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Rubén Gozalo Ledesma 

Juan estaba soltero, rondaba los cuarenta y poseía un don asombroso. Con años de antelación podía saber quién necesitaría los servicios de un abogado. Por eso le contratamos. Su metodología era simple. Cogía una bola de hierro que guardaba en un neceser, la frotaba y decía: mira, ese hombre de ahí, en tres meses será encausado y al de más allá, en dos semanas, lo detendrán por estafa. Sus predicciones nunca fallaban. Con sus pronósticos nuestro bufete se hizo de oro: no dejábamos de captar clientes. Una tarde de mucho calor fui a verle. Aquella semana el temporal era asfixiante. Me ofreció un refresco, pero lo rechacé. Horas antes un abogado matrimonialista se había personado en mi puerta. Sobre la mesa de su escritorio vi dos pasajes de avión. Era la primera vez que fallaba en sus predicciones.

 

 

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