Cuando el sueño se desmorona

Esther González Rada · San Sebastián 

Conocí al “triquiñuelas” en la universidad, él estudiaba literatura, yo derecho. Tenía una especial habilidad para los juegos malabares, hacía brotar billetes de entre los pechos de su hermosa Mariana. Hace meses lo pillaron agujereando una pared. Ahora está encarcelado, acusado de intento de robo mediante un butrón casero. En el laberinto de tabiques y puertas falsas acabó en una comisaría. Anteayer le visité para preparar su defensa. El veredicto puede ser de hasta dos años por tentativa frustrada. Ya no valen trucos, aunque todavía ironice sobre “aquel lindo sueño convertido en un yacimiento impredecible”. Me dejó la llave para que diera una vuelta por su casa. Estuve ayer, sigue llamándose Mariana pero ahora pesa cien quilos. Diezmada por la esclerosis yace en un sillón duplicado, junto al retrete. El “triquiñuelas” en estado puro, pensé; yacimiento: concentración grande de materiales. No sé cómo, pero debo sacarlo, su sueño lo necesita.

 

 

 

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