últimas voluntades

Rosa Molina López · Tres Cantos (Madrid) 

Yo, que odio viajar, debo entregar las últimas voluntades de mi cliente, un bromista empedernido recién fallecido, a su mejor amigo. Voy en autobús, en plena canícula, ahogado en el charco del asiento, sin poder conciliar el sueño, agitado por laberintos de curvas y cerros montuosos. A veces este trabajo te condena por no sé qué suerte de veredictos o triquiñuelas inmerecidas. Llego de madrugada, estiro mi esqueleto, despego mis zapatos del asfalto. ¡Cómo añoro mi bufete! Pregunto y entro, derretido, en un patio que parece un yacimiento romano, donde un hombre esculpe. Saludo, agarro el botijo y, sin jerga ni rodeos jurídicos, le entrego el sobre. Sus movimientos provocan mi lástima, pero se vuelve, me mira con picardía y lee: “te lego el placer de ver a mi abogado viajar a los confines del desierto. Lo conseguí. ¡Gané la apuesta!” Y escucho, impasible, su carcajada.

 

 

 

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