Tortilla volteada

Francisco Javier Romero Valentín · Pinto (Madrid) 

Cuando llegó a mi despacho parecía un espectro, un auténtico muerto viviente que no tuviera fuerza ni para respirar. Avejentado, deprimido y humillado por recurrir a mí, contó su historia con un hilo de voz, resignado a que le prestara mi ayuda. Yo le rechacé con la excusa de que su caso no entraba en mi jurisdicción. Fue una burla entre nosotros, una forma de demostrarle mi desprecio usando sus propias palabras. Sin embargo, cuando se levantaba para marcharse, cambié de opinión. El morbo de representar al juez que me había avergonzado con una severa multa por desacato cuando reaccioné airadamente ante aquella misma excusa doblegó mi voluntad. Demostrar que no había cometido malversación era otro asunto, complicado pero claramente menor. Sentirme por encima de mi padre, de aquel hombre que siempre me había sermoneado con su estricta moralidad, no tenía precio.

 

 

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