El testigo

Juan Alberto Díaz López · Madrid 

Irrumpí en sala sin previo aviso. Muy melodramático, cierto, pero mi confesión lo merecía. Con voz pesarosa, relaté sus últimos momentos. La mueca con la que aquel infeliz percibió, por fin, el tóxico sabor del veneno. Su ataque de ansiedad, sus estertores, su mirada vacía. Cómo ví al culpable, horas antes, retirando el candado del pequeño armario, cogiendo el matarratas y aderezando la tarta de cumpleaños. Incluso logré que se resbalara por mi mejilla una lágrima. La juez de Instrucción me miró con incredulidad, y musitó: “señora, eh… esto es un juicio rápido. Ya sabe, alcoholemia, conducción… y, bueno, por fortuna, morir no ha muerto nadie.”. ¡De momento! ¡Maldito sea ese abogado! ¡Qué vergüenza pasé, y por cuatro duros! El muy canalla me obliga a aprenderme ese rollo, ¿y él ni siquiera sabía a qué juzgado tenía que ir? Luego dirán que si tienen mala fama…

 

 

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