Memoria del contrabando

María Paz Fernández Aguirre · Bruselas (Bélgica) 

Aquellos inviernos interminables dejaban en desamparo a todo el que estaba dedicado al contrabando. Si mudaba el tiempo por la mañana, había que bucear entre la niebla. Y si uno perdía su camino, era como depositar una aguja en un pajar; en tal caso había que ser ecléctico y tirar por la senda de en medio. Del fondo del valle cada día surgían las águilas bajo la tutela de los desfiladeros. Las mulas marchaban delante con la mercancía, azuzadas por la nieve y por los mastines que mordían los garrones de las rezagadas. Al caer la noche el corazón se aceleraba y aunque no se viera un pitoche, parecía que detrás de cada peña asomaba el tricornio de un civil. Cuando me trincaron, mi abogado preguntaba: «Oiga ¡¨y es tan duro este trabajo?». «Sin duda -contesté-. Este es oficio de alma en vilo y emociones».

 

 

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