¿Locura transitoria?

Amparo Martínez Alonso · Galapagar, Madrid 

Un gran candado oxidado ocupaba el lugar del Miró. Adolfo Artieta percibió, orgulloso, mi gesto de extrañeza. “Proviene de un castillo del sur francés, de la ribera del Loire. Regalo de un querido amigo, en mi cincuenta cumpleaños. Carola había dado la instrucción de que lo escondieran, no soportaba verlo. Ha estado exiliado en el trastero, hasta ahora”. Me resultó raro que Carola hubiese cambiado de opinión, pero no dije nada. Su ansiedad por mostrarme “algo”, tampoco me dio oportunidad. Anduvimos habitaciones y escaleras que yo desconocía. Un laberinto para llegar a la segunda bodega: aunque nada, allí, me recordara al néctar del dios Baco. “Necesito que me asesores, bajo secreto profesional”. Artieta me hablaba mientras nos iba envolviendo un olor tan fétido que temí fuera tóxico. “Tendría que deshacerme del cadáver. ¿Si no hay cuerpo, no hay delito? ¡Contesta! ¡Joder, eres mi abogado: mi confesor jurídico!”. Vomité mi respuesta.

 

 

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