Atado

Guillermo Medrano Arribas · Madrid 

La mujer sentada en mi despacho es todavía joven. Rubia, muy guapa. No puede abrir un ojo. Me cuenta su caso: – Nos conocimos en la universidad. En casa tenemos la fotografía de nuestra graduación, los dos con toga y birrete. La boda fue un año después y todo era maravilloso: viajes, fiestas y mucho cariño. Al poco tiempo dejé el trabajo porque a él no le gustaba. Después vinieron las palabrotas y los primeros golpes. Y todo ha ido de mal en peor, hasta su detención de ayer. Algún vecino llamó a la policía. Estaba borracho…, pero él me sigue queriendo, se lo digo con orgullo. No quiero que le pase nada. ¿Cuántas veces habré escuchado esta historia? No habrá juicio o no declarará porque le perdonará una y otra vez hasta que… – Haré lo que esté en mi mano, Elena – le digo con el corazón encogido.

 

 

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