Imagen de perfilCausa y efecto

Julio Montesinos Barrios 

Un fajo de capciosos beneficios, como el incremento del turismo, bastaron para que la población de la isla diera su apoyo a la instalación de la primera planta desaladora. Autóctonos y foráneos saciarían su sed mientras esquilmaban al mar su esencia.

Como abogado medioambiental y vecino supervisé que la tramitación y montaje de la planta cumpliera con las normas establecidas. Sin embargo, me negué a cooperar cuando se aprobó la instalación de otras cuatro más. La vida marina no soportaría la salinidad generada por los vertidos de la salmuera residual.

El prolífico dinero circulante sirvió para fortalecer la alianza empresa desaladora-isleños. Un momificado muerto en el armario propició mi cambio de chaqueta, entallada forzosamente con las hebras de la solidaridad vecinal.

Pescadores y ecologistas piden ahora mi cabeza, e incluso el mar, ebrio de sal, golpea constantemente mi casa de la playa con inmensas olas de desesperación.

 

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