VII Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Imagen de perfilRecopilando

Nacho Alcalá 

Con permiso del tribunal, acostumbraba a quedarse en sala acabados los juicios. Entonces volvía a sentarse unos minutos, la mirada perdida, ausente, con sus dedos deformados por la artrosis tamborileando sobre los estrados. Yo esperaba en la puerta, paciente, sin importunarlo, sin acuciarlo, más por aquella atracción inexplicable que sentía hacia él que por su fama de abogado duro, radical, impenetrable. Lo imaginaba repasando su actuación, escrutando los detalles más nimios. ¿Disfrutaría de su sonoro alegato, que acababa en ocasiones con la expulsión de alguien entre el público?; ¿reconsideraría tal vez la defensa del abogado contrario, al que con frecuencia dejaba sin fundamentos para apelar? Un día le pregunté: "Recojo las esquirlas", dijo. La perplejidad en mi rostro suplicaba una explicación: "Y con ellas, joven, a lo largo de mi carrera profesional me he ido forjando una coraza, aunque todavía hay resquicios por donde se cuela la pena".

 

El más votado por la comunidad

Imagen de perfilAnatomía de un magistrado

Marta Trutxuelo García 

Al marcar aquella casilla mi vida daría un giro radical, suponía la expulsión de ese virus que mi familia consideraba la vocación que me hubiera apartado de nuestra estirpe de letrados. Durante la carrera hice análisis de cada pieza del esqueleto formado por el corpus judicial a través del estudio de interminables tratados sobre leyes. Obtuve el título de doctor y comencé a atender las consultas de mis clientes: diseccionaba cada informe, mis argumentaciones eran incisivas como un bisturí, todos los culpables sufrían la amputación de parte de su libertad... Apelar a mis diagnósticos era una operación insalubre para los letrados, tanto como descifrar los escritos de mi puño y letra. Desde que me recibí en la especialidad de juez adjunto, visto una toga blanca en honor a mi extirpada vocación, y en mi juzgado esterilizado, cierro todas mis intervenciones con un sonoro: "Hora de la sentencia...".

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Relatos seleccionados

  • Imagen de perfilCOMODIDAD SIN LIBERTAD

    Eva María Cardona Guasch 

    El móvil, atender llamadas en todo momento, sin necesidad de regresar al despacho a la carrera, supuso un gran avance para mi padre. Convencerle de las ventajas de las nuevas tecnologías no fue fácil pero finalmente dio un giro radical en sus métodos, más acordes con el ejercicio actual de la abogacía. Compró modernos dispositivos electrónicos. Se acostumbró a la agenda virtual y sus avisos sonoros alertando del final del plazo para contestar o apelar. Recibía y enviaba notificaciones a cualquier hora, en cualquier lugar. Comenzó a trabajar en casa, en hoteles. Contestaba correos electrónicos a clientes durante los fines de semana. Incluso durante las vacaciones se mantenía conectado al despacho. Pero un buen día, abandonó. ¿Jubilación?. “No, expulsión de la profesión -sentenció categórico-. Estos artilugios, invadiendo mi espacio y mi tiempo, me han condenado. Me han dominado hasta aniquilar lo que fui: un profesional liberal y libre”.

     
  • Imagen de perfilQuique

    Ascen Buitrago Navarro · Murcia 

    Zeñoría, zeñoría, quiziera apelar…

    - Le he dicho a Uzted, Zeñor Letrado, que no ez posible, y zi continúa con zu inziztencia me veré obligado a pedir zu expulzión…

    Con un sonoro golpetazo el señor juez dictaminó su sentencia.

    Fue radical en el veredicto y los acusados, arrojados a la prisión sin más dilación.

    Esta vez la cárcel era la cesta de la fruta, y los procesados un indio de plástico y un marciano de goma.

