El cazador

Mar González Mena 

Usó la misma triquiñuela de siempre para atraer al oso pero calculó mal y ambos cayeron juntos en la sima. Tras recorrer un extraño laberinto entre nubes, su alma se enfrentó al juicio final. Allí todo el mundo tiene abogado de oficio y el suyo, además de un veredicto favorable, le consiguió poder seguir observando la Tierra hasta que encontraran su cuerpo. Tuvo que esperar un millón de años hasta que la construcción de un ferrocarril descubrió el yacimiento de Atapuerca y la excavación sacó a la luz sus huesos. Ni en sus mejores sueños llegó a ser tan importante. Hasta tiene réplica en un museo. Lo único que no entiende es por qué le llaman Miguelón.

 

 

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