¡Impugnamos!

Mikel Aboitiz · Berlín (Alemania) 

El abogado y albacea leía la segunda cláusula testamentaria del calavera de mi tío abuelo sin un solo desvío en su firme entonación: «…instituye por única y legítima universal heredera a…». Mi nombre estaba a punto de sonar. ¡Cómo había imaginado ese momento! Noches de vigilia esculpiendo fantasías: saldar deudas, conocer mundo,… ¡Vivir! Un carraspeo me devolvió al abogado, súbitamente pálido, tartamudo: «…a doña… Pascua…, a doña Pascuala Hernández Garrido». (¡Ea! ¡Esa no era yo!). Los criados (presentes a la caza de miguitas, calderilla) miraban anonadados; mi esposo me soltó la mano sobrecogido. Solo se oía el titilar de las lágrimas de la araña sobre nuestras cabezas, como empujadas por un viento que trajera aquella pregunta: ¿quién era esa tal Pascuala? Entonces, el viejo dogo del tío abuelo bostezó en una esquina y su cuidadora, la bella Lalita —¡Pascualita!— le acarició el lomo mostrando una sonrisa pícara, juvenil, largamente ensayada.

 

 

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