V Concurso de Microrrelatos sobre Abogados

Ganador del Mes

Ilustración: Juan Hervás

Mi Cliente

JAVIER DE PEDRO PEINADO · LA ALBERCA, MURCIA 

Mi cliente es un pobre yonqui. Su deterioro es tan profundo que temo que no sea capaz de llegar al juicio. Llevaba sin verle mucho tiempo, hasta que hace un par de semanas vino por el despacho a pedirme ayuda y se llevó escondido bajo su sucia camiseta mi pisapapeles de plata. Incoherente y torpe, es como un zombi que apenas piensa en otra cosa que no sea la aguja y cuando sonríe con su boca desdentada transmite la sensación de desamparo más profunda que pueda imaginarse. Impresiona verle allí sentado, tan escuálido, con su indumentaria ecléctica, mirando nervioso su relojito rojo de pulsera. La sala de lo civil está vacía; no suelen ser populares las vistas de tutela. Sonríe y me guiña un ojo, en un gesto que solía resultarme tranquilizador hace mucho tiempo, cuando ese tipo triste y derrotado aún era mi hermano mayor.

 

Relatos seleccionados

  • Al dedillo

    Miriam Fopiani Román · San Fernando (Cádiz) 

    De nuevo cogió ese libro y se puso a leer. Le encantaba. Conocía la historia de aquel niño abandonado al dedillo y su desamparo le conmovía tanto que no podía contener las lágrimas. Su sueño era ser abogado. Quería defender y apoyar a los demás, aunque no le hacía mucha gracia tener que aprenderse el Código Civil. En el orfanato le tachaban de raro, y no aguantaba a aquella mujer que vestía de manera tan ecléctica. Le despertaba cada día con un tirón de oreja. Al tiempo le dejó de doler, igual que le ocurre a la costurera de tanto pincharse el dedo con la aguja. A los ocho años su profesor de lengua se hizo cargo de su tutela, y también de su felicidad. Abogado y hombre feliz de profesión. El anciano cerró el libro y acarició la portada de éste con nostalgia.¡€™Mi diario¡€™decía.

     
  • MI DISTINGUIDA CLIENTELA

    Olga Sánchez Torres · TERUEL 

    Cuando lo vi acompañado de su joven esposa supe que el borrador de demanda civil que tenía preparado se quedaría en eso, en borrador. Aquella arpía adúltera y manirrota a la que quince días antes quería dejar en total desamparo, lucía ahora junto a él la mejor de sus sonrisas y brindaba con vino de aguja en aquel acto político de ecléctica concurrencia. No he vuelto a saber de él, y por lo visto, él tampoco quiere saber de mi minuta. Mientras la envío por tercera vez, recuerdo a mi mejor cliente de todos los tiempos. Litigaba con Justicia Gratuita y tenía tres hijos bajo su tutela. El Sr. Regís; aquél hombre humilde y respetuoso que insistía en pagarme “aunque fuera algo”; aquel que año tras año me sigue invitando a las fiestas de su pueblo; aquel cuya hija atendía siempre el teléfono: “Padre, se ponga, que es la Olga…”.

     

     
  • Común acuerdo

    TOMAS HERNANDEZ LECUONA · MAJADAHONDA (MADRID) 

    "Buenos días, me llamo Napoleón Bonaparte, enviaré mis tropas a luchar contra mi ex mujer", me dijo mi cliente. Era la segunda vez que venía a mi despacho especializado en civil, la primera, vino disfrazado de Mahatma Gandhi, asegurando que quería donar todos sus bienes a su ex mujer para llegar a un acuerdo. Traté de encauzarlo diciéndole que si se metía tanto en el papel, lo único que podríamos discutir ante el juez era quien se encargaría de su tutela cuando le declararan incapaz, quedando sus hijos en probable situación de desamparo vistos los antecedentes de su mujer. Había que buscar una postura ecléctica: él debía ser José Pérez, recién divorciado que solo quería un acuerdo justo para las dos partes. Cuando se fue de mi despacho, mientras con la aguja cosía mi desvencijada toga, me pregunté¡€™si este tampoco me paga, seré Ghandi o Napoleón?¡€™

