Nieves Prieto Lavin

Microrrelatos publicados

  • Abogade, abogade...

    Verano 2021. Un paisano organiza en la plaza un cine de verano para fortalecer lazos en la comunidad estival del pueblo. Al parecer se ha estrenado un remake de El cabo del miedo. Dudo de si acudir. Querría avanzar en una demanda sobre derecho al honor del primer cliente que ha acudido a mi despacho de género no binario. Pero, bah, es agosto. No es urgente. Lexnet no abre hasta septiembre. Avanza la peli con magnífica fotografía y diálogos renovados. Y llega la famosa frase: el sustituto de De Niro susurra de manera inquietante: “Abogado, abogada, abogadeeee…”. Abochornado pero reflexivo con los tiempos que vivimos, más consciente que nunca de mi responsabilidad, abandono la butaca y vuelvo a mi despacho de verano a proseguir con el borrador de la demanda. El trabajo por la diversidad requiere ante todo compromiso profesional. Y con seguridad les digo que todo lo demás sobra.

    | Agosto 2021
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 11

  • Recalificación inversa

    Compré el solar con el deseo de construirme a capricho una vivienda para la jubilación. Los tres primeros años, sin prisa, recabé todo el material. Seguidamente hice un curso avanzado de Autocad para hacer los planos a nivel detalle máximo. El trienio siguiente lo dediqué a un casting de albañiles y artesanos. Pero he aquí que tanto tiempo me entretuve en el empeño que la Administración se sacó de la manga la recalificación inversa: mi suelo pasaría de urbano a urbanizable y luego a rústico. No hubo abogado –ni siquiera uno llamado Don Urbano- capaz de deshacer aquel desmán en nombre del cambio climático, pese a litigar hasta Estrasburgo. Nuevos tiempos, nuevos paradigmas, decían. ¿No se podían tener hipotecas en negativo y pagar por depositar millones en los bancos?. El mundo seguía girando pero jurídicamente se había vuelto del revés. Resiliente, planté un huerto y morí viendo crecer la hierba.

    | Marzo 2021
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 10

  • Mamá abogada

    Nuestra mamá tiene cuarenta años y es abogada. Dice que no es amable que refiera su edad ni que hable de sus cosas pero me gustaría contar hoy su manía de meternos los conceptos jurídicos hasta en la sopa.
    Cuando en la cocina se quema algo porque la distraemos invoca el dolo eventual y se sacude las culpas; si echamos mal las cuentas y nos quedamos con céntimos de algún colega, nos sale con el enriquecimiento injusto; si remoloneamos con algún trato para comer judías verdes arquea las cejas y advierte: "pacta sunt servanda”. Su último castigo consiste en firmar cien veces en papel y escribir después “por centuplicado y a un solo efecto”. Y así con todo.
    Cuando la miran raro explica que hay que gestionar a los hijos para que sean ciudadanos avanzados en el conocimiento de sus derechos y obligaciones. A lo mejor no le falta razón.

    | Septiembre 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 19

  • Defensora de las flores

    Mi vocación siempre fue la de estar del lado de los más desfavorecidos. Así, tras licenciarme, me inscribí en el turno de oficio.
    Un caso inesperado dio un giro a mi carrera como un calcetín: fue una adelfa rosa, acusada de homicidio imprudente en piscina por ingesta de un menor. La salvé de la poda y exterminio de la urbanización acreditando la negligencia de los progenitores. También me vi en la tesitura de representar a un cactus acusado de falta de lesiones al que defendí basándome en lo beneficioso de su existencia para la reducción de ondas electromagnéticas. Después una familia de plantas carnívoras fue absuelta por lo consuetudinario de la plantación en la zona. Y un largo etcétera.
    La especialización y la claridad argumental, no dar nunca un caso por perdido, son las claves del éxito en la profesión.
    Por cierto, no os lo he dicho: me llamo Alicia.

    | Julio 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 39

  • Problemas del siglo XXI

    Cuando el hartazgo me colocó al borde de la crisis matrimonial dudé entre acudir a mi abogado o a mi psicólogo, decantándome por el primero.
    Consciente de que el pleito era un desafío expuse los hechos: el eficiente algoritmo detrás de la inteligencia artificial que nos gestionaba la vida familiar había decidido de forma irrevocable e inhackeable invitar a mi suegra a pasar todos los domingos en nuestra casa. Un bebé recién nacido y no sé qué teorías de transformación y generación de apegos, de crianza y regresiones con los ancestros habían propiciado la catástrofe.
    El Derecho vino en mi ayuda: un 1902 bien articulado y el ingeniero programador del software y, con carácter subsidiario la empresa que lo empleaba, fueron condenados a pagar una cantidad importante por daños morales. Las reclamaciones en masa vinieron detrás. Las de las hipotecas formaban parte de la prehistoria jurídica del país.

