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VICTORIA MENDEZ DEL VALLE 

Precisamente me tenía que tocar una guardia el día que cumplía los cuarenta y, claro, ¿quién te la querría cambiar un sábado del mes de agosto? Según conducía en mi moto por las calles de Madrid, veía pasar a la ciudadanía feliz, no como yo. Según entraba por la puerta de los juzgados pensé que todo el mundo tenía derechos, menos yo. La constitución de esta sociedad frenética en la que vivimos ha sido un paso atrás en la evolución humana, con toda seguridad.

Cuando entré y vi esos ojos buscándome desesperadamente, como si yo fuera la última rama a la que agarrarse antes de caer en el precipicio, recordé que ese año era mi décimo quinto aniversario como ejerciente. Recordé todo lo que me había llevado a querer profesar la abogacía, esas ganas de hacer brillar la justicia. Entonces, toda esa rabia desapareció. Pensé: “¡Ya estoy aquí para defenderle!”

 

 

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