IV Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Abogado Collarín

Miguel Ángel Gayo Sánchez · Sevilla 

En principio me pareció una triquiñuela sin importancia: salí del coche simulando un fuerte dolor en las cervicales después de aquel minúsculo alcance por detrás. La ciudad era un laberinto de coches y yo como abogado había tramitado muchas de estas indemnizaciones. Las compañías preferían un arreglo a un veredicto judicial. Pero me colocaron el collarín y empecé a ver el mundo desde la posición de erguido. Yo, que siempre fui un timorato en los estrados, que vivía la vida como en un sueño, empecé a recrearme en mis alegatos, a pasearme altivo por la sala, a mirar de frente a su señoría. Han pasado los años y sigo con el collarín. Gano juicios, replico, apelo, me he vuelto correoso. La arqueología lo explica mejor que yo: en un yacimiento demostraron que cuando el ser humano levantó la cabeza y miró de frente al mundo, las bestias circundantes recularon.

 

Relatos seleccionados

  • Un letrado llamado Teseo

    Nuria Rubio González · Madrid 

    La imagen de Ariadna latía en la mente del joven letrado cuando entró en la sala. El adversario era fuerte; un abogado hábil en el arte de atrapar con todo tipo de triquiñuelas a quien osaba enfrentarse a él. Su fama era mítica; se decía que los juzgados albergaban un yacimiento de togas sacrificadas entre sus voraces fauces dialécticas. Empleando las palabras justas, Teseo logró lo que parecía un sueño imposible: herirle de muerte. Poco a poco, fue tirando del hilo de un brillante alegato hasta salir victorioso del laberinto en el que tantos otros quedaron en su día encerrados. Con el veredicto a su favor, corrió al encuentro de Ariadna. Ella le esperaba entre las páginas de un antiguo libro de Mitología donde la temible figura del Minotauro había comenzado a desvanecerse.

     
  • Usted está muerto

    Rodrigo Martín Fenoy · San Rafael (Mendoza) Argentina 

    '-Mire doctor -le dijo tras 15 minutos de intentar explicar su caso-, la cosa es que dicen que estoy muerto. Ricardo Salvaggio, abogado, entendió que su nuevo cliente era un “muerto viviente” de la burocracia, un error en el yacimiento estatal de otro

     
  • El mundo utópico de su señoría

    Mayte Castro Alonso · Valencia 

    Mi vida era un laberinto de confusiones. Por el día luchaba contra las triquiñuelas de los letrados que trataban de convencerme para que mis sentencias les favorecieran. Tenía fama de ser duro y frío, pero sobre todo, justo. Por la noche, incomprensiblemente, los sueños me arrastraban al yacimiento de las emociones prohibidas. Me convertía en el protagonista de los casos perdidos. Era el asesino, el violador, el ladrón. Mi agonía solo desaparecía con la crueldad del despertador. ¿Estoy loco? Le pregunté al psiquiatra. Al mirarme, sentí lo que era estar postrado en un banquillo esperando el veredicto. Con la frialdad de un verdugo, me condenó a la toma de somníferos durante dos años. Desde entonces, cada día, cuando contemplo a los acusados, me siento dolidamente frustrado por no tener una receta mágica que los saque de sus malos sueños. ¿Por qué no es todo más fácil?

     

     
  • La última decisión

    María López de Garayo de la Cruz · Pozuelo de Alarcón (Madrid) 

    Se despertó precipitadamente, con la respiración entrecortada y empapado en sudor. En el sueño, más bien una pesadilla, se había visto totalmente perdido en aquel laberinto de incertidumbres, triquiñuelas, pruebas manipuladas y falsedades. Todo hacía apuntar a que perdería aquel juicio, y estaba resignado. Su cliente era un minero que, tras quedar atrapado en un yacimiento de carbón durante seis meses, había conseguido salir, pero las secuelas del accidente le habían dejado incapacitado para continuar con su vida cotidiana, y pese a que todo esto le daba la razón, estaba convencido de que el veredicto sería desfavorable. No era fácil que la historia se repitiera. No era probable que David volviera a ganar a Goliat. Y entonces se dio cuenta de que se estaba haciendo mayor y de que debía abandonar la profesión que durante cuarenta años tanto le había divertido y que ahora le impedía dormir tranquilo.

