EL MENSAJERO

Germán Giménez Imirizaldu · SABADELL (Barcelona) 

La cédula de citación sorprendió al tipo que abrió la puerta, pero mayor fue mi sorpresa al verlo. Uno no está acostumbrado a personajes tan pintorescos: chancletas, puro rancio en boca y camiseta de tirantes luciendo migajas de pan, a modo de lentejuelas incrustadas entre lamparones de grasa. -¿Para mí? -preguntó con glamour, y bebió otro trago de cerveza. Estaba claro: reflejaba perfectamente sus señas de identidad y se le convocaba a mediación a través de una cámara de comercio. -Bueno, solo es un arbitraje, al menos todavía no se me han tirado al cuello los del ayuntamiento -dedujo con sorna-. Tendré que ir, no vaya a ser que a la primera de canto me echen abajo el chiringuito playero y tenga que volver a vivir de la pensión de la abuela. ¿Y tu qué esperas, chaval, una propina? En fin, la labor del procurador da para muchas anéctodas.

 

 

 

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