     
  • Clandestino

    Jerónimo Hernández de Castro · Salamanca 

    El chico pasaba desapercibido en los despachos: un becario entre tantos. Yo, ni siquiera conocía su nombre. Casi oculto junto a la fotocopiadora parecía ausente, como una víctima del desamparo, necesitada de tutela; aunque su brújula guardaba una afilada aguja que apuntaba a su norte particular. Ninguno de nosotros se percató de su pericia para adquirir un saber tan profundo como ecléctico. De Sánchez Pons, sus estratagemas de litigante especialista en Civil; de Bergareche su agudeza en la fiscalía. De mí… quién sabe. Quizá aún conserva algo de gratitud cuando estoy tan cerca de la jubilación y ha tenido la gentileza de no despedirme, como a todos los socios, ahora que es el dueño del bufete.

     
  • PRESUNTA INOCENTE

    Sandra Fernández Cuadra · í£dena, Barcelona 

    Ahí estaba ella, sentada con los codos apoyados en sus rodillas, la cabeza cabizbaja, los ojos llorosos...con un precioso vestido de seda azul y tacones de aguja. Su belleza hipnotizaba, se veía tan frágil que daba la sensación de total desamparo, por un momento me conmovió. Al otro lado de ese salón ecléctico, decorado con mal gusto y que yo tanto odiaba, una imagen devastadora, su esposo, tirado en el suelo, inerte, con el arma homicida clavada todavía en la espalda. Me acerqué a ella para evitar que declarara sin mi presencia, le recordé que todo iba a salir bien, que yo me haría cargo de su defensa, que no se preocupase por la tutela de Marcos, pronto volverían a estar juntos.
    En la calle, la Guardia Civil apaciguaba a la muchedumbre que murmuraba teorías, haciendo conjeturas para explicar lo ocurrido...Todo estaba saliendo según lo previsto...

     
  • Un abogado extraordinario

    Jesús Luque Manzano · Estepa (Sevilla) 

    De pronto se fue la luz. Saber que la mansión estaba deshabitada acentuó mi sensación de desamparo. A tientas conseguí llegar a la puerta del dormitorio. Instantes después sentí un pinchazo en el pie izquierdo: tenía clavada una aguja. Me agaché, la extraje y la dejé sobre una mesita de noche, sobre la que descansaba un Código Civil, un grueso novelón y algunas revistas eróticas.¡€™Qué tipo más ecléctico vivirá aquí?, me pregunté. Oí el abrir de una puerta, seguido de unos pasos enérgicos. El terror me paralizó, y me escondí bajo la cama. Los pasos se acercaban... una tenue luz parpadeaba, y una voz cavernosa dijo: -Salga de ahí, joven, no vaya a resfriarse. Me arrastré lateralmente y salí de mi escondite. Ante mí se alzaba un hombre alto, con la piel muy blanca y unos ojos penetrantes. -Mi nombre es Drácula; me ha sido encomendada su tutela judicial...

     
  • LA ESCALADA AL ESTRADO

    José Antonio Ruiz Conde · Sanlúcar de Barrameda, Cádiz. 

    – La situación: Abogado en ciernes, empezando junto algún veterano compañero. Es necesario reunir experiencias, ser experto no es suficiente. El desamparo en el ejercicio sería ahora definitivo, letal. Llega el primer cliente propio, el que busca tu exclusiva confianza y deja su problema bajo tu tutela profesional. Ahora tienes el deber de velar por sus intereses tanto como los tuyos propios. – El consejo: Este asunto es la catapulta que esperabas. Busca todos los cabos y trata de atarlos, si lo haces bien parecerá que tienes agujas de oro para unirlos y los asuntos seguirán llegando. No te obsesiones con nada, tienes que ser ecléctico, buscar el término medio. Esa es la virtud. – La actuación: Examino la documentación e indago la normativa. Encuentro el error, todo una causa de nulidad. Redacto la demanda. A esperar la primera actuación civil en sala, seguramente precedida de una larga noche. – Seguir escalando.

