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Aurora Roger Torlá 

Escuché que me esperaba un payaso al que debía asistir.
Vestía alegre, color naranja brillante con franjas blancas, pero entró cabizbajo, alicaído, muy triste. Se desplazaba con dificultad, como cojeando. Intenté darle la mano y se me escabullía.
Era pequeño, no tenía a nadie en esta ciudad ni sabía volver a su casa.
Fue secuestrado y vendido. Malvivió en una especie de jaula en la que se sentía observado. Después de más de un intento consiguió escapar de aquella prisión. Alguien le dijo que podía solicitar la orientación y defensa de un abogado.
Me conmovió tanto su historia, lo vi tan vulnerable, que decidí hacerlo beneficiario de todo mi tiempo para aplicarme a fondo y conseguir el objetivo.
Años después, aún conservo en un lugar destacado de mi bufete la fotografía de aquél abrazo en el que se fundieron Nemo y su padre.

 

 

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