La sentencia

Mario Bolo · Buenos Aires 

Tal vez jamás lo habría notado, de no ser por esa deformación profesional, fruto de tantos años como juez de instrucción. Pero no podía haber dudas: el cierre del baúl no estaba igual que la última vez. Y ese baúl guardaba, entre otros productos tóxicos, la estricnina que había comprado tiempo atrás para matar ratas. La ansiedad por averiguar qué le habría comprado su esposa para su próximo cumpleaños lo había llevado al desván. Un golpe de suerte. Ahora sólo era cuestión de juntar los cabos sueltos: esas llamadas telefónicas que nadie respondía, la insistencia de su esposa en el nuevo seguro de vida, el sabor amargo de algunas comidas, el creciente malestar que sentía últimamente. Sí, no podía haber dudas, se dijo, mientras terminaba de acomodar los cables que ejecutarían la inapelable sentencia en cuanto su mujer tocase el candado.

 

 

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