     
  • Heroina

    Antonio M. Galiano Bellón · Jaén 

    No existía otra solución que conseguir su incapacitación, me comentó el Letrado. De no ser así, dilapidará su parte de herencia, quedando en total desamparo, añadió. Siempre había admirado a mi hermano. Su espíritu ecléctico, del que presumía, le había llevado a conseguir una vasta formación, pero también a aventurarse en experiencias que habían condicionado su vida y la de mis padres. Y como solo me tenía a mí, el Fiscal no tuvo que invocar el orden de prelación establecido en el Código Civil, proponiéndome para desempeñar la tutela. Llegado el día, a pesar de haber sido notificado, no asistió a la vista, resolviendo in voce el Juzgador que yo era el idóneo para el cargo. Por desgracia, mi primera y ultima actuación fue asistir al levantamiento de su cadáver, del que instantes antes la Policía Judicial había retirado la aguja que colgaba de su brazo.

     
  • LA MIRADA

    Montserrat Domínguez Pascual · O ROSAL (PONTEVEDRA) 

    Tenía la mirada perdida y sus ojos eran manantial incesante de lágrimas. Con la cabeza apoyada en sus manos ancianas, se balanceaba junto a la pared sobre sus zapatos de aguja sin levantar la mirada. Su estilo era ciertamente ecléctico, aunque elegante. Desahuciada de su último y tercer hogar hacía más de dos meses que deambulaba por las calles de la mano del desamparo y la indiferencia. Todos la miraban, pero sólo una persona la vio. Habló con el fiscal y este promovió su tutela civil. No recordaba su nombre, no recordaba quien fuera y, aún así, lloraba, esperando un juicio que le arrebataría para siempre lo que todavía conservaba de lo que un día fue. De pronto alzó la mirada, me miró y pude reconocerla, con su toga roída y sus zapatos de tacón, supe quien era; esa mujer era yo.

     
  • EL ABOGADO-LAPA

    MIGUEL ÁNGEL GARCÍA RODRÍGUEZ · VALLADOLID 

    El presunto culpable, bajo el desamparo producido por la culpa, se mostraba dialogante ante la Guardia Civil, que trababa de averiguar cómo había podido cometer el crimen. Hasta que apareció el abogado-lapa, para adherirse a su cliente y, bajo su tutela, transformarse juntos en un ente ecléctico. A pesar de contar con dos cerebros, las capacidades verbales del nuevo ser se habían reducido drásticamente; pues, el letrado, cual chamán clavando la aguja en la boca de un muñeco de vudú, había logrado callar a su cliente. Hasta para ir al baño, iban juntos; y el sospechoso, carente de ambos brazos tras un accidente laboral, necesitaba ser ayudado en la micción. –¿Cómo ha conseguido...? ya sabe, –preguntó un guardia que esperaba en la puerta del servicio. El letrado, con mirada de desdén, no pronunció palabra, pues lo sucedido en aquel baño pertenecía al secreto entre abogado y cliente.

     
  • SU éNICA TUTELA

    Angel Muñoz Trapero · MADRID 

    Sólo cuando vi el desamparo en los ojos de aquella muchacha que solicitaba mis servicios no dudé de la verdad de sus palabras, de la explotación que había sufrido en el taller textil, en sus "doce horas diarias de aguja", como ella misma decía. En el despacho me encargaba de los asuntos de Civil, pero mi compañero de Laboral estaba de vacaciones, y, en fin, en nuestro trabajo no queda otra que ser ecléctico, así que decidí quedarme con el caso. Tirando del hilo llegué a un ovillo de esclavitud laboral casi delante de nuestras narices, en un almacén a las afueras de la ciudad. Treinta muchachas inmigrantes hacinadas junto a máquinas de coser y montoneras de trapos. Hice la correspondiente denuncia a la Inspección de Trabajo, y en vía judicial se condenó al empresario, que graznaba que él era la única tutela que tenían las trabajadoras. Conmovedor.

     
  • ¡A la calle!

