Imagen de perfilEL ABOGADO ENDOCRINO

JUAN IGNACIO CORTÉS GUARDIOLA 

La mirada hipnotizadora del abogado me transmitía seguridad: sin ningún género de dudas, mi despido del banco sería declarado improcedente. Craso error: la sentencia de instancia –confirmada en suplicación– desestimó nuestra demanda.

Pasé semanas sin poder conciliar el sueño (mis sesenta años actuaban como implacable fiscal acusador en aquel macrojuicio que era mi reincorporación al mercado laboral), hasta que un psicólogo me animó a comerme el mundo en búsqueda de nuevas oportunidades.

Tanto me lo comí que a mis cien kilogramos de peso les sumé otros veinte en apenas un mes, viéndome incapaz de escalar la pirenaica barrera que representaban los cinco escalones que dan acceso a mi vivienda. Problema doble: parado y obeso.

Desesperado, contacté con el abogado: “Llame a este número”, me recomendó ante nosequién. Así hice. Ahora, ataviado con chándal, vendo iguales en la misma calle donde trabajé encorbatado durante tres décadas. Llevo perdidos ya diez kilos.

 

 

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