Los candados hablan

Diego García-Abril Goyanes · Pozuelo de Alarcón - Madrid 

El juez de instrucción llegó tarde, como siempre, con aire despreocupado, distante y ajeno. Tuve que insistirle para que subiera al desván y nos permitiera romper el candado viejo y oxidado. Aceptó sin mucho interés. Al abrir la puerta un aire tóxico inundó el viejo caserón y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mientras yo estaba al borde de un ataque de ansiedad, el juez permanecía impasible. El cadáver colgado de la soga y la confesión manuscrita hallada en el suelo parecían resolver el enigma. Todas las piezas encajaban a la perfección. Sin duda, tras tantos meses de investigación, no me habría podido imaginar mejor regalo para mi cumpleaños. El estado de satisfacción en el que me encontraba duró hasta que el juez preguntó, con el mismo aire de despreocupación con el que había llegado, “¿Y quién cerró el candado?”.

 

 

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