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Manuel de la Peña Garrido 

Aquella mañana, tras un sueño agitado, el juez Samsa se despertó convertido en un voluntarioso abogado.

Su mujer intuyó el cambio. Le chocó oírle disculpar el penúltimo desafío de su hija adolescente: “dale otra oportunidad, Greta; tú también fuiste rebelde”.

En el juzgado sospecharon que algo pasaba. Lita, la oficial, volvió a quejarse del servicio de citaciones. “Están saturados. Entiéndalo. No querrá que pierdan su empleo”, apaciguó Samsa. Otrora habría reaccionado sin piedad.

Antológica fue la vista del mediodía. Insólitamente, Samsa ni rechazó ninguna prueba ni reprendió a los letrados; incluso les brindó convincentes líneas de defensa: “estamos juzgando a integrantes de una población vulnerable, ¿debemos aplicar severamente normas que no consiguen erradicar las causas de la criminalidad?”. Y llegó el turno del abogado Asmas: ridiculizó sus propios alegatos, hasta suplicó condenas para sus defendidos.

Aquella mañana, según se supo luego, el abogado Asmas había amanecido metamorfoseado en implacable juez.

 

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