IV Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Buena jugada

Ferran Varela Navarro · Barcelona 

Ignacio Astorga, exitoso empresario y ávido jugador de ajedrez, había fallecido. Las excentricidades que le caracterizaban le convirtieron en mi peor rival en el tablero. Podríamos decir que su estrategia era poco ortodoxa. En una ocasión acudió a una partida con una chancla colgando de cada oreja para desconcertarme. En otra, gritó “¡Feliz cumpleaños!” tan fuerte que del susto tiré las fichas del tablero. No era mi cumpleaños. La última vez lanzó un petardo bajo la mesa antes de que yo realizase un movimiento crucial. Desde entonces jugábamos por carta. Y ahora se me presentaban un abogado y un notario diciendo que me había nombrado heredero, siempre y cuando moviese mi caballo a D-7 en nuestra partida inacabada. ¡Qué rastrero! Mi título de campeón no tiene precio. Lo moví a E-6. Entonces el notario me entregó una nota. Decía “Ni herencia, ni partida. Torre a D-3. Jaque mate”.

 

Relatos seleccionados

  • ¡xito

    Ruth Machín Pérez · Vigo 

    Era un caluroso día de julio, todos ansiaban verle, dominaba la sala con su lenguaje, con su gestualidad, su mirada era templada y su sonrisa acerada, destilaba seguridad, era un tiburón y se regocijaba cuando los ojos de su rival así lo desvelaban. Fue la herencia que le dejo su padre, le obsequiaba con frases como; -campeón, para tener éxito, hay que parecer exitoso- Cada cumpleaños le regalaba un sombrero y unos zapatos, decía q un buen abogado debía serlo de los pies a la cabeza. Se oyeron crujir las puertas de la sala de vistas, algún carraspeo y el girar de varias cabezas que enfocaron una mirada atónita. Miró hacia el suelo; sintió como un petardo estallaba en su cabeza; ¡llevaba chanclas! Había llegado su momento, su puesta en escena, lo mejor que sabia hacer, pero sólo consiguió balbucear. Nunca entendió como algo tan nimio había eclipsado su grandeza.

     
  • Fuegos artificiales

    Francia Carolina Esteves Marín · Almería 

    Por fin había llegado junio. El principio del fin de su camino. El momento de decidir ser juez o abogado; Campeón de la Justicia o de los intereses particulares Dedicarse a cuidar supra partes, dejando Sentencias como herencia a completos desconocidos. ¿O se atrevería a enamorarse de los vericuetos de la Ley desde dentro? Jugaria en un tablero donde nada era blanco o negro. Aquel verano su cumpleaños traería 23 añitos. Demasiado joven para decidir sobre la vida de otros ¡Si no podía decidir sobre la suya! Fue entonces, justo a las 12 de aquella noche de San Juan, entre hogueras y petardos, cuando la respuesta cayó del cielo, en forma de fuegos artificiales. Había perdido una chancla en la playa pero había visto la luz. La futura abogada volvió a casa descalza, sonriendo ante un futuro un poco menos incierto.

     

     
  • LA ESPERA

    José Rafael Peña Hernández · Valdemoro (Madrid) 

    Eran muchas las veces que se había despertado en ese lugar maloliente, oscuro, desamparador, que dejaba una herencia de la hospitalidad que allí había. Necesitaba ser el campeón de la lucha que vendría a continuación. Se levantaba, se tumbaba, gritaba. Nadie le oía. ¿Era una pesadilla o era realidad? Pensaba en la persona que le daría luz, esperanza, color a su vida. Le había salvado tantas veces que anhelaba que ya estuviera allí. Era su cumpleaños y no podría venir. Escuchó ruidos raros. Como un petardo, chillidos, alboroto y miró por la rendija de la puerta. Una chancla golpeó contra la chapa. Se tumbó. Intentó no pensar en lo que allí sucedía pero hasta que todo se calmó y se escuchó el ruido ensordecedor del hierro golpeando con dureza no se tranquilizó. Y al fin le llamaron, y esposado, esperando vio venir al abogado que le sacaría de todo eso.

     

     
  • ¡Arriba, campeón!

