Versos azules

Puri Palazón Guzmán 

Ramiro (tristes ojos bajo birrete negro) vivía solo. Le hubiera gustado enamorarse. Huyendo de una rutina legislativa y gris, había llegado a inventarse una amada; pero pese al orgullo de su currículo, nunca aprendió a escribir versos, y para amar y ser amado, antes que abogado hay que ser poeta. Buscó las palabras más felices y las combinó hasta resultar eufónicas en la melodía de un poema, de dos, de tres, y así hasta que se le agotaron los folios y la imaginación. Dedicaba los días a despachar en el bufete. Las noches a recitar a su amada incorpórea. Nunca llegó a saber que la vecina, sin detención, esperaba impaciente escuchas clandestinas, el oído pegado a la pared de su alcoba, de espaldas al retrato de su boda. Ansiaba los versos azules con que el abogado le regalaba los oídos, ásperos del cúmulo de palabrotas de su largo matrimonio.

 

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