El juez ajusticiado

Ataúlfo Solís · Puertollano (Ciudad Real) 

Se llamaba Justo. Era juez. Y aplicaba la ley al pie de la letra. Despertador y teléfono móvil, milagrosamente, unieron su sonido para anunciar a Su Señoría la hora del despertar. No fue necesario. El juez llevaba sin dormir una eternidad esperando este momento: Hoy era su último juicio. Y allá que te va, toga en ristre, puñetas almidonadas, corazón encogido, volando literalmente hacia la Corte Suprema. Se mascaba el acojone. El expediente ocupaba toda la mesa. En sus tripas, el auto que justificó la injusticia, la providencia que nada justificaba, la sentencia que condenó al inocente. En el banquillo, el Juez Justo, cabizbajo, como un cachorro a la deriva, agarrado al imaginario flotador de su suerte. La Vista fue vista y no vista. El Tribunal Unipersonal dictó, infalible, sentencia condenatoria. En su turno de última palabra el juez apostilló: “Sabía, que en el Juicio Final, la cagaría”.

 

 

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