     
  • El sueño del faraón

    Oscar Manuel Niño García · Bilbao 

    El letrado, satisfecho con el veredicto, dejó el dossier sobre la mesa de su despacho. “El dos de agosto, a las diez y catorce, hora local, se desmoronó el yacimiento enclavado al noreste del país. Los cuerpos de los arqueólogos fueron localizados entre los restos del sarcófago. El forense documenta que encontró virutas de oro de la efigie en las uñas de varias de las víctimas. Asimismo, existe la declaración del único superviviente: habla del caos de barro y ceniza que prologó la muerte del guía de la expedición, acaecida cuando descifraba el plano del laberinto a un metro del mausoleo. Queda demostrado que las licencias de excavación fueron aliñadas mediante sobornos y triquiñuelas ministeriales. Por último y sin menoscabo de ulteriores recursos, el museo nacional indemnizará a los herederos del faraón -en el caso de que existieran- por haber roto su sueño eterno”.

     

     
  • Insomnio

    MARÍA ÁNGELES GARCÍA LLORENTE 

    La noche se extendía interminable por el laberinto de la espera, no encontraba triquiñuela aplicable a este yacimiento de tortura para convocar por fin al sueño. El veredicto anhelado ajustaba la noche a la angustia de ese aguardo.

     
  • El cazador

    Mar González Mena 

    Usó la misma triquiñuela de siempre para atraer al oso pero calculó mal y ambos cayeron juntos en la sima. Tras recorrer un extraño laberinto entre nubes, su alma se enfrentó al juicio final. Allí todo el mundo tiene abogado de oficio y el suyo, además de un veredicto favorable, le consiguió poder seguir observando la Tierra hasta que encontraran su cuerpo. Tuvo que esperar un millón de años hasta que la construcción de un ferrocarril descubrió el yacimiento de Atapuerca y la excavación sacó a la luz sus huesos. Ni en sus mejores sueños llegó a ser tan importante. Hasta tiene réplica en un museo. Lo único que no entiende es por qué le llaman Miguelón.

     
  • Mañana será otro día

    Jesús Urbano Sojo · Silla (Valencia) 

    El sueño se repetía cada noche. Tras escuchar el veredicto, por supuesto estando desnudo delante del tribunal, era condenado. Luego despertaba y descubría que aquello ya había sucedido. La cárcel era un lugar donde las pesadillas acechaban en cada esquina, un laberinto para la mente, un yacimiento de malos presentimientos en el que debías mantenerte cuerdo o... morir. Por la mañana, algo de ejercicio en el patio, alguna triquiñuela con algún compañero para conseguir cigarrillos y, después, de vuelta a la celda. Así, un día tras otro, a la espera del juicio. "Esto es un infierno". Solía decirse. "Yo era abogado, ¡¨cómo he llegado hasta aquí?" Y entonces cerraba los ojos.

     
  • Por Derecho

    Cristina Palacios Cobos 

    Cuando llegó al yacimiento, descubrió que no estaba solo. A su alrededor, decenas de cazafortunas se arremolinaban en torno a lo que él llamaba “sus tierras”. De hecho, había logrado un veredicto a su favor que le atribuía el pleno dominio sobre aquel bendito lugar. Y, con sentencia en mano, había decidido atravesar medio condado, temeroso de que las triquiñuelas de los más espabilados le impidiesen ejercer su derecho. Sin embargo, la noticia se extendió como la pólvora y, antes de que hubiese podido cumplir con su sueño dorado, un ejército de hombres rudos y sin escrúpulos le bloqueó el acceso a su propiedad. Ante él, unos conductos simulaban un laberinto resplandeciente de riqueza y oro. Y cuenta la leyenda que el buen hombre, lejos de rendirse, luchó hasta la muerte sosteniendo un papel que decía que él era, por ley, el hombre más rico del mundo.

