Una herencia explosiva

Carmen Viejo Ibarra · Guadalajara 

Toda la herencia que le dejó su padre al morir fue una estatura de 1 metro y 30 centímetros y unas chanclas roídas. Al soplar las velas en sus cumpleaños, el único deseo que pedía era ser un poco más alto. El milagro llegó el día que ganó su primer caso como abogado, de golpe creció un palmo. Así, su altura y su seguridad iban aumentando a la par; a la vez que ganaba juicios, sus huesos se alargaban. Era capaz de todo. Crecía y crecía. Se sentía un ser superior, un campeón de los que hacen historia. Hasta que un día, mientras intentaba intimidar a la parte contraria minutos antes de una Audiencia Previa, explotó. Saltó por los aires como un estruendoso petardo. Todos los presentes en la sala se miraron y dijeron al unísono – “ambición desmesurada y soberbia excesiva con la agravante de abuso de superioridad”

 

 

 

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