Carlos Villanueva

Microrrelatos publicados

  • Apaga!

    El número de familias en riesgo de pobreza sigue creciendo, y mientras tanto, qué medidas se están llevando acabo. ¿Eh? , nada, solo palabras.
    Hay que preservar el sistema.
    ¡El sistema! A cada paso el conflicto está más lejos de resolverse. El tejido empresarial no aguantará más subidas del coste energético. Tenemos que hacerlo público ya.
    No, no podemos, si hacemos visible todo lo que sabemos acerca de los verdaderos costes energéticos, nos caerá una escabrosa losa encima, será nuestro fin.
    Nuestro fin. Siempre has sido un egoísta, nunca te ha importado la verdadera problemática. Aquello por lo que ingresamos en la facultad de derecho, aquello que nos hizo defender la verdad y la justicia. ¿Dónde dejaste esos principios?, Esa gente de ahí fuera cuenta con nosotros, no podemos fallarles.
    ¿De verdad quieres que les digamos de donde sacamos la energía?
    Anda sigue pedaleando, ya se nos ocurrirá algo.

    | Octubre 2021
     Participante

  • Culpable

    Puede leer mi sentencia, soy culpable. A cada minuto que pasaba rompiendo las normas, me sentía más culpable. Sí, deseaba estar en el estrado. Me preguntaba si reuniría el valor necesario. No, Señoría, no es un problema de educación. Mis padres me la dieron, por ello estoy aquí. Gracias a su innovador sentido de la humanidad, que supieron transmitirme. Me enseñaron con mesura, con equidad, con paciencia, todos esos valores que ahora despreciamos, creyendo que así crearemos un mundo mejor para nuestros hijos.
    Ahí están los míos señoría. Yo les invité, para que no tuviesen la menor duda sobre su padre. Porque soy culpable.
    Les dije que debían conocer la importancia de nuestros actos como seres humanos, y que a pesar de hacer lo correcto debemos aceptar la culpa.
    Echarán de menos a su abuela. Pero nunca podrán decirme que la dejé morir sola en la sala de un hospital.

    | Septiembre 2020
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 1

  • El viento que nos lleva

    No podía conciliar el sueño, contaba cada una de las horas del reloj que destellaba desde la mesita. El viento azotaba con fuerza contra la ventana. Ya me lo advirtió el presidente de la comunidad cuando viene a vivir aquí- “no podrá ni tender sus camisas”.
    Pero no era el viento lo que me impedía dormir. Era este pleito en el que estaba sumiso y para cuya resolución no encontraba los argumentos necesarios.
    Como argüir que mi cliente no era culpable. Todas las pruebas apuntaban hacia lo contrario. Pero yo creía en él-, ¿cómo podría no creer? Todo lo que soy se lo debía a él. Cada golpe de viento me susurraba “pregúntale, pregúntale”.
    ¡Basta!. Grité
    Descolgué el teléfono: “he de preguntártelo”
    El viento se calmó y el silencio inundo la noche. El reloj se detuvo y comencé a preparar el alegato que sacaría a mi padre de la cárcel.

    | Febrero 2019
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 4

  • Una digestión indefendible

    Vaya caso me tocó defender la semana pasada por destino del turno de oficio. Abogar por aquel tipo requería al menos del conocimiento de varios idiomas. ¿pero qué idiomas?.
    Cuando subió al estrado la cantidad de palabrajos que soltaba, hacían imposible mantener una conversación con él. En su chaqueta el albarán de una relojería del centro, era la única prueba en su defensa.
    Pero qué podía hacer yo por aquel pobre hombre, si no había traductor posible en todo el cuerpo de traductores del Estado.
    No paraba de decir con los ojos desorbitados; Brein po, brein por ani llu.
    Su señoría no pudo más que censurar su comportamiento, instándole a que se callase. Entonces arrancó un golpe de tos que hizo temblar a la sala, tras el cual un anillo de al menos 24 quilates voló por los aires para llegar hasta mi toga donde no me atreví a tocarlo.

    | Junio 2018
     Participante

  • Sucedió una noche de verano

    Cuando accedí a llevar este caso, sabía que entraba en una zona de arenas movedizas, en el que había que actuar con suma cautela, donde no iba a ser suficiente con investigar la causa para llegar hasta el final del asunto.
    Un caso perdido, sin honorarios, que pondría a prueba los fundamentos por los que me aventuraba en el mundo de la abogacía y por los que me prometía a mí mismo defender la verdad y lo justo, más allá de un mero ideal. No importaba cuántas fronteras, lindes u obstáculos habría de traspasar para ello. Mi integridad profesional y humana no podían quebrantarse.
    Tenía licencia para llegar hasta el final de quien en ese momento ostentaba la autoridad.
    Las pruebas encima de la mesa, dos acusadas y un culpable, sobre el que debía caer toda responsabilidad.
    “Mamá, mis hermanas son inocentes; Papa acabó anoche con el helado de vainilla”.

    | Junio 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 1

  • Recuerdos

    Mi mentor solía decir que uno de los principios de los procesos judiciales es la transparencia. Acostumbraba a tener siempre a mano una piruleta, decía que le ayudaba a pensar. Cada mañana me mandaba actualizar las bases de datos de jurisprudencia. Un trabajo tedioso y aburrido cuya utilidad supe apreciar más tarde.
    Recuerdo la primera vez que le acompañé al juzgado. Se trataba de un caso de malversación de caudales, muy mediático. Representábamos a la acusación popular. Cuando llego su turno para interrogar al principal acusado. Se levantó, sacó su piruleta y un taco de fichas de cartón con las preguntas a realizar. La concurrencia se agolpaba en la puerta, con un único propósito; verle “actuar”, cuando comenzó a hablar supe la razón. De eso han pasado más de 30 años. Cuando dejé el despacho, me dio una de sus piruletas. Y me dijo; “recuerda como envolver cada caso”.

    | Marzo 2017
     Participante
     Votos recibidos por la Comunidad: 9

  • Audacia

    El resultado de la primera vista no fue nada alentador. De vuelta al despacho el silencio se cortaba dentro del coche. Podía ver la cara de mi mentor reflejada en la ventanilla, con su rostro marcado por el tiempo, con esa mirada profunda, instigadora, que te invita a todo menos a la renuncia, que te muestra a un abogado con mayúsculas por encima del genérico nombre que describe a una profesión.
    De pronto me dijo: “¿te he contado alguna vez el caso del molinero?”.
    No, respondí.
    “El pleito tuvo su origen en una disputa por un celemín de trigo, aunque esa no era la verdadera causa, sino la de conseguir ligar a la hija del molinero. Dos costales de harina fue el precio de la multa. Mucho para la época, pero nada en comparación con el asentimiento obtenido para casarse con la moza”.
    Solo entendí una cosa, que teníamos caso.

    | Mayo 2016
     Participante