    Asomada por el quicio de la puerta y observando a mi hijo Quique de tan solo siete años, reía a la vez que pensaba cómo era posible que un niño tan pequeño dominara los términos jurídicos de semejante manera…

    Su carrera la tenía muy clara, ya solo le faltaban unos cuantos años para corregir su ceceo…

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  • Imagen de perfilA flor de piel

    Calamanda Nevado Cerro 

    Lorena, la jueza radical, así la llaman los medios, no defendía corruptos. Ni fingía por ellos. Rechazaba sus invitaciones a fiestas y comidas. Su sentido del honor elevaba su autoestima y su sonora carrera. Nunca cedió al descanso si debía conseguir la expulsión por corruptela de importantes hombres de negocios.
    Algunos sujetos, con cara de pocos amigos, no destapó quienes, escudándose tras el anonimato la acorralaron públicamente dispuestos a intimidarla. Ella forcejeaba con aquellos metro ochenta mirándolos de arriba abajo como si se tratara de objetos, esgrimiendo sus mejores defensas.
    Ahora se levanta cansada, y tras apelar a las fuerzas divinas, consulta sus tratamientos y su agenda: una montaña rusa de anotaciones. Se cala la peluca hasta las cejas, cierra su chaleco antibalas, se ajusta la pierna ortopédica y pone su moto en marcha. Entra al juzgado entre fogonazos de flashes, y se obliga a atender gratis todos los despidos improcedentes.

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  • Imagen de perfilLucha constante

    Miriam Jiménez · La Rioja 

    A punto de jubilarme y ceder el testigo como abogada de la familia a mi nieta Iria, no puedo evitar recordar el primer asunto al que tuve que hacer frente recién colegiada. Aceptarlo supuso un giro radical en la carrera hacia la meta que meses antes me había marcado al terminar la Universidad y además, tocaba apelar a la responsabilidad común y a la empatía de mis vecinos, cuestión difícil en 1960, para evitar un sonoro revuelo que causara mi expulsión del pueblo por haber puesto voz a una realidad silenciada. Iria, ansiosa, me pregunta si no tuve miedo. Creo que la mejor respuesta la he tenido durante años despertándome con esa dulce cara en mi recuerdo, y es que difícilmente se olvida el agradecimiento de aquella niña por haber puesto fin a su calvario paterno. Así fue como una inocente abogada pasó de idear dormida a ser feliz despierta.

     
  • Imagen de perfilExpulsado a la libertad

    Sara Amez Laiz 

    Había sido el caso más sonoro de mi carrera. Supuso mi despido y expulsión de los sitios más exclusivos de la ciudad. Dejaron de llegarme invitaciones a cenas, conciertos y eventos deportivos. En los cafés se murmuraba que mi vida estaba arruinada, pero nada más lejos de la realidad. Respiré liberado cuando el club de polo revocó mi carnet de miembro honorífico, el miso que me otorgaron sorpresivamente sin contar con mis preferencias deportivas. Tuve que exiliarme a un pequeño despacho improvisado en el salón de mi casa y ejercer como abogado de oficio, un cambio tan radical como placentero. Retomé la agradable pesca dominguera y los paseos en bicicleta. Ahora todos me buscan para halagarme, diez años después se demuestra que mi cliente es inocente y fue injustamente encarcelado. Nunca dejé de apelar y, ahora, los dos somos libres.

     
  • Imagen de perfilLa Fábrica de Aire

    Ion Escribano 

    Recuerdo perfectamente cada uno de los cafés que tuve que servir en aquel antro para costear mis estudios, inversión a largo plazo aunque al parecer a un tipo de interés “algo” variable. ¡Quién iba a decirme que en ese futuro tendría que apelar a la caridad para pagar mis facturas! Me encuentro ante la más encarnizada, radical y exasperada de las contiendas de todo letrado y que no nos explicaron en la carrera: “Antes de nada, quiero informarle que el precio de la consulta por asesorarle…Un sonoro y extraño rugido venido del mismísimo infierno interrumpió mi discurso –“¿ah pero esto se paga?” [Tarjeta Roja, Penalti y Expulsión] Queridos compañeros, para los clientes lo que no se ve ni se toca no se valora y mucho menos parece ser digno de retribución, no son sacos de cemento lo que cargamos diariamente pero si una tremenda y pesada maldición

     
  • Imagen de perfilPredicando en el desierto

    Joanna Walkowicz 

    ¿Por qué será que todas las palabras apuntan al mismo sinsentido de justicia? Ver la vida tras una valla, no vivirla como un disfrute sino como una larga carrera de obstáculos, que termina en el fondo del mar o en la tierra prometida. Llegar a Europa tras un sonoro grito unánime de libertad y darse de bruces de forma radical con la realidad. Ganarse la vida y una expulsión, un billete solo de ida. Buscar aliados entre los abogados, y cuando al fin nos encuentren no quedará ni un solo motivo para apelar, ni una sola ley aparte de las de las exposiciones de motivos de las leyes que nos permita defender a una persona inmigrante irregular en este desierto legal.

