La vocación

David Vivancos Allepuz · Barcelona 

Apartó el coche teledirigido, el cohete espacial y los muñecos articulados. En el baúl no había, aparentemente, nada extraño ni fuera de lugar. Registró los bolsillos de la bata escolar. Tres canicas, una gominola reseca y un puñado de cromos. Confundida, se sentó en la camita de su hijo. ¿Qué había esperado encontrar? ¿Un mazo, un código? Sonaba ridículo. La tutora no había querido inquietarla, eso había dicho, pero se había sentido en la obligación de comentárselo. En su redacción, Carlitos decía que, de mayor, quería ser letrado (ni siquiera escribió abogado) y que no anhelaba ser astronauta o espía, como sus compañeros, sino apelar una sentencia o pactar con un fiscal. Descubrió al pequeño observándola en silencio, desde quién sabía cuánto tiempo, apoyado en el marco de la puerta. Sus labios parecían más finos, su piel más pálida, su mirada más fría, inescrutable. Sonreía. La madre sintió un escalofrío.

 

 

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