    Rocío Reina Alcalde · Madrid 

    Esta vez lo conseguiría. Mientras repasaba por última vez lo que había escrito dejé la mirada perdida y asaltó mi memoria el recuerdo de mi abuelo en mi sexto cumpleaños y aquel desesperado grito: “¡arriba campeón!”. Unos segundos antes un petardo estallaba bajo mi chancla... Mientras fui niño, mi abuelo empeñó su vida en mostrarme las ventajas que tenía mi cojera. Como buen abogado alentaba mi predisposición a la justicia. Mi pie “especial” caminaría exactamente los mismos quilómetros que el otro, y como tal era igual de valioso. Interrumpiéndole pregunté: “si es especial, ¿no tiene más valor?”. Sonrió y me dijo: “serás un buen juez”. Satisfecho, entregué mi examen y me alejé del aula. Ser juez era la herencia que me había dejado mi abuelo. Nunca llegó a ser juez, pero me enseñó a ser justo; tampoco fue nunca cojo, pero a mis seis años, me enseñó a caminar.

     
  • La lotería divina

    Manuel Moreno Bellosillo · Madrid 

    Por razones personales soy partidario de la legítima, institución hereditaria con vocación de equidad y justicia. Sin embargo, no aplica sobre la herencia genética, lotería de genes crucial, impredecible y muchas veces cruel. Mi hermano mellizo y yo, excepto nuestro cumpleaños, no compartimos nada: él es alto y yo bajo, él delgado y yo gordo, él rubio y yo calvo, él un campeón y yo un petardo… él es feliz y yo no; digamos que si el mundo fuera una zapatería él sería un zapato inglés Crockett & Jones y yo una chancla. Pedí al abogado Hellpop que impugnara mi herencia ante el Tribunal Divino, alegando que era desgraciado y culpando a mis progenitores de traerme desnudo y desarmado a un mundo frío y hostil. El Juez Supremo resolvió: «Recibiste la vida para vivirla y la has malgastado siendo envidioso, mezquino y desdichado; ahora voy a quitártela». Y caí fulminado.

     

     
  • Baile anual

    Mikel Pérez Aboitiz · Berlín - Alemania 

    Celebraron la fiesta por todo lo alto, entre cócteles, serpentinas y farolillos de colores. Presidía Estébanez hijo desde una tumbona, sumergiendo el bigotillo en un daiquiri. Francesco Montini y su orquestina tocaban junto al trampolín y los becarios movían sus bañadores al ritmo del Come Prima. Un petardo resonó alegré anunciando el saludo del provecto don Estébanez padre. Montini le entregó el micro bajo los redobles del batería reclamando la atención de la plantilla. El anciano, cercano a su nonagésimo cumpleaños, recordó nostálgico sus tiempos de campeón del agarrao, mientras con soltura de bailarín —herencia de sus años mozos— se calzaba una chancla sobre el escenario. Deseó suerte a los participantes y lanzando a su hijo una mirada cargada de sobreentendidos a través del aire clorado de la piscina, prometió jocoso legar sus bienes a la pareja ganadora. Quedaba inaugurado el concurso anual de baile del bufete.

     

     
  • Cinco palabras

    Mercedes Sáenz Blasco · Mérida (Badajoz) 

    A veces me pregunto quién será el abogado que elige estas palabras tan ridículas. E intento imaginármelo en las situaciones que le inspiran. Ahora mismo me parece estar viéndolo en el cumpleaños de su cuñado -un petardo campeón en contar chistes malos-. Lo aguanta estoicamente porque sabe que mañana, en cuanto despache el juicio por un lío de herencia, saldrá pitando a calzarse el bañador y las chanclas. Un fin de semana en Benidorm, esa será su recompensa. Va aprendiendo. Antes, cuando elegía palabras como jurisprudencia o cartapacio, sólo le premiaban con más trabajo.