    | Abril 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 3

  • A Groucho abogado

    Siendo niño, tras una varicela de la que salí victorioso, me autodeclaré oficialmente marxista. Pero no por Karl, sino por Groucho. El botón de rewind del Betamax salió muy perjudicado de aquella convalecencia mía.
    El abogado desastre de verbo fácil que convertía en un santiamén su vivienda en un despacho donde recibir clientes inspiraba lo que sucedía en mi casa cada tarde. Y es que antes, cuando los abogados, sin repudiar un solo asunto por extraño que fuera, se dedicaban a contestar demandas a escasos metros de la cocina de su casa, la profesión parecía otra. Más de pueblo, más cercana, más viva. Hoy, cada día que un generalista cuelga su placa en el portal de su vivienda, a un ángel le dan las alas. Eso sí, a Groucho le hacen cumplidos homenajes en el BOE (con demasiada frecuencia hasta para un fan como yo).

    | Septiembre 2018
     Participante

  • Viaje astral

    España 2045. Alcanzada la velocidad de la luz, aterrizamos en Planeta Habitado 1, donde moraban seres esencialmente iguales que nos aventajaban en quince mil años de evolución. Cuando superamos la barrera del idioma, identificamos sin género de duda a un colectivo conocido: los abogados de oficio. Imprescindibles para la defensa del medio ambiente, los letrados hacían esos días denodados esfuerzos por salvar la postrer pareja de lobos del humano feroz. No en vano, salvedad hecha de la cucaracha y el gato común, las especies de Planeta Habitado 1 estaban en peligro de extinción. Urgía conciliar al hombre y a la naturaleza, de ahí la subsistencia del turno en un mundo de autosuficiencia y devastación donde también los gremios y profesiones languidecían.
    Desperté de la cabezada por colleja procuradoril, desconcertado por mi sueño distópico y con el macrojuicio casi visto para sentencia. Letrado, ¡última oportunidad de evacuar su trámite de conclusiones!

    | Octubre 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 23

  • También cosemos almas

    Su penúltima aventura profesional consistía en procurar encuentros entre víctimas y asesinos arrepentidos. Respirar las ganas de perdón y de ser perdonados, acompañarles en el viaje interior por sus recuerdos, sentir el tiempo como aliado... No en vano, vivir la humanidad y alteridad de estas experiencias eran recompensas poco habituales en su quehacer cotidiano. Para acercar personas -explicaba a sus alumnos de Derecho Penal- no sirve el “corta-pega”; no habéis de pergeñar un rápido recurso de reforma de acuciante vencimiento. Si queréis ganar estos "pleitos", es imprescindible aparcar los códigos y atender la guía orientativa de los expertos en justicia restaurativa. Respetar los tiempos y estar preparados para el abandono. Y si las dos partes recorren el camino hasta el final, asistirles en el crucial careo. Deseaba que aquellos chavales asimilaran que también en esto consistía la abogacía, en colgar la toga y ayudar a reparar las heridas del alma.

    | Septiembre 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 24

  • Al final del kilómetro

    Varios años antes, frente al mismo olmo centenario del jardín de su quinta, había leído la sentencia que le hizo pasar de presunto autor a simplemente autor del asesinato de su esposa. Su abogado había creído en su inocencia y se había desfondado en la defensa. Sinceramente agradecido, cada año le enviaba una felicitación navideña y sus sinceros mejores deseos. En prisión había pasado desapercibido como un común maleante, ni un leve incumplimiento de sus obligaciones que hiciera saltar los protocolos de seguridad. Y por fin la condicional. Sí, eso resumía los últimos 17 años de su vida. Tras andar un kilómetro en línea recta con su petate se fumaría un cigarrillo y compraría un taburete y una soga. Los diez euros de peculio alcanzarían para librarse al fin de la peor de las condenas, esa en que nunca se es presunto: la de la propia conciencia.

    | Julio 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 13