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Javier Puchades Sanmartin 

Desde que aquella mañana abandoné los juzgados, estaba dándole vueltas a lo mismo. Lo tenía claro, no iba a consultar con más colegas. Era mi responsabilidad y este asunto lo tenía que solucionar yo solo. En otras ocasiones, había errado, pero ahora debía fortalecer la seguridad en mí mismo y volverlo a intentar. Para ello, me encerré en mi despacho. Desconecté el teléfono. No deseaba que nada ni nadie me perturbase. Ante la diversidad de opciones debía de elegir la más adecuada. No era una acción urgente, pero cuanto antes la llevase a cabo, mejor. Entonces, me situé frente a ella, tomé los documentos entre mis manos, de nuevo, y los apreté con fuerza. Visualicé cada movimiento y con determinación lancé aquel amasijo de papeles dentro de la papelera.

 

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