     

     
  • El soporífero vals de los bostezos

    Luis Javier Córdoba Herrera 

    El abogado, en su alegato, dejó fluir de su boca palabras y silencios sin ley ni orden ni concierto. Su oscura estratagema se basaba en entretejer un hipnótico laberinto espiral de ideas que nos adormeciera en un baile de bostezos. Y con astutas triquiñuelas le fue enredando más letras, hasta que nuestros párpados comenzaron a cerrarse atraídos como imanes. En nuestras mentes ya sólo sonaban ecos lejanos de aquel trabalenguas puesto del través, trasteado letra por letra, atravesado del revés, cuando el juez, trastabillado, exhala su veredicto en un bostezo. Y entonces, un, dos, tres,… ¡boom!, golpea su martillo, y aquellos que yacían en la sala, como huesos en yacimientos, despiertan con parsimonia del sueño. Nadie se levanta. No hay murmullos en la sala. Se hace un profundo silencio. Acaba de liberarme de todos los cargos y mi abogado, también conocido como Maestro Hypnos, permanece inmóvil con rostro serio.

     

     
  • El arqueólogo

    Carlos ALberto Green · Caracas (Venezuela) 

    En la superficie el calor era intolerable, sin embargo, al descender por aquél laberinto, que con suerte lo llevaría al más grande de los yacimientos arqueológicos jamás visto, la temperatura se tornaba asfixiante. Sus músculos saltaban de la excitación que le provocaba el posible hallazgo, al pánico de ser acusado de profanador de tumbas. La ropa empapada del sudor, que se hacía más y más profuso, la falta de aire, la oscuridad, solo invadida por aquella linterna, comenzó a minar sus fuerzas. No estaba seguro si estaba avanzando o regresando, se sentía sumergido en un profundo sueño y por más que intentaba concentrarse, su mente hacía todo tipo de triquiñuelas para mantenerlo en aquel limbo. El bastón de goma golpeó los barrotes y lo arrancó de aquellas profundidades oscuras y húmedas, para anunciarle la visita del abogado, con quién intentarían apelar aquel veredicto.

     
  • Laberintos

    Aloysius Pentecost Omega · Barcelona 

    Las razones de la compañía para exculparse del desastre, achacándolo a la negligencia de los propios mineros, no son más que triquiñuelas desleales. En realidad, fue el laberinto de aquélla mina lo que desencaminó sus pasos. Temblaron los muros de las galerías, se vieron forzados a vagar sin luz, hacia el fondo de los túneles, hasta quedarse sin el recuerdo del aire, rendidos sobre las vetas de oro, acurrucados. Ahora, desde el hueco oscuro que forman tus brazos, escucho la respiración ahogada de esos expedientes sobre mi mesa, los ventiladores inmóviles del juzgado, los portones cerrados. En tu regazo intento descansar, sueño esperando el veredicto, sueño contigo, pero también con aquellos banqueros de Gold & Co. que señalaban su yacimiento sobre un mapa deslumbrados con los cuerpos de las jóvenes viudas. Y, sobre todo, desde aquí dentro, sueño con picos y barrenos con los que demoler todas esas sociedades anónimas.

     
  • Turno de oficio

    Miguel Ángel Blas López · Guadalajara 

    “El descubrimiento de una extraña puerta en el yacimiento de Novera sorprende a los investigadores” rezaba el titular de aquella mañana. No pasó mucho tiempo hasta que comprendí lo que ocultaba. En la Audiencia Nacional, los pasillos se extendían como un laberinto y en mi despacho, una única nota sobre el escritorio con el nombre del acusado. No lo podía creer, cuando era estudiante llegué a pensar que era él quien había redactado algunas leyes. Incluso llegué a pensar que era él quien había inventado a los abogados. Tenía delante el caso más difícil de mi carrera, de la historia del derecho, ¡un sueño hecho realidad! Quizá ésta fuese una de sus triquiñuelas. Si conseguía que el veredicto fuera favorable, el mundo jamás volvería a ser el mismo. No pude rechazarlo. Era demasiado tentador pasar a la historia como el abogado del Diablo.

