Imagen de perfilEN LA ESCENA DEL CRIMEN

Francisco Rodríguez Criado 

–Interesante… ¡Whisky añejo de malta! –sentenció con fino olfato.
–¿Alguna pista, señor? –preguntó su ayudante, intrigado.
–¡Elemental, querido Watson: este hombre tenía un gusto exquisito!
Watson miró cariacontecido al eficiente Sherlock Holmes, a cuyos pies se encontraba el cadáver de un famosísimo abogado, un maestro de la negociación para quien la ley no tenía secretos.
El detective había adivinado sus pensamientos.
–No, querido Watson, no murió envenenado, y tampoco en este bufete. Trajeron aquí su cuerpo para confundirnos. Mire en derredor, borre mentalmente todas las pruebas falsas y obtendrá la identidad del asesino.
¿Pero por dónde comenzar…? Watson miraba y borraba con la mente, sin encontrar rastro del asesino del letrado.
–No se impaciente –sonrió Sherlock Holmes, con pose artificial, sirviéndose una generosa copa de whisky–. Se lo contaré todo. Pero deme algo de tiempo, querido amigo: esta historia no cabe en un microrrelato de 150 palabras.

 

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