mi futuro suegro, me recibe tras unas gafas que esconden unos ojillos gélidos, archiconocidos. -Pase Gutiérrez, no se quede en la puerta, ha llegado el momento.

     
  • LOS DE ATOCHA

    FRANCISCO JAVIER LOPEZ MARTIN · MADRID 

    El salón estaba abarrotado de abogados. En pocas ocasiones se habían autoconvocado de forma tan unánime. No eran tiempos de redes sociales, ni cachivaches electrónicos capaces de convocar en una plaza a miles de personas de forma instantánea. Pero siempre en Madrid, incluso en aquellos tiempos de candado y silencio, han existido maneras de difundir rumores, noticias, convocatorias.
    El humo del tabaco lo inundaba todo y tal vez por ello, en las escasas imágenes existentes, el decano parece intervenir difuminado en la neblina. Sin embargo su voz no suena empalagosa cuando asume toda la responsabilidad de que los féretros de los compañeros fallecidos en el atentado sean velados en el Colegio de Abogados. Toda la abogacía de España tiene para siempre una deuda de sangre con los de Atocha, debió pensar. Toda España tiene desde hoy una deuda con Pedrol Rius, pensaron cuantos le escuchaban.

     
  • Reencuentro

    Jorge Blanco Casas · Cobeña (Madrid) 

    Allí estaba el decano, empalagoso como un pastel de merengue, desagradable como la deuda que arrastro. No había cambiado, mantenía el aspecto de antaño, cuando exprimía las horas de mi vida en un aula de la facultad. ¡Cuántas noches en vela por su culpa, cuantas frustraciones atribuibles a su causa! Su foto, encabezando la orla, convirtió ésta en un cachivache absurdo, condenado al olvido. Y ahora, ¡Dios!, su cara de nuevo, el juez a cargo del caso, con un destino grabado en su alma: cerrar el candado de la celda que me aguarda.

     
  • La Jubilación

    Elisabeth Rafart Corominas · Girona 

    No podía admitir que mi jubilación como abogado fuera un candado que me cerrara la puerta a la vida intelectual. No podía aceptar ser poco más para la sociedad que un cachivache de 65 años, un ex decano empalagoso que contaba historias de viejo a los nietos. Tenemos una deuda con los jóvenes letrados y por ello, con algunos compañeros jubilados, se creó un nuevo servicio a disposición de los letrados, “el practicum sénior”, en el que los “cachivaches” ejercíamos de tutores a lo largo de un año de todos los letrados noveles, con disponibilidad telefónica las 24 horas del día, por si la guardia en comisaria creaba sudores o miedos. ¡Y no nos va del todo mal, los letrados noveles suben al estrado con seguridad, acompañados por nosotros, y a los abogados jubilados no nos pena el alma!.

     
  • Deuda no satisfecha

    Agustín López-Boado Rey · Madrid 

    Todas las semanas acudo a visitarle a la residencia de ancianos. Viudo y sin hijos, soy la única persona que lo recuerda. Recién finalizados mis estudios de Derecho, me acogió en su despacho, me enseñó a ejercer la Abogacía y me contagió su amor y pasión por ella. Siempre repetimos el mismo ritual. A escondidas, saboreamos una copita de ese vino dulzón y empalagoso que tanto le gusta. Después, toma del armario su vieja caja metálica. Con reiterada solemnidad, abre el candado que preserva sus más íntimas pertenencias: algunos fotos descoloridas, varios cachivaches y la Cruz de San Raimundo de Peñafort. La que le fue otorgada cuando era Decano del Colegio, como reconocimiento a sus intachables cuarenta años de ejercicio profesional. Me la muestra con indisimulado orgullo. Últimamente ya no me reconoce. Pero intuyo que mis visitas alivian su inmensa soledad. Veinte años después sigo en deuda con él …

     
  • Valiente

    José Manuel Soriano Degracia 

    Tras el empalagoso saludo de Doña Nuria, la vecina del segundo, subí las escaleras de dos en dos, abrí la puerta y me senté en el sillón. Miré mi cartera, abrí el candado y volví a leer la carta del decano. El cansancio mordía mis hombros mientras pensaba en la deuda contraída con mi vida. Nunca debí haber escuchado a mi padre. No me siento fuerte para seguir defendiendo causas justas, porque todas son injustas para uno u otro lado hasta que no se demuestre lo contrario. Con mis pies aparté los cachivaches de la mesita y me recosté. Solo cuando cerré los ojos vi todo claro: Cuarenta y dos años, abogado, un intachable currículum y ni siquiera puedo defenderme de mis propias miserias.

     
  • NO HAY CLIENTE PEQUEí‘O

    EVA CORNUDELLA S¡µENZ DE VALLUERCA · Barcelona 

    Me recibió en aquel despacho antiguo y señorial donde el suelo de parqué crujía tan solo con el movimiento de su silla. Su hablar empalagoso y denso como de boca pastosa hacía juego con el olor de la madera vieja y el óleo que presidía la sala. Un retrato de su padre, me dijo, decano de un colegio que no recuerdo. Cuando le pagué la provisión echó mano de una caja metálica con candado como la que utilizábamos de pequeños para guardar el fondo común del colegio y entonces supe que era el abogado ideal para reclamar mi deuda. Alguien que utilizase un cachivache semejante para gestionar sus cuentas daría valor a mi deuda. Alguien para quien no hay, como me dijo, cliente pequeño.