     
  • Imagen de perfilMi cliente más importante

    Ilaria Foni 

    Cuando me notificaron que el comité había decidido proceder a la expulsión de su equipo, solo pensé que tenía que encontrar la forma de apelar la resolución. Era de vital importancia que participaran en la última carrera de la temporada: se jugaban el título. Ante una decisión tan radical e injusta actué rápido, revisé todos los reglamentos y planteé mi defensa. Ya han pasado dos días desde entonces y se supone que hoy recibiré la resolución del recurso por correo electrónico. Me sudan las manos, no hago otra cosa que mirar el móvil, pongo el aviso sonoro al máximo y espero. Por fin, me llega la respuesta. Estiman el recurso, tengo que avisar a mi cliente. Marco su número. Papá dime –oigo al otro lado. Cojo aire y le contesto triunfal: Hijo, lo he conseguido.

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  • Imagen de perfilAMOR PROCESAL

    Pedro José Prieto Alvarez 

    Jugueteo inquieto con el bolígrafo y sondeo con disimulo sus ojos serenos, tan azules como siempre pero ahora émulos, impenetrables como una enciclopedia de Hermenéutica Jurídica. Otra vez mi corazón empieza una carrera, de 400 metros con vallas; la mente se me convierte en un simple radical libre y tengo que apelar al estoicismo para no salir corriendo. Aborrezco ser defensor siendo ella fiscal, esto no debería de pasar. En días como hoy, invariablemente ocurrirá lo mismo: ratificará las conclusiones, alegaré sólidas estimaciones y seré apasionado, rozando casi la expulsión mientras sonríe altanera; luego, todo quedará visto para sentencia, incluido yo mismo. Casi a medianoche, entre las sábanas, cuando sus ojos azules vuelven a ser mansos, alcanzaré un sonoro fracaso; susurrará con amable ironía un “tranquilo, cariño, no siempre se gana”, y yo sabré que habla de la cama y de la sala de juicios.

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  • Imagen de perfilLa apelación

    Juan Pablo Goñi Capurro 

    Cuando le comuniqué que nuestra contraparte había decidido apelar, mi cliente cambió sus modales de manera radical. Perdió su actitud de hombre sensato y me insultó, sin aceptar que estaba fuera de mis posibilidades impedir al oponente el ejercicio de su derecho. Se fue antes que lograra convencerlo, dando un sonoro portazo, expresando la pobre opinión que le merecían mis servicios, amenazando con pedir mi expulsión del colegio. Por primera vez en mi carrera, salí rojo de vergüenza del despacho para enfrentar a quienes aguardaban en la sala de espera –mi secretaria tenía turno en el dentista. Mi rubor no tuvo testigos, me encontré con ocho sillas sin ocupantes, como si el comerciante los hubiera obligado a buscar otro abogado.
    Semanas después vi el aviso de quiebra y comprendí la reacción de aquel cliente perturbado. Para entonces, se había vuelto una moda la sala de espera desierta.

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  • Imagen de perfilEL FIN DE UN CIRUJANO

    JOSE MANUEL BREA FEIJOO 

    Cuando el juez dictó su radical sentencia, mi mundo se vino abajo. Hasta sentí la cariñosa palmada de mi abogado como un sonoro reproche en la espalda. No había consuelo para quien entregara los mejores años a lo que más amaba. Ni la intención de apelar que mostraba mi letrado podía levantarme el ánimo. Me daba cuenta de que todo había concluido. E hice un rápido repaso existencial… Había logros personales y profesionales, una línea de felicidad apenas quebrada. Miles de intervenciones exitosas, agradecimiento de pacientes, reconocimiento de colegas, aplauso de ciudadanos. Y un día, por error –acaso por cansancio–, el bisturí cortó la arteria del paciente, que se desangró irremediablemente; fue inútil el intento de hemostasia. Mi carrera se había acabado (significaba la expulsión del Cuerpo de Cirujanos), y también mi vida… Es cuanto puedo decir, antes de administrarme la inyección letal que elimine mi sufrimiento.

