Imagen de perfilDelito flagrante

Irene Gil Cruz 

Estaba preparado para este momento. Me habían pillado. Cuando me trasladaron en el furgón policial me había repetido una y otra vez que me acogería a mi derecho a no declarar –especialmente, sin la presencia de mi abogado-.

Desconozco si aquello podría calificarse de tortura. Quienes me visitaban aquella noche en el calabozo, impregnado de olor a orín y sudor, me habían insultado, golpeado y obligado a tragar agua mientras me tapaban la nariz y la boca durante un rato. Estaba exhausto, agotado, dolorido.

No sería capaz de precisar el tiempo que transcurrió hasta que me trasladaron a aquel despacho. Allí estaba Juan, mi fiel amigo del colegio, ahora policía. Me sentí profundamente aliviado. De no haber sido por él, jamás me habría llevado a engaño. Lo conté todo confiando en su bondad. Una mirada suya me bastó para saber que había errado gravemente. Sufriría represalias.

 

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