     

     
  • Iluminación

    Rafael José Nivisela Dávila · Quito (Ecuador) 

    No se me ocurre nada. No sé qué escribir. Ni sueño tengo, como para decir que voy a dormir y desenredar el laberinto que tengo en mi cabeza. ¿Cómo quieren que les hable de abogados, sino los trago; de las cortes o de los bonetes de los jueces, si me caen gordos; de los veredictos, caducidad, careo, abjurar, dejación, reconvención y toda esa vaina que no sé ni cómo se pronuncia? ¡Además! si todos dicen que lo primero que se aprende es la triquiñuela, es decir, en castizo: “por debajo de la mesa”. Y para aprender aquello como que voy con la pandilla. Pero, sigo aquí, contemplando los libracos de Rubén Saul Stiglitz que mi padre revisa a diario y sin la menor idea en el yacimiento de mi mente que me ayude a escribir el ensayo que me permita ingresar a la Facultad de Jurisprudencia.

     

     
  • El juego de Smith&Wells

    Rocío Stevenson Muñoz 

    Creyó que se trataba de una broma. Al principio. Que era una triquiñuela concebida por la cáustica mente de su entrevistador para ponerlo a prueba. Por eso aceptó cuando le dijeron que, si hallaba el corazón del laberinto, lo contratarían en el prestigioso bufete de Smith & Wells. Es mi sueño, repuso él. Haré cuanto sea necesario. Siguió pensando que era una inocentada hasta que lo subieron al helicóptero para abandonarlo en un sendero de arena jalonado por paredes de hiedra. Entonces comenzó a inquietarse. Corrió sin rumbo fijo durante horas y, cuando la penumbra devoró los últimos filamentos de luz, continuó caminando a ciegas. Así, sin percatarse, cruzó la línea invisible que separaba la linde del camino del hondo precipicio donde se amontonaban los candidatos fallidos: un verdadero yacimiento de huesos. En el bufete se detuvieron las apuestas. Había un veredicto. Definitivamente el tipo no tenía madera de abogado.

     
  • Menú del día

    Valentina Luque Manzano · Estepa (Sevilla) 

    De primer plato tenemos sueño de abogado y pensamientos felices. Es un plato que ayuda a no perder el juicio. De segundo plato, yacimiento de pasiones en el tribunal y caso perdido. Este plato está aderezado con un poco de canela, para quitarle el sabor de la derrota. Como entremés, triquiñuelas sin ningún efecto en el juez porque se las sabe todas. Este plato solo se sirve a letrados con una experiencia de al menos dos años. Y de postre el veredicto final. Que a veces sabe bien y a veces sabe mal. Según de que parte nos encontremos. Se trata de una tarta con forma de laberinto, todo un regalo de nuestro chef.

     
  • últimas voluntades

    Rosa Molina López · Tres Cantos (Madrid) 

    Yo, que odio viajar, debo entregar las últimas voluntades de mi cliente, un bromista empedernido recién fallecido, a su mejor amigo. Voy en autobús, en plena canícula, ahogado en el charco del asiento, sin poder conciliar el sueño, agitado por laberintos de curvas y cerros montuosos. A veces este trabajo te condena por no sé qué suerte de veredictos o triquiñuelas inmerecidas. Llego de madrugada, estiro mi esqueleto, despego mis zapatos del asfalto. ¡Cómo añoro mi bufete! Pregunto y entro, derretido, en un patio que parece un yacimiento romano, donde un hombre esculpe. Saludo, agarro el botijo y, sin jerga ni rodeos jurídicos, le entrego el sobre. Sus movimientos provocan mi lástima, pero se vuelve, me mira con picardía y lee: “te lego el placer de ver a mi abogado viajar a los confines del desierto. Lo conseguí. ¡Gané la apuesta!” Y escucho, impasible, su carcajada.