     
  • Vocación visceral

    María Domínguez de Paz · Valladolid 

    Cuando el calendario marcaba en rojo el cumpleaños del tío, mamá nos endomingaba, nos ahogaba en colonia y nos llevaba de la mano casi a tirones hasta la puerta de su casa. Una vez allí, nos conminaba a ser adorables -bajo pena de privación de chocolate por un mes-, nos atusaba de nuevo nerviosa mientras mascullaba no sé qué de la herencia, y forzaba la más amplia de sus sonrisas. Al entrar soltaba con remilgo su sempiterno “¡Queridísimo tío, pero si estás hecho un campeón…!”, cuando en realidad le fastidiaba encontrarlo aún tan lozano. A mí me dolía esa farsa, así que un día le conté al tío que mamá le llamaba “petardo millonario” y “rey de las chanclas”, pero que yo me enfadaba y lo defendía ante ella, porque me parecía injusto. Él me dijo sonriendo que con esa manera de pensar de mayor sería abogado. Por supuesto, heredamos.

     

     
  • Cosas de casa

    Alejandro Riera Rufete · Redován (Alicante) 

    ¿Te acuerdas cuando mamá nos daba con la chancla cuándo nos portábamos mal? Sí, recuerdo que a la vecina le tiraste un petardo desde el balcón y mamá casi nos mata, a ti por tirarlo y a mí por encubrirte. ¡Qué buenos momentos! Y qué paciencia, ¿recuerdas cuando celebramos aquél cumpleaños que te regalaron la bicicleta y corrías por el pasillo? Claro que me acuerdo, me creía el campeón del Tour de Francia, ¡la de jarrones que habré roto! Jajaja eras una buena fiera... dios, ¿por qué tiene que estar tu abogado delante cuando hablamos de estas cosas? Se me hace incómodo. Tiene que estar conmigo, cualquier cosa que se diga acerca de la herencia de mamá tiene que anotarla. ¿Seguro que quieres hacer esto? No quiero, pero me has obligado. En ese caso, nos veremos en el juzgado, hasta la vista, hermano. Hasta la vista... hermano.

     

     
  • Digesto indigesto

    Ceferino Gómez Delgado · El Puerto de Santa María 

    Aquella mañana, como era habitual, abandoné la barrera de coral en busca de un bocado que llevarme a las fauces. Un gran oleaje, seguido de intensos olores y ruidos dispararon mis aletas natatorias rumbo al lugar en cuestión. Un festín gastronómico nadaba frenético frente a mí, una dentellada aquí, otra allá, un caleidoscopio de sangre y burbujas me llevaron al paroxismo depredador. Ahíto, me dispuse a reposar tan pantagruélica ingesta, pero al rato, un petardo estalló en mis tripas y comencé a regurgitar una chancla, un cuaderno particional de una herencia, un convenio regulador de un divorcio de un famoso campeón, un maletin de cuero, regalo del último cumpleaños, dos propuestas de quiebras, un código, un auto de procesamiento, etc. Tan mal me sentí, que juré por Neptuno, que jamás volvería a acudir al naufragio de un crucero de abogados.

     
  • Vacío

    Rubén Gozalo Ledesma · Salamanca 

    Se pone la chancla izquierda, luego la derecha y baja a la sala de estar. —¡Feliz cumpleaños campeón, ya te compensaré! —le dice su padre instantes antes de irse. Es un petardo. Un mentiroso. Se lo prometió. No obstante, siempre le surge algo: un conflicto conyugal, un pleito laboral o un problema por una herencia. Se pasa las veinticuatro horas entre el bufete y el juzgado. David debería estar feliz. Tiene todo lo que podría desear: ropa nueva, un móvil de última generación, un sinfín de juguetes y una piscina muy grande en la que se baña en verano. Aun así no sabe por qué, pero siente un enorme vacío que ni siquiera el abrazo de su madre consigue llenar. Después se quita el pañuelo de la cabeza, se acaricia la calva y se pregunta cuándo podrá ser un chico normal y volver al colegio.

     

     
  • Campeón

    Belén Sáenz Montero · Madrid 

    Hoy es mi cumpleaños y ya por fin voy a poder disponer de la herencia de mi mami querida. El abogado de la familia ha llegado tarde y me he pasado un buen rato esperándole frente a la chimenea, recostado en un cojín. Qué aburrimiento. Es un auténtico petardo todo esto de los trámites legales, pero Sebastián -que es mi ayuda de cámara- me ha estado explicando que así debe ser. Pasamos al despacho, me da el pésame y, una vez leído el testamento, me dice: –Campeón. Campeón, ven aquí. Intenta acariciarme la cabeza con mano indecisa y yo le acepto la confianza. Al fin y al cabo no soy más que un perro. Multimillonario, eso sí, pero un perro. Así que me acerco más y le dejo junto a los pies una chancla baboseada a ver si con un poco de suerte me la quiere lanzar.

