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Juanma Velasco Centelles 

Recién terminada la fiesta por su ochenta cumpleaños, le sobrevino una soledad inexorable como una tarifa.

Su hija, crecida por los excelentes resultados de su última revisión cardiológica, decidió hacerle estallar una sorpresa multitudinaria en su casa del pueblo.

Todo olía, sin embargo, a la especia de la nostalgia, quizá incluso a naftalina. Sentado en su sillón de jubilado focalizó la orla en la que un rostro, el suyo, minúsculo, cincuenta y siete años más terso, le recordó a aquel abogado recién togado que sentía el poder de la juventud como la jurisprudencia más irrefutable para afrontar el caso de la vida.

Tiempos amanuenses, donde lo electrónico no era siquiera una quimera, donde los ritos del oficio desprendían una solemnidad que se fue debilitando con la erosión de los años.

Una babilla libertaria asomó por su comisura de viejo para notificarle que le quedaban pocos juicios antes del final.

 

 

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