Cara o cruz

María José Romero Bañolas · Las Palmas de Gran Canaria 

El juez Santos se había llevado el complicado expediente a casa, instalado en su mente donde viajaban persistentemente los casos más difíciles, hasta que la Sentencia liberadora los expulsaba como incómodos huéspedes en medio de la noche. El soldado, muerto por un violento shock causado por su alergia a las fresas, no descansó en paz desde que un escrito anónimo señaló como asesina a una antigua novia despechada, que resultó ser alergóloga. Sin embargo, tras el juicio, las pruebas a favor y en contra de su culpabilidad libraban un extenuante combate sin vencedor. La indomable imaginación del juez le hizo testigo de la imagen de la tentadora asesina, desnuda, brindando su amor cubierta de fresas. Su fría declaración de inocencia sonaba falsa. La diosa de la Justicia miró hacia otro lado cuando la reluciente moneda surcó el aire, cayendo sobre la mano del juez cuando ya se abandonaba al sueño.

 

 

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