     

     
  • Contra natura

    Miguel Martínez Bordonado · Elche (Alicante) 

    —Veredicto: ¡Pena de muerte! — Mañana todo habrá acabado, gárrulos. — Exclamó aquel abogado de rostro pálido. Se convocó una asamblea. Los hombres de mi tribu se colocaron sus tocados de guerra. De repente, se escucharon unos rugidos. Unos monstruos metálicos con iluminación propia en los ojos irrumpieron en nuestro poblado. Arremetían contra todos los árboles, llevándose por delante todo cuanto encontraban a su paso, dejando al descubierto nuestro yacimiento de oro. Los guerreros de mi tribu lanzaban sin descanso alguno un constante flujo de flechas y piedras contra aquellos armazones indestructibles. La resistencia fue fútil. Las secuoyas ardían. No pude hacer nada, era entonces un niño. Mi cabeza era un laberinto de ponzoña sin salida. Los espíritus del viento se encargaron de borrar todo vestigio en cuestión de segundos. ¡Oportuna triquiñuela del destino! —Togados, ¿y el habeas corpus de los árboles...? —¿Sus derechos...? ¡Un sueño...!

     

     
  • Amores des-medidos

    Raquel Lozano Calleja · Palencia 

    El laberinto que dibujaron sus manos al ayudarle a ponerse la toga le hizo sentir un brinco adolescente en su corazón, una triquiñuela en su pecho, que ansiaba salir desbocado. El yacimiento de jade que albergaban sus ojos, la suavidad de sus manos al retirarle el pelo por encima de aquel manto azabache, le hicieron sentir que surcaba un dulce sueño. Cerró los ojos para sentirse mecida por su voz, sintió que sus labios se acercaban trémulos a su boca y un pellizco se le alojó en su estómago cuando el le inquirió: - Díme cómo te gusta. Abrío los ojos y el acerico en su muñeca y la cinta métrica sobre su cuello le devolvió a su oficio como un jarro de agua fría. Su veredicto fue escueto: - Que me tire menos de la sisa, por favor.

     
  • Labor específica

    Montse Aguilera Vives · Barcelona 

    ?Todo lo que puedo decir en mi defensa es que el hijo de la víctima usó una triquiñuela para no tener que renunciar a su sueño y alejarse de aquel yacimiento de recuerdos al fondo del laberinto. Nuestro acuerdo fue, desde un principio, que yo mantendría el polvo a raya y el mecanismo en funcionamiento. En ningún momento se me dijo que entrase en la lista de mis tareas hacerme cargo también de la limpieza de recuerdos dolorosos, antiguas humillaciones y tristezas varias. No desconozco la ley, Señoría. Me consta que el artículo ciento noventa y siete estipula que constituye una obligación filial la limpieza de cualquier tipo de emociones derivadas de acontecimientos ocurridos desde la infancia a la madurez. No hay omisión de responsabilidad, pues, por mi parte, ya que se trataba de una labor que corría a cargo del demandante. Le pido de nuevo que reconsidere su veredicto.

     
  • Psicoanálisis

    María Teresa Ganfornina Rus · Jaén 

    He fallado en todos mis razonamientos, ni siquiera me han valido las triquiñuelas aprehendidas a lo largo de mi existencia. El Juez mira hacia otro lado ¡¡¡parece mentira que no lo haya visto!!! ¿Para qué sirvió tanto trabajo si ni siquiera me escucha? Intuyo un veredicto contrario a mis intereses pero persisto en la defensa consensuada con el resto de mis compañeros. Me encuentro atrapado en un laberinto absurdo que me arrastra a la derrota. Hemos perdido. Ahora estoy buscando el yacimiento, la fuente de donde emana la justicia, pero no encuentro la solución. Ya, ya … ¿y qué ocurre? -me dice mi psiaquiatra. Me sobresalto, me despierto –le contesto. Hace años que –continuo explicándole- tengo el mismo sueño. ¿Es usted abogado, verdad? – me vuelve a interrogar. ¡No, por Dios, tan grave es!. Asustado abandono la consulta y me voy corriendo al estadio de fútbol para seguir entrenando con los compañeros.