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  • Imagen de perfilContradicciones

    cristina santiago 

    No conseguía conciliar el sueño. Tapada o destapada, a la izquierda o a la derecha, luz u oscuridad, hombre o mujer, blanco o negro, asilo o expulsión, justo o injusto. La vida no puede ser así de radical. Esta cuestión no se iba a solventar en este sueño ligero de la víspera.

    Amanecía y decidí que ya era hora de levantarme, el tacto sonoro de la ducha acabó por despejarme, volví a repasar las notas del caso mentalmente, mientras desayunaba, como lo hacía en la carrera.

    De camino al juzgado me volvían a invadir los pensamientos llenos de contradicciones. Tenía que recuperar la serenidad, apelar al sentido común.

    Allí estaba ella, aguardaba en la entrada principal de los juzgados, era mujer, era negra, era expulsión, era injusto.

    Entramos en la sala con paso firme, decidido, donde llegaba el momento que anhelaba con todas mis fuerzas: nuestro primer juicio.

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  • Imagen de perfilNacido para apelar

    FCO JAVIER HDEZ RODERO 

    Un sonoro golpetazo resonó entre las paredes cuando un enorme legajo de carpetas y escritos para apelar cayó con decisión sobre la enjuta mesa del sentenciador. Un elaborado compendio de sólidos argumentos acerca de cómo habían sido violadas las garantías del debido procedimiento legal que derivó en la expulsión de su compañero, su amigo.
    Daniel dejó bien a las claras su radical disposición a inundar su despacho con una montaña de documentación que le mantuviera bien ocupado durante los próximos seis meses.
    El envite funcionó.
    Su amigo retomó su rutina, mochila al hombro, escoltado por miradas desconfiadas, admiradoras o indiferentes, según se trate.
    El director acompañó a Daniel hasta su aula y con una palmadita, le dijo
    - Tu último año de instituto, es hora de afrontar la universidad, ¿ya sabes que carrera elegir?
    - Derecho, sin duda –y no pudo evitar dibujar en su rostro una socarrona sonrisa.

     
  • Imagen de perfilEL ACUERDO

    LOURDES ASO TORRALBA 

    Cada mañana me encontraba al abogado, silbato en boca, pregonando con un sonoro y estridente pitido que igual servía para revolver los trámites de una herencia que ayudaba en un proceso de divorcio civilizado. Los viandantes le esquivaban, quizá para evitar que les sacaran los cuartos con cualquier litigio si no estaban espabilados. A mí no sé por qué me atraía el aplomo con el que argumentaba ante el guardia local que la expulsión de la plaza pública era ilícita pues no había alterado el orden. Aunque mi caso sonaba demasiado radical, y él en toda su carrera no se habría enfrentado a un loco con deseo de apelar por una muerte digna, me apretó la mano para sellar el acuerdo. Desde ese instante, no supe regresar a casa y no sé por qué llevo esta extraña toga parecida a un sudario.

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  • Imagen de perfilPapá

    Alejandro Martín Páez · Sevilla 

    …le miró a los ojos y le dijo:
    -Papá, ¡por fin soy abogado! Parece mentira, ¿verdad? Tan joven y ya tengo la carrera de derecho, un máster y trabajo en lo que quiero. Ahora a trabajar duro. Ya sabes que, como tú, soy bastante radical con el trabajo. Hay que hacerlo todo siempre lo mejor posible. Solo espero que nunca se decrete mi expulsión de una sala por realizar una defensa demasiado apasionada. ¡Menuda vergüenza! Aunque, ¿quién sabe? Quizás en un futuro no muy lejano tras apelar en alguna Audiencia acabe mi conclusión final envuelto por el sonoro aplauso del público. Sí, sueños de grandeza, ya me conoces. En fin papá, me marcho. Gracias por ayudarme siempre y espero que estés orgulloso de mí.
    Guardó entonces la foto en su cartera, se dio la vuelta y abandonó el cementerio, sabiendo eso sí, que su padre, allí arriba, estaba orgulloso.

