Un despiste lo tiene cualquiera

Teresa Hernández Díaz · Madrid 

Afortunadamente era juez y no necesitaba ganarse el pan con la destreza de sus manos. Era un torpón que odiaba el bricolaje y evitaba cualquier reforma casera por mínima que fuera, por eso le venía grande el papel de jurado en aquél premio de manualidades vanguardistas. Pero era un compromiso que no podía eludir, ni siquiera utilizando la argucia de un catarro inoportuno. Se paseó por la exposición incapaz de valorar los trabajos presentados y, tras mucho deliberar, se decantó por una bombilla decorada en curiosos tonos grises. No interpretó la cara de sorpresa de los asistentes al acto hasta que un operario ataviado con mono azul subió a una escalera y enroscó una lámpara nueva en un casquillo vacío del techo; después bajó e introdujo su obra de arte preferida en la papelera. – Por suerte no pertenece en nuestra jurisdicción.- Oyó a su espalda.

 

 

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