    Francisco Pi Martinez · Santander - Cantabria 

    Soy ecléctico por naturaleza. Siempre preferí el arbitraje que los tribunales, conciliar que litigar; el término medio, aunque no la mediocridad. Me especialicé en el código civil y me dediqué a gestionar demandas, nunca denuncias. Cuando lo encontré en aquel tribunal de menores, era la viva imagen del desamparo: huraño y brusco, pero de ojos inteligentes. Creí haber encontrado una aguja en un pajar y al punto solicité la tutela. No me fue difícil. Le di estudios y pronto se licenció. Lo recibí en el bufete como lo que era: como a un hijo. Pero hoy he tomado la primera decisión drástica de mi vida. Acabo de despedirlo. No le puedo tolerar que venga a burlarse de que mi equipo de fútbol haya perdido. Eso no se lo consiento a nadie. Me da igual si me demanda en Magistratura de Trabajo. ¡Para eso no hay perdón!

     
  • PICARO PEREZ

    MARIA LUISA VENTURA SANCHEZ · MADRID 

    '-¡Señoría, en realidad he hecho un favor a este tribunal, he encontrado la aguja en el pajar! - ¡Hable cuando se lo indiquen!- dijo el juez enfurecido- , pero el acusado, ignoró la orden y continuó: indaguen en su historial civil, figura como huérf

     
  • Cita a las doce

    Rosa Catarina Piñeiro Fariña · Vilagarcía, Pontevedra. 

    En la víspera de la vista civil, comprendí que toda labor jurídica se reduce a tener folios a mano y saber con quién hablar. Después, me tomé media botella de pacharán y pedí ayuda. ¡l me citó a las doce, y allí estaba, puntual, en la puerta del juzgado cuando las manecillas el reloj componían una sola aguja, con ese aire de socarrona sofisticación que le acompaña. Podría parecer un simple profano, pero entendió al momento el desamparo de mi asunto y la necesidad de ejercer una cierta tutela sobre el juez. Nunca entenderé porqué admiro tanto lo que repruebo, pero me tranquilizó que dijese que él también sabría cumplir. Al final, con más resaca que remordimiento, entré en la sala. El cuerpo me pedía incurrir en desacato pero adopté una moderada sonrisa. Tenía el ánimo ecléctico de tan comedido después de volver a tratar con el maligno.

     
  • LA AUTOQUERELLA

    Daniel Aznar Alonso · Barcelona 

    Era el mejor cliente de mi despacho. Y lo era, básicamente, porque tenía una obsesión enfermiza de querer querellarse contra todo. Realmente era un tipo muy poco ecléctico. Sin medias tintas: nada de la vía civil, siempre la penal. Si se pinchaba con una aguja, querella contra el fabricante. Si le sentaba mal un vino, querella contra la bodega. Lógicamente, los juzgados no admitían a trámite ni una. Es por ello por lo que quiso que pusiéramos una querella contra nuestro propio despacho, por lo que él llamó “una continua situación de desamparo legal”. Bajo mi tutela legal, se preparó, con bastante poco empeño, esa absurda querella. Lo que fue impensable es que la admitieran a trámite. Mañana tengo que hacerme a mí mismo un interrogarlo en el juzgado penal. Cada vez estoy más convencido de que el juez lo que quiere es reírse un rato con esto.

     

     
  • Mi hijo

    Jordi de Domingo Miquel · Quart (Gerona) 

    Ay, m’ijo... ziempre babeaba con ezo del honó y la integridá... tú m’ijo, de tan recto pareceh zacao de un tribuná militá y no de uno civí, le zortaba ziempre yo... Entonceh me miraba con eza mirá de aguja que tenía cuando ze ponía mihteriozo... ¿cómo ze dice, ezo? ¿Azéptico? ¿Ecléhtico? ¿Hermético...? Ay, m’ijo... entonceh, digo, me miraba con eza cara de ángeh der dezamparo, de ‘nemigo de loh voraceh, y empezaba a dizcurzeá, el pezao, zobre el cáncer que zon loh corruptoh, de la necezidá de tutela que le farta no zolo ar mundo de loh decenteh zino tambié a zuh leyeh, y que para ezo eztaba un fizcá como él... zin miedo a que le... a que le... ¿Debo zeguí? En fin, que musha veceh no le entendía, zab’uzté, pero zé que apreciaría que, tó loh díah, le traiga floreh frezcah aquí, donde ze vengaron de m’ijo...