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  • Imagen de perfilAnatomía de un magistrado

    Marta Trutxuelo García 

    Al marcar aquella casilla mi vida daría un giro radical, suponía la expulsión de ese virus que mi familia consideraba la vocación que me hubiera apartado de nuestra estirpe de letrados. Durante la carrera hice análisis de cada pieza del esqueleto formado por el corpus judicial a través del estudio de interminables tratados sobre leyes. Obtuve el título de doctor y comencé a atender las consultas de mis clientes: diseccionaba cada informe, mis argumentaciones eran incisivas como un bisturí, todos los culpables sufrían la amputación de parte de su libertad... Apelar a mis diagnósticos era una operación insalubre para los letrados, tanto como descifrar los escritos de mi puño y letra. Desde que me recibí en la especialidad de juez adjunto, visto una toga blanca en honor a mi extirpada vocación, y en mi juzgado esterilizado, cierro todas mis intervenciones con un sonoro: "Hora de la sentencia...".

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  • Imagen de perfilOPINIÓN EQUIVOCADA

    Eva María Algar García · MURCIA 

    Fui juez sustituta doce años, pero la crisis económica conllevó la expulsión de los interinos, viéndome obligada a ejercer la abogacía. Siempre pensé que la posición del juzgador era la más complicada. Hoy he descubierto radical y brutalmente que estaba equivocada.
    Llevo una desgarbada toga negra, aunque ya no me corresponde situarme en el centro de la sala. Me siento extraña, fuera de lugar. Tengo que esforzarme para no anunciar ante el micrófono el comienzo de la grabación y dar la palabra al fiscal.
    Mi cliente es un joven que apaleó a su novia hasta la inconsciencia (presuntamente). Durante la vista se suceden numerosas declaraciones testificales que relatan la crueldad de los hechos enjuiciados…
    Un golpe seco y sonoro me hace saltar de la silla.
    -“¡Conclusiones de la defensa!”
    -“Intereso sentencia condenatoria, señoría”, digo lentamente.
    Mi recién estrenada carrera ha sido breve. Ni apelar a los dioses podrá evitar eso.

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  • Imagen de perfilTodo a una carta

    jose maria lopez agundez 

    No le veía desde los tiempos en que coincidimos en la carrera de Derecho. Tras su entrada sonó un sonoro portazo, como si un vendaval hubiera querido entrar en la sala. No estaba nervioso, aunque sí preocupado por la posible expulsión del compañero a quien había tocado defender. Un olvido, una infracción deontológica. ¿Quién podría estar interesado en este tipo de litigios? Apenas había dos estudiantes de público. Pero le seguía dando vueltas a qué asidera agarrarse para que el seguro se hiciera cargo de la cobertura mínima. ¿Se encontraría delante de un juez benevolente o más proclive a una aplicación radical de las normas deontológicas? Estos pensamientos incómodos y otras entretelas técnicas le rondaban la cabeza, mientras el oficial le pedía el carnet e introducía los datos antes de iniciar la vista. El juez esperaba. Todo a una carta, ya no había más instancias a las que apelar.

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  • Imagen de perfilEL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR

    MAYTE CASTRO ALONSO 

    La sentencia es desestimatoria. Un fallo imposible que le fue vetado en la hoja de encargo. Cierra los ojos. La tempestad amenaza el rumbo estable en los mares de su confianza. Escucha el lamento sonoro y amargo que se pasea impío por sus emociones escondidas. Será un giro radical en su brillante carrera. La expulsión del paraíso de los invencibles. Abre los ojos. Vuelve a leer la sentencia. Del fondo de su coraza de hielo emerge una energía implacable. Aún puede apelar. Si hay algo que ha aprendido durante todos estos años es que detrás de una puerta cerrada siempre hay un atisbo de esperanza. La próxima vez ganará. El mundo del estrado no está hecho para los débiles.

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