Luto

Inés González Soria · Madrid 

La luz azulada de la bombilla no favorecía nada a Cosme, el del catarro. Acentuaba las ojeras y el surco nasogeriano de este madrileño apocado de cuarenta y tantos que no se quería divorciar. No me di cuenta de nada. Vino cuatro veces al despacho y las cuatro tartamudeó violentamente antes de lanzarse a hablar. Siempre hacía lo mismo. Primero carraspeaba, luego sorbía la nariz, después se frotaba las manitas como un hamster, y ya por fin arrancaba su discurso apesadumbrado, casi murmurando con su vocecilla nasal: “Porque Irene, es que Irene, según Irene…” Y yo para entonces ya estaba en la inopia, pensando en el premio de Juan, en la reforma de la casa, en cualquier otra cosa. Ayer recibí este mensaje de mi jefe: “Jurisdicción penal. El del catarro está en coma. Su mujer le ha atropellado con el coche”. No puedo dormir.

 

 

 

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