     

     
  • Argentina

    Juan Rodríguez-Ovejero Sánchez- Arévalo · Oviedo 

    Parecíase a Cleopatra. Yacía redundante en yacimiento color de ébano y olor sulfhídrico. Habíase embriagado su vergüenza en aquesa triquiñuela, a la postre embelesada entre llamas desgarbadas de erotismo. Hallábase cabalgando con tal atrevimiento su patria lisonjera, ora sobre Eros, ora sobre Thanatos, que presto habría de oír su veredicto. Pues sepa vuesa merced que con tal fin un servidor no habrá de querellarse, sino para recitar un verso impuro: «Argentina, laberinto sufrido de sueños y pasiones encontradas».

     

     
  • Conciencia oscura

    Paola Andrea Rocca Targarona · Estepona, Málaga 

    Era diabólico. "Culpable", repetía su veredicto una y otra vez, como si fuese un muñeco a pilas. Mi amigo Luis lo había encontrado en el interior de un laberinto, en el último yacimiento en el que había estado trabajando. Era curioso verlo, tan pequeñito, tan elegante, tan...instruido. Comenzó ayudándome a preparar los juicios, pero pronto empezó a enredarme con sus triquiñuelas. Acabó acusándome de falsedad documental. Intenté alejarlo de mí, imaginar que es solo un sueño, pero siempre vuelve, con su pequeña corbata y su pequeño cartapacio. Se sube ágil a mi hombro y me susurra al oído la palabra con la que sabe que me atormenta: "Culpable".

     
  • Sueño

    Marta Trutxuelo García · Andoain (Gipuzkoa) 

    Llego a la sala de audiencias. No sé cómo empezar mi argumentación. Mis ideas, en lugar de transitar ordenadamente por el pasillo de mi mente, corren desesperadas por el laberinto de mis dudas. ¡Qué pesadilla! No hay triquiñuela que valga, la respuesta está en el estrato más hondo del yacimiento de mi sabiduría. Sigo mudo. El juez emite su veredicto. Un golpe de martillo. Despierto. Ha sido un sueño. Llego a la sala de audiencias. No sé cómo empezar mi argumentación. Mis ideas, en lugar de transitar ordenadamente por el pasillo de mi mente, corren desesperadas por el laberinto de mis dudas. ¡Qué pesadilla! No hay triquiñuela que valga, la respuesta está en el estrato más hondo del yacimiento de mi sabiduría. Sigo mudo. El juez emite su veredicto. Un golpe de martillo. Despierto. Ha sido un sueño. Llego a la sala de audiencias...

     
  • El veredicto

    Sagrario Loinaz Huarte · Aranjuez (Madrid) 

    —Señoría, yo no entiendo de leyes, pero no me vengan con la triquiñuela de que no puedo construir el estanque para mis peces. —Continúe. —Horas pasé cavando entre laberintos de raíces enormes y pequeñas en el huerto de mi casa, al lado de las lechugas. Al mediodía, mi señora esposa que lleva conmigo 52 años, me trajo una paletilla de cordero al horno y las gafas, sepa usted que no veo un burro de cerca. Me comí el cordero, allí mismo, tirando los huesos al hoyo. Me dio sueño y eché una cabezada en la hamaca, bajo la sombra del nogal. Al despertarme, unos perros callejeros mordisqueaban los restos del cordero en el hoyo. Llamé a los municipales, por si tuvieran rabia, y ahora me acusan de destruir un yacimiento de fósiles de dinosaurios. —Se aplaza el juicio hasta tener un veredicto. Se levanta la sesión, toc, toc.

