El juicio más importante

Javier Serra Vallespir 

Vuelvo del trabajo a las once. Cenamos precocinados. Acuesto a mi hijo enfermo. Pulso el interruptor de su lamparilla. No se enciende. “Mamá, dijiste que cambiarías esa bombilla hace un mes. Ya podríamos haber hecho una reforma completa de la habitación”. Sonrío a contrapié. Ignoro cómo conserva el sentido del humor. No padece un catarro precisamente. “Tienes razón, mereces un premio por tu paciencia”, reconozco. “¿Recuerdas que mañana después de la quimio tenemos una entrevista con mi tutor del aula hospitalaria?”. Frunce el ceño mirándome de reojo. Sabe que lo había olvidado. “Claro que sí” —miento—, “pero el fiscal…” Su abrazo me silencia. “No te preocupes, abogada. Manejas causas importantes”. Cierto, pero sus lágrimas cayendo en mi hombro me advierten: sólo él tiene jurisdicción en mi vida. Y rectifico. “¿Sabes? No pienso faltar a esa entrevista. El fiscal puede esperar”. No quiero perder el único juicio que realmente importa.

 

 

 

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