Ilustración: Juan Hervás


Flotador de papel

Francisco Javier Romero Pareja · Melilla 

Los vecinos, alarmados por los aullidos lastimeros del cachorro tras la puerta, llamaron por teléfono a la Policía. El infeliz había fallecido de un infarto, sentado frente al televisor mientras consultaba la página de sorteos del teletexto. Como juez de guardia, me tocó levantar el cadáver, no sin antes retirar con disimulo el papelito que el difunto apretaba en su mano. Una corazonada me impulsó a esta acción, impropia de un magistrado con cuarenta años de carrera y un expediente inmaculado. Pero tres divorcios contenciosos con otras tantas esposas, siete hijos gastosos y mi próxima jubilación me sumían en una situación financiera más que complicada. Tras verificar que el boleto contenía la combinación ganadora de una primitiva con bote, comprobé que el finado no dejaba herederos: entendí enseguida que la Divina Providencia me enviaba este último flotador al que asirme para no ahogarme en la miseria…

 

 

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