     

     
  • Cuando el sueño se desmorona

    Esther González Rada · San Sebastián 

    Conocí al “triquiñuelas” en la universidad, él estudiaba literatura, yo derecho. Tenía una especial habilidad para los juegos malabares, hacía brotar billetes de entre los pechos de su hermosa Mariana. Hace meses lo pillaron agujereando una pared. Ahora está encarcelado, acusado de intento de robo mediante un butrón casero. En el laberinto de tabiques y puertas falsas acabó en una comisaría. Anteayer le visité para preparar su defensa. El veredicto puede ser de hasta dos años por tentativa frustrada. Ya no valen trucos, aunque todavía ironice sobre “aquel lindo sueño convertido en un yacimiento impredecible”. Me dejó la llave para que diera una vuelta por su casa. Estuve ayer, sigue llamándose Mariana pero ahora pesa cien quilos. Diezmada por la esclerosis yace en un sillón duplicado, junto al retrete. El “triquiñuelas” en estado puro, pensé; yacimiento: concentración grande de materiales. No sé cómo, pero debo sacarlo, su sueño lo necesita.

     

     
  • El juego de la toga

    Juan Carlos Colás Ruiz de Azagra 

    Me ajusté la toga, lancé los dados y cruce los dedos. Comenzaba el juego. Mi primera tirada fue mala y me llevó directamente a oficial incompetente y la consiguiente pérdida de un tiempo precioso. El contrario tampoco andaba muy fino y dos tiradas consecutivas le llevaban de forma irremediable a triquiñuela legal, cargada de excepciones dilatorias, e insaculación de perito. Todo ello le iba a suponer un retraso muy difícil de recuperar. Debía adelantarle. ¡Bien! de yacimiento a yacimiento y tiro porque no miento. Un yacimiento de astutos testigos me daba ventaja en la parte final del juego. Si en mis siguientes tiradas conseguía esquivar el laberinto de recursos, sería el primero en llegar a veredicto favorable y mi sueño se vería cumplido.

     
  • Enajenación verbal

    Carlos Calvé Gómez 

    “… y estaba yo, su majestuosa señoría, sacando a mi perro, más contento que unas triquiñuelas, cuando recibí la noticia, por una llamada de mi señora, del yacimiento de nuestro decimotercer hijo. Entonces se me vinieron al cerebelo aquellas sabias palabras de Veredicto XVI sobre eso de que la familia es lo primero y no me lo pensé dos veces: le dije a mi perro que se volviese a casa y me metí en el metro. Era la primera vez que entraba, sabe usted, y aquello me pareció un laberinto, me entraron los calores, y los agobios, y me saqué de los nervios, y ya veía yo que no iba a llegar… Y es por eso que tuve que robar el coche, señoría, no porque yo sea malo ni ná.” El juez se quedó pensativo, y tras una pausa, frunciendo el sueño, llegó a la conclusión… ¡Enajenación verbal!

     

     
  • Juez y parte

    Olga Fajardo · Barcelona 

    Era todavía un chaval cuando acudí al abuelo Marcelo en busca de guía existencial, me quitaba el sueño no saber qué quería ser de mayor. Más que un pozo, el abuelo era un yacimiento de sabiduría; sacó su pluma y, sin mediar palabra, empezó a dibujar mi genograma en una servilleta. Pasaron las horas, él seguía añadiendo más y más retales de mi vida en forma de papel, hasta que exclamé: “Ya entendí, abuelo, ya entendí”. Mirando la mesa, habitada por mis ancestros, reconocí el laberinto de cruces de las dualidades de mi cartografía emocional. El abuelo acababa de desenredar las triquiñuelas de mi alma. Y así, sin palabras, sentí el veredicto como un clamor dentro de mí: Andrés, serás abogado. Y así fue, no me va mal.