Imagen de perfilUna tarea pendiente

Ana Haro Redondo 

Escuché de niña la historia sobre el fusilamiento de mi abuelo. Al final de la guerra se lo llevaron a dar un «paseo» que acabó en una fosa común cerca del cementerio, con otros tantos del pueblo. Él era el herrero, igual que luego lo fue mi padre, que tuvo que afrontar el negocio con tan solo doce años para ayudar a su madre y a sus cuatro hermanos.
Mi abuela se murió de luto sesenta años después, tras llorar cada noche por no haber enterrado a su marido: un llanto efímero que le duró toda la vida. Decía que no se podía morir así, que tenía que proteger su alma. Quizá por eso estudié yo Derecho, para ser parte de aquel Decreto Ley de Memoria que ha permitido hoy identificar los huesos de mi abuelo, el herrero, para que, junto a mi abuela, al fin puedan descansar en paz.

 

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