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ÁNGEL SAIZ MORA 

El director del bufete insistió en que fuera yo quien me ocupase del caso. Estuve a punto de renunciar al empleo, demasiado complejo para un recién llegado sin experiencia, pero mi cliente me inoculó su magia con un abrazo nada más conocerme.
Logré que declararan su despido improcedente tras consultar directivas, reales decretos y hasta una convención de la ONU. Cuando la empresa optó por la readmisión tuve una corazonada, que no dudé en promover entre los socios del despacho: debíamos contratarle.
El bufete es ahora más productivo, nuestro crecimiento se debe a la motivación. El nuevo bedel, con síndrome de Down y sonrisa franca, hace que todo parezca posible, como cuando el director creyó en mí pese a la tartamudez.
Mientras preparo mi tesis sobre «La necesidad de un Derecho inclusivo y la inclusión como derecho», me he especializado en los de las personas con discapacidad.

 

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