     

     
  • Lo más importante

    Elena Bretos Palomera · Huesca 

    Hoy es mi cumpleaños. Recuerdo cuando me llamabas campeón y lo celebrábamos en el jardín con tarta, velas, globos y petardos. Lo pasabas mejor que nadie. Fuera de los domingos, era el único día del año en que estabas en casa antes de las diez. Ahora no me recuerdas. Te paseas en chanclas por el pasillo, con tu corbata y tu toga. Sorteas con soltura las sillas de ruedas y los andadores, mientras agitas los papeles que llevas en la mano y le comentas a quien te escuche esa demanda de juicio ordinario o aquel desahucio que no se acaba nunca. Es lo único que queda de ti. El resto de tu vida se ha diluido en tu mente. Me acerco a darte un beso pero apartas la cara, sin dejar de disertar sobre el asunto de esa herencia que se está alargando más de la cuenta.

     
  • Una herencia explosiva

    Carmen Viejo Ibarra · Guadalajara 

    Toda la herencia que le dejó su padre al morir fue una estatura de 1 metro y 30 centímetros y unas chanclas roídas. Al soplar las velas en sus cumpleaños, el único deseo que pedía era ser un poco más alto. El milagro llegó el día que ganó su primer caso como abogado, de golpe creció un palmo. Así, su altura y su seguridad iban aumentando a la par; a la vez que ganaba juicios, sus huesos se alargaban. Era capaz de todo. Crecía y crecía. Se sentía un ser superior, un campeón de los que hacen historia. Hasta que un día, mientras intentaba intimidar a la parte contraria minutos antes de una Audiencia Previa, explotó. Saltó por los aires como un estruendoso petardo. Todos los presentes en la sala se miraron y dijeron al unísono – “ambición desmesurada y soberbia excesiva con la agravante de abuso de superioridad”

     

     
  • Sweet revenge

    Ignacio Rubio Arese · Moralzarzal (Madrid) 

    En su sexto cumpleaños, le regalaron el libro “Teo va al Tribunal Constitucional”. Él hubiese preferido “La herencia de la momia asesina”, pero sus progenitores no vacilaron con tal de fraguarle un buen futuro. En navidades, junto al abeto y las chanclas de Papa Noel, no le aguardaba el soñado juego de experimentos –¡ni siquiera unos miserables petardos para tirar en el parque!–. En su lugar, una caja con rótulo sospechoso: “Kit del pequeño jurista”, rezaba. Incluía una toga, un birrete y una edición infantil del Código Napoleónico. Desilusión tras desilusión fue gestándose la historia de Gerardito Gurméndez, el campeón más insólito, condenado por un implacable destino. Entró en el libro de los Records Guinness con la dudosa mención del abogado que había perdido todos los juicios en los que participó durante cuarenta años de profesión. Esa era su venganza.

     

     
  • Testamentos

    Kebi Jiménez Rodríguez · San Sebastián-Donostia 

    Basilio era el campeón de los litigios testamentales: tenía semejante pericia resolviendo trifulcas entre herederos que era capaz de convencer al más ponderado de los jueces de que finalmente la parte contraria debería conformarse con las chanclas de goma que la tía fallecida recibió en su quincuagésimo cumpleaños. Pero cuando le llegó la hora de litigar por la herencia de su propio padre se topó con la horma de su zapato (o de su chancla): el juez del caso era el hijastro de aquella viuda petarda que consiguió una suculenta porción de la herencia para disgusto de los hijos naturales del marido difunto. Dos años atrás, cuando la defendió, Basilio se ufanó de su éxito, uno más en su fulgurante carrera. Hoy, según entra en la sala, sabe que sus argumentos valdrán de poco al cruzarse su mirada con la del juez, que esboza una sonrisa maliciosa.

