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Armando Cuevas Calderón 

Nunca dejó de ayudar a sus padres, ni siquiera mientras preparaba las oposiciones. Por las mañanas vendía pan y leche en la pequeña tienda familiar, y por las noches iba a la academia. Hasta que por fin llegó el esperado momento y se convirtió en juez de primera instancia.
«Sé justo, hijo», le dijo su padre antes de abrazarle orgulloso.
Y eso trató siempre, incluso aquel día.
Primero estudió el informe antes de aprobar el programa de actuación, y luego dictó la orden de desahucio ajustándose a derecho, por supuesto.
A la mañana siguiente no fue a su despacho. Callejeó hasta que descubrió el tumulto. Entonces, con paso firme y haciéndose sitio entre los policías y los vecinos que allí se encontraban, sacó una cadena y se amarró a la reja de una ventana, junto a la pareja de ancianos a medio vestir que lo miraban agradecidos.

 

 

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