La mejor defensa posible

Juan Manuel Rodríguez Gayán · Asturias 

En aquel cuarto inmundo estábamos mi cliente, yo y aquella mala bestia que ejercía de interrogador. El parpadeo de la bombilla no me dejaba pensar. Yo estaba afónico por un catarro y mi voz sonaba ridícula. Para colmo, mi detenido se merecía el premio del año a la mejor expresión de culpabilidad. No tenía muchas alternativas para salir de aquel lío. Apelé a la falta de jurisdicción, clamé por una urgente reforma de la justicia, saqué un par de billetes de doscientos euros. Aquel tipo se rio en mi cara pero se quedó con el dinero. Conseguí suavizar el asunto. Fue una buena actuación. Sólo le llovieron dos o tres guantazos. Las pruebas eran claras y, sin duda, parecía culpable. Pero yo sabía que era inocente, y un infeliz. Me daba pena. Tendría que haber elegido otro chivo expiatorio. En el juicio tuve que contenerme para no confesar mi culpabilidad.

 

 

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