     
  • ESPEJOS Y ESPEJISMOS

    Angel SILVELO GABRIEL · Madrid 

    Leyó la nota que le habían dejado esta mañana junto a su cama: es tu cumpleaños decía. Estaba como noqueado, y sólo se le ocurrió sostener la fotografía que iba junto a la nota lo más fuerte que pudo. Vagamente recordó que el que sostenía la copa como campeón de mus era él. Le dio la vuelta y leyó: promoción del cincuenta y dos. Imaginó ese día, pero sólo pudo recordar petardos y chanclas (espejos). Tocó la tecla blanca del piano… y luego la negra, y con ello, ahuyentó a la tormenta del olvido. Cuando era pequeño le apasionaban los juegos de magia. El que más le gustaba era el de la chistera de doble fondo. Esa era su herencia familiar, un conejo bajo la chistera que luego trasladó a su batalla diaria de togas negras y puñetas blancas mezcladas con legajos, recursos y pleitos (espejismos).

     

     
  • Cosas que pasan

    Carmen Bouzas González · Ourense 

    Al abrir la puerta de la habitación, lo sorprendió en pijama y chanclas, petardo en la mano, a modo de espada, dando estocadas al aire. Como escudo, un plato de porcelana, herencia de su abuela materna. A lomos de su escoba-rocín, que respondía al nombre de Leguleyo, clamaba defender a la desvalida doncella Justicia del malvado caballero Malhechor, y que saldría campeón de tal fiero combate. Sigilosamente, cerró la puerta, y, meneando la cabeza en sentido reprobatorio, dijo para sí: “no volveré a echar brandy en su tarta de cumpleaños”…

     

     
  • De las sucesiones

    Francisco García Alhambra · Madrid 

    Todos los años el día de su cumpleaños se proyectaba la vieja grabación donde el abuelo ganaba la carrera de natación en la universidad de Valencia. Luego se veían las imágenes de la entrega de la copa de campeón en el campus, celebrada con algún que otro petardo, momento en que toda la familia unida aplaudía mientras él sentado en su sillón se emocionaba. Este año era diferente, el ya no estaba, se proyectaron las imágenes pero nadie les hizo caso, se habían reunido para tratar el tema de la herencia y llevaban a sus abogados. Ya no estaban tan unidos, se negoció acaloradamente el reparto de cada bien, casas, coches, caballos, joyas, acciones,y aunque parezca extraño un par de chanclas viejas quedaron repartidas en dos lotes diferentes una chancla en cada uno. Tal era el aprecio por el abuelo.

     
  • La fiesta de cumpleaños

    Carlos Brage Tuñón · Madrid 

    Por ahí venía el campeón. El hijo de papá al que nunca se le había dicho la verdad sobre nada, ni siquiera acerca de su verdadero padre. Ese petardo de tío recibió como herencia el poderoso despacho del que creía era su progenitor, tras su repentino fallecimiento. Con ese andar cansino, parecía haber nacido para ser modelo de chanclas, una especie de adalid de la fatiga. Y como cada año, ahí estábamos sus "mejores amigos" invitados a su fiesta de cumpleaños, esperando de pie, alzando nuestras copas, recibiéndole con una cómplice sonrisa. Nuestros pensamientos parecían saltar de cabeza en cabeza como lo hacen los piojos en una guardería infantil. Ya junto a nosotros, comenzó su discurso: “Mi padre solía decir: Fácil es ser bueno, difícil es ser justo...”. Supimos entonces que nada cambiaría en el bufete. Y como cada año, brindamos por ello.

     

     
  • Un abogado excelente

    Cristina Niubó Morales · Hospitalet de Llobregat (Barcelona) 

    Celebrando el cumpleaños del abogado Rupérez, llegó el momento de ofrecer la tarta. El letrado se emocionó al descubrir la palabra “campeón” decorando su pastel. Creyó que con esa contundente dedicatoria, sus colegas reconocían su triunfo laboral; la pasión por el Derecho, resultado de su herencia familiar, daba como fruto la excelencia. Y Rupérez, emocionado, improvisó un vehemente discurso de agradecimiento. Pero nadie le confesó que aquella no era su tarta, sino una de sustitución. El repartidor de la pastelería, era un incompetente, un verdadero petardo que al tropezar con sus chanclas en la entrega, había caído sobre el pastel original, aplastándolo y colapsando la circulación de la Gran Vía. Para subsanar el desaguisado, el pastelero sólo disponía de una tarta con Pitufos y otra para el socio de una peña futbolística. Rupérez jamás entendió por qué su pastel representaba un balón de fútbol, pero, pletórico, decidió saborear su triunfo.