     
  • SE VENDE

    Desirée Paredes Boj · Torrevieja (Alicante) 

    Se acabó. Lo dejo. En el edificio en el que vivo, desde que se enteraron de que soy abogado, me han desbordado “los casos”. Si acudo a las reuniones de la comunidad, la del quinto me interroga sobre cómo desplumar a su ex con el divorcio. Si subo al ascensor con el empalagoso del tercero, la cuestión estriba en cómo librarse de la sanción por el impago de no sé qué deuda. La limpiadora, aconsejada por otra vecina, me ha consultado sobre su herencia. Pero el colmo llega cuando desde el balcón contiguo, asoma la cabeza el chaval del cuarto y me plantea: “¿cómo puedo acabar con el decano de mi facultad y no pisar la cárcel?” Estuve tentado de arrojarle el primer cachivache que encontrara, pero no. Uno ama la profesión más que a su piso y he decidido echar el candado y colgar el cartel de “se vende”.

     
  • Jubilación prematura

    JOSE VICENTE PÉREZ BRIS · Bizkaia 

    En la hora del adiós a la judicatura, preparé un empalagoso discurso de despedida. Lo oyeron en el Tribunal Supremo, como homenaje a mi pequeña contribución en materia legal. El decano del colegio de Abogados, rindió los honores en el acto, hablando sin parar del ingente legado dejado. -Estamos en deuda con usted, Vadillo. Luego, tras la cena y los puros me relajé escuchando a los colegas contar anécdotas jocosas de nuestra carrera en el tribunal. Y llegada la media noche, eché el candado a una gloriosa carrera. Regresaré a casa para terminar los días varado entre el pudding y el oporto, revisando con nostalgia, cuanto cachivache haya almacenado en el piso. Me ayudarán a pasar la jubilación. Tal vez escriba unas memorias, tal vez… -¡Señor Vadillo!- me despertó una voz femenina.-Si hace el favor de pasar, van a empezar las pruebas para el puesto… de pasante.

     
  • No comparece

    Rubén Moreno García · Valdepeñas (Ciudad Real) 

    Esperaba en la puerta del juzgado a que llegara mi abogado. Llegó, bajó de su cachivache blanco y se dirigió hacia mí. En ese momento empecé a sentir una profunda verg¡enza. El abogado que me habían asignado era Marcos, mi primer novio. Ese amor que vive encerrado en tu corazón bajo un candado. No sabía cómo actuar. Pude mentir y decir que todo me va fenomenal: que estoy felizmente casada, que acabé la carrera de Historia y que soy decana de la Facultad; pero mentiría descaradamente. Una decana de Facultad no necesita pedir un abogado de oficio, no tiene deudas con su banco y mucho menos huele a perfume barato y empalagoso como yo. Opté por marcharme. De vuelta a casa me dio por imaginar que el destino lo había puesto de nuevo en mi camino; esta vez para protegerme de las garras de mi marido.

     
  • El primer día

    Alejandra Hernández Balboa · Aguadulce, Almería 

    Se ajustó su corbata frente al espejo, la que le regaló el mismísimo decano de la Facultad de Derecho el día de su graduación, tras pasar tres años como alumno interno de su departamento y como joven y prometedora estrella de la nueva abogacía del país. Era su primer juicio tras otros dos años de pasante, trabajando día y noche entre las torres de papeles y cachivaches de su pequeño cubículo. Con un sabor empalagoso en la boca, huella silenciosa de los whiskys de la noche anterior, decidió cerrar definitivamente y con candado toda aquella etapa ya pasada de esfuerzo, horas extra sin cobrar y trabajos menores. Por fin era dueño de su futuro y de su carrera, tras años pagando deudas (monetarias y en especie) para poder ascender hasta donde estaba: ahora por fin todos iban a ver el abogado que era en realidad.

     
  • Vendetta

    Ana María Gallardo Calleja · Málaga 

    Su petición había vuelto a ser desestimada, pero esta vez no esperaría otro rechazo, iba a actuar y para cuando el Decano se diera cuenta sería demasiado tarde. Con una agilidad felina se coló en su despacho. El interior estaba revuelto, papeles y libros se amontonaban por la mesa y muebles. Guiándose por la luz de la luna que entraba por la ventana se dirigió al escritorio, abrió el primer cajón. Nada. Probó suerte con el segundo. Tampoco, solo había cachivaches aparentemente inservibles. Tanteó el lugar.¡Allí estaba! Accionó la palanca y saco una caja. Casi se le escapa un grito de júbilo, tan solo estaba cerrada con un candado de latón que pudo abrir fácilmente. Mentalmente se recordó que estaba en deuda con su hermano por haberle enseñado a abrirlos. La cerradura hizo un “clic” al accionarse y, ¡premio! Los empalagosos caramelos de su abuelo al fin eran suyos.

     
  • El librero sirio

    Laura Rossell Fernández · Barcelona 

    Esa mañana el decano se miró al espejo y se vio arrugado y ojeroso, sintió una punzada en su ego que combatió con excusas: “es el estrés de la facultad y el dormir poco”. Rápidamente ingirió tres vasos de zumo de arándanos, té verde y uva, sin duda empalagoso, pero pensó en su máxima: “por no envejecer cualquier cosa”. De repente, se estremeció: “¿Ya he de pagar mi deuda?” Corrió a un cachivache adquirido en un viaje a Siria y reciclado en caja fuerte, lo abrió con un reluciente candado y, tembloroso, leyó el papel firmado el uno de octubre de 1989 en aquel mismo viaje: “No existe abogado para hacerte ganar el juicio contra el paso del tiempo, únicamente yo, y a cambio, ya sabes, tu alma. En veinticinco años”. Su último pensamiento fue que nunca debería haberse interesado por esa edición árabe del Fausto de Goethe. Demasiado tarde.

     
  • Mi decano

    Antonio Balaguer Paredes · Orihuela (Alicante) 

    Tengo una deuda moral con mi decano, quien tanto me ayudó y aguantó en mis primeros años de ejercicio. Siempre que puedo le reiteró mi admiración, aunque él, con su célebre genio me acusa de zalamero y empalagoso. Pero no importa, estoy orgulloso de haber roto su candado emocional y ganarme su amistad. Por eso, tras nuestra última batalla legal me permití reprenderle irónicamente que confundiera a un testigo usando la expresión cachivache para referirse a la vasija con la que mi cliente agredió al suyo. Ya es hora de modernizar el lenguaje, exclamé con sorna. No seas cachivache, respondió él con más sorna aún. La verdad nunca pasa de moda, matizó después. Lo reconozco, no entendí nada. Forcé mi sonrisa más complaciente y me despedí. Al llegar a casa, el diccionario me abrió los ojos. Uso coloquial de cachivache: Hombre ridículo, embustero e inútil. Una lección más.

     
  • A VIVIR LA VIDA

    MANUEL MACHARGO FERNANDEZ · Madrid 

    Estudié la carrera de Derecho, después de mayor, casado y con dos hijos, cuando obtuve la licenciatura, con treinta y seis años, y sin apenas hacer pasantía, porque las necesidades económicas me acuciaban, monté mi primer despacho, y me lancé al apasionante mundo del ejercicio libre de la profesión, me especialicé en el empalagoso mundo de las herencias, donde conocí anécdotas curiosas y algunas muy graciosas, pero en la mayoría de los casos, retorcidas, en las que cualquier cachivache era objeto de discusión y hasta enfados y riñas entre hermanos. Me hubiese gustado llegar a ser decano, pero lejos de ello, lo único que he conseguido es estar en deuda con mi familia, en especial con mis hijos, a los que no dediqué el tiempo que se merecían, así que hoy echo el candado al bufete, y ¡qué carajo!, a disfrutar de los nietos y a vivir la vida.

     
  • MONUMENTO AL ABOGADO DESCONOCIDO

    Aique Rodríguez López · Oviedo 

    El viejo abogado colgó por última vez la toga. En su dilatada trayectoria no destacó por hacer ningún aporte novedoso a la justicia, ni por obtener un empalagoso “honoris causa” de alguna universidad extranjera. Pero fue un abogado superior a la media. La mayoría de los clientes se sintieron encantados de haberle conocido. No recibió ningún premio, tampoco lo buscó. Ni siquiera tuvo el reconocimiento del decano…ni un cachivache de lata. No supo hacer ruido ni llamar la atención. No supo hacerse notar. No supo abrirse paso a codazos y zancadillas. Él ocupó espacios que otros abandonaron. Trabajó en silencio y no tuvo deudas con la dignidad. Rechazó los atajos fáciles para “reconducir” sus ideales. Nunca abrió el candado. Aguantó el peso de la honestidad, incluso en noches insomnes. Cuando cerró la puerta de su despacho sintió el dolor de la lucidez, sonrió con tranquilidad y pensó: “Mereció la pena”.

     
  • El baúl de los clientes

    Emma Reverter Barrachina · Barcelona 

    A Pablo le gustaba quedarse a solas con el abuelo en la biblioteca y abrir un viejo baúl que durante décadas permaneció cerrado. “Vas a estornudar, aquí solo encontrarás polvo, polillas y algún cachivache”, le decía el abuelo. En el baúl guardaba regalos de clientes que no habían podido saldar su deuda con dinero: estampillas, un anillo de plata, un jarrón de vidrio, una postal de las Islas Canarias, un bolígrafo de plástico, un bodegón, un candado oxidado y un jarro de miel vacío que a pesar de los años transcurridos todavía estaba empalagoso. Para Pablo el abuelo no era el decano del Colegio de Abogados de Madrid sino el propietario de un valioso tesoro escondido en un cofre pirata.