     
  • Mi primer trabajo

    Francisco Sena Fernández · Madrid 

    Un gran rótulo decía: S¡µNCHEZ Y ASOCIADOS, ABOGADOS. Civil, Penal, Laboral, Mercantil, Penal y Fiscal?. Esto es grande, pensé. Traspasé la entrada y, tras un mostrador, zurciendo con una aguja de ganchillo, estaba Ramona, señora gorda que hacía de secretaria y recepcionista.¡€™Vienes por el anuncio??, me dijo.¡€™Sí, señora?, le contesté. De la habitación interior, única que componía el despacho, salió don Laureano, de avanzada edad y aspecto desaliñado. Tras el saludo inicial, me puso al corriente de mi trabajo como pasante:¡€™éste es un despacho ecléctico, en el que abarcamos todos los campos del Derecho; bajo mi tutela, aprenderás lo necesario para llegar a ser un gran jurista?. Como opositor a juez fracasado, para mis adentros pensé:¡€™se acabó mi desamparo?. Me puso a hacer fotocopias y así estuve durante los tres meses siguientes. Nunca vi entrar a nadie. Cuando salí de allí puse un negocio de copistería.

     
  • APRENDIZ DE BRUJO

    Ignacio Rubio Arese · Moralzarzal, Madrid 

    Yo solo quería crear un abogado supremo, que se guiase por los principios más nobles del derecho civil y la justicia poética. Un ente con cromosomas de Mandela y Gandhi, ecléctico, con el ingenio astuto de Keanu Reeves en “Pactar con el diablo” o la verbosidad de Al Pacino en “Esencia de mujer”. Una criatura que, bajo mi tutela, contrarrestara a los equipos de juristas afanados en exculpar a poderosos magnates. Ocho años pasé encerrado hasta conseguirlo. Inaudito:peroraba con ingenio socrático y desmontaba cualquier dialéctica con la sencillez de una aguja pinchando globos. A punto estaba de lanzarlo de gira por todos los tribunales, cuando desapareció una noche. Dos días después, la policía irrumpió en mi vivienda y me llevaron preso. Ni se imaginan mi desamparo cuando cierto fiscal, en un discurso inquietante, solicitó la pena de muerte por mis depravadas investigaciones. Resignado, bajé los ojos. Lo había reconocido.

     
  • Memoria del contrabando

    María Paz Fernández Aguirre · Bruselas (Bélgica) 

    Aquellos inviernos interminables dejaban en desamparo a todo el que estaba dedicado al contrabando. Si mudaba el tiempo por la mañana, había que bucear entre la niebla. Y si uno perdía su camino, era como depositar una aguja en un pajar; en tal caso había que ser ecléctico y tirar por la senda de en medio. Del fondo del valle cada día surgían las águilas bajo la tutela de los desfiladeros. Las mulas marchaban delante con la mercancía, azuzadas por la nieve y por los mastines que mordían los garrones de las rezagadas. Al caer la noche el corazón se aceleraba y aunque no se viera un pitoche, parecía que detrás de cada peña asomaba el tricornio de un civil. Cuando me trincaron, mi abogado preguntaba: "Oiga ¡¨y es tan duro este trabajo?". "Sin duda -contesté-. Este es oficio de alma en vilo y emociones".

     
  • Lo que no se enseña

    OLATZ ORTEGA ESPILLA · BARAKALDO (BIZKAIA) 

    Cuando en mi último año de universidad, sentada en el aula, escuchaba hablar a mi profesor de derecho civil, un tipo inteligente, ecléctico…, algo dado a divagar pero que amaba su trabajo, recuerdo haber pensado “cuánto sabe”. Y me decía a mí misma que, al licenciarme, sabría tanto como él sobre derecho, que finalmente podría tener respuesta a todas las preguntas que me formularan. No fue hasta mucho más tarde cuando descubrí todo lo que no decían aquellos libros que tanto hablaban de patria potestad, de guarda, tutela y curatela. Libros que, lamentablemente, no enseñaban a afrontar de cara el desamparo, la amarga realidad de un mundo que era el día a día de mi cliente, ni cómo hilvanar esperanza en un tapiz de tristezas sólo con la noble, a veces débil, y siempre insuficiente aguja del derecho.