     

     
  • VIERNES

    Rafael Borrás Aviñó · San Antonio de Benagéber (Valencia) 

    Sueño. Despertador. Pereza. Pijama. Chanclas. Cocina. Té. Tostadas. Miel. Internet. Prensa. Correo. Agenda. Chándal. Zapatillas. Calle. Coche. Gimnasio. Squash. Compañero. Técnica. Esfuerzo. Sudor. Campeón. Ducha. Toalla en cintura. Peine. Gel de afeitar. Masaje. Piel perfumada. Sonrisa. Coche. Casa. Vestidor. Traje azul. Corbata de seda. Gemelos. Reloj de cadena. Llaves. Calle. Sol. Quiosco. Revista. Bufete. Secretaria. Reunión. Clientes. Herencia. Escrituras. Teléfono. Consultas. Calle. Cafetería. Almuerzo. Ensalada. Agua mineral. Entrecot. Fruta. Despacho. Gestiones. Socios. Ordenador. Informes. Cansancio. Calle. Paseo. Librería. Supermercado. Casa. Descanso. Lectura. Piano. Teléfono. Amigo. Invitación. Fiesta cumpleaños. Vaqueros. Camisa algodón. Chaqueta cachemir. Bulgari. Billetero. Calle. Coche. Barrio. Video-portero. Mujer. Encuentro. Beso. Coche. Carretera. Chalet. Conocidos. Bullicio. Música. Tufillo. Petardo. Huída. Ciudad. Restaurante. Cena. Velas. Charla. Vino. Risas. Miradas. Amor. Cava. Coche. Casa. Charla. Copas. Caricias. Besos. Ternura. Desnudez. Cama. Piel. Deseo. Manos. Habilidad. Despacio. Susurros. Pasión. Gemidos. Cima. Suspiro. Mimos. Silencio. Abrazo. Sueño.

     
  • La iracunda justicia de Orfeo

    Daniel Aznar Alonso · Barcelona 

    Me sentí tremendamente indignado cuando aparecieron aquellos tipos. Estaba yo en mi piscina particular, celebrando con amigos mi cumpleaños, en bañador y chanclas. Así recibí yo una citación para ser juzgado por el Tribunal de La Haya acusado de crímenes contra la humanidad. Mi abogado resultó ser un petardo, ya que no pudo evitar que me detuvieran y extraditaran. Hoy comienza, por fin, el juicio. La acusación reconoce que realmente no hay un delito estipulado para lo mío. Que se irá ampliando el código penal según vaya siendo juzgado, creando así la herencia de la jurisprudencia para futuros crímenes como el mío. Me siento como el campeón de los idiotas. Se procede a la escucha de la prueba incriminatoria número uno. Mi canción “La Barbacoa”, de 1994. Mi nuevo abogado me susurra al oído. - Sr. Dann, si se declara culpable y muestra arrepentimiento, quizá sólo le condenen a muerte.

     

     
  • El primer caso

    Javier Yuste González · Pontevedra 

    El día de su cumpleaños lo juró por lo más sagrado y como un campeón. Que sí, que no miento, lo juró por su herencia. Cada cual jura por lo que más aprecio tiene y él… Todos sabemos cómo es él. Yo no me meto en asuntos ajenos y muchos menos con petardos como él, no soy quién. Pues se caló el birrete hasta las orejas y se enfrentó a la semana a su primer caso, con su propia capa, perdón, toga, brillante y nuevecita (no fuera a ver su discurso molestado por alguna chinche ajena). Defendió a aquel pobre diablo cuando la tinta del título aún no se había secado. Era un día de verano. Dejó a todos con la boca abierta en la sala. Yo entre ellos. Mirad lo bien que lo hizo que, hasta pasada una hora de Vista, ¡nadie se percató de que calzaba chanclas!