Deuda no satisfecha

Agustín López-Boado Rey · Madrid 

Todas las semanas acudo a visitarle a la residencia de ancianos. Viudo y sin hijos, soy la única persona que lo recuerda. Recién finalizados mis estudios de Derecho, me acogió en su despacho, me enseñó a ejercer la Abogacía y me contagió su amor y pasión por ella. Siempre repetimos el mismo ritual. A escondidas, saboreamos una copita de ese vino dulzón y empalagoso que tanto le gusta. Después, toma del armario su vieja caja metálica. Con reiterada solemnidad, abre el candado que preserva sus más íntimas pertenencias: algunos fotos descoloridas, varios cachivaches y la Cruz de San Raimundo de Peñafort. La que le fue otorgada cuando era Decano del Colegio, como reconocimiento a sus intachables cuarenta años de ejercicio profesional. Me la muestra con indisimulado orgullo. Últimamente ya no me reconoce. Pero intuyo que mis visitas alivian su inmensa soledad. Veinte años después sigo en deuda con él …

 

 

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