Falso culpable a cinco grados centígrados

Daniel Aznar Alonso 

El delito era una gastroenteritis aguda que requirió asistencia médica. El principal sospechoso era un yogur de fresa. La inexorable prueba incriminatoria era que estaba caducado desde hace una semana. Su abogado, un tarro de pepinillos, argumentó en su descargo que todo el proceso era una sinrazón, ya que, en todo caso, no se puede imputar a nadie un delito presuntamente cometido por un ya inexistente compañero de pack. Su señoría el juez gazpacho suave, dijo que tenía que ser ecuánime, y que si ambos yogures estaban caducados, la pena se aplicaría sobre el yogur persistente. Como juez, no podía dejar de condenar a un elemento potencialmente peligroso. Finalmente, vistas las pruebas y los testimonios, la sentencia fue la esperada: el yogur tendría que ir a la basura. Al pronunciarse la sentencia, la mayonesa casera, que había pasado desapercibida al haber estado tres días fuera de la nevera